Tuesday, 27 October 2026

Una misión imposible

 Me encuentro sumido en una terrible ansiedad. Llevo cuatro años trabajando en la misma empresa que Berta. Ella y yo salimos juntos de vez en cuando, pero soy testarudo y no quiero darme cuenta de un hecho irrefutable:  yo la amo con toda mi alma y sin embargo ella a mí nada de nada; así de fácil. Pero a pesar de ello caigo una y otra vez en la misma trampa, me trago con gusto ese enigmático anzuelo de su amable sonrisa y sus carantoñas. Aunque muchos días tenga también que presenciar esas mismas carantoñas suyas hacia  nuestro odiado jefe, el Ramírez, ese imbécil a quien de lunes a viernes debemos obedecer todos en esta oficina; un cretino. Y así ando, estúpidamente empeñado en una misión imposible: conseguir su amor. Soy un gilipollas. 

Hoy viernes de nuevo me enfrento al dilema: ¿Le envío un mensaje proponiendo vernos mañana o paso totalmente de ella? Últimamente rara vez consigo que quedemos. Sólo me atrevo a pedirle una cita cuando cuento con un buen plan. Veamos...  «Te invito a comer en un sitio muy guay del monte del Pardo; luego nos damos un grato paseo al solecito de otoño y vemos juntos una hermosa puesta de sol ¿vale?». Aunque... Voy a ver el pronóstico del tiempo para mañana...  Qué mierda, nublado. No, no lo veo un plan apetecible. Aún sin plan ya estoy con el teléfono en la mano, joder, soy terco, y no sólo eso, también soy un personaje patético incapaz de controlar mis impulsos. No puedo esperar más. Nada de mensajitos. Te llamo. 

—Hola Fran ¿qué tal?

—Hola Berta. Pues es que tengo ahora que bajar a tu planta en busca de un expediente y ya, de paso, te invito a un café en la calle.

—Ay, pues no puedo, lo siento, es que llevo una mañana hasta arriba de curro y estoy precisamente ahora saliendo a desayunar fuera con dos compañeras. Ya te llamo luego ¿vale?

—Ah, muy bien, de acuerdo, hasta luego.

Joder, nunca encuentro el momento. O me adelanto o llego tarde. Pues nada, me voy a la terraza a aliviar mi frustración. ¿Por qué demonios me tengo que sentir mal? Qué estupidez. Ya salgo. Efectivamente el cielo se está nublando y mucho, no creo posible el plan para mañana. Veo a la gente de un lado para otro. Desde aquí arriba sólo sus cabezas, pero imagino sus rostros alegres, la mágica ilusión de los viernes. Todos contentos, todos esperanzados, menos yo. Qué mierda de pesimismo el mío. Pues tengo que sacudirme esta maldita manía de verlo todo negro. Estoy harto. Espero una llamada suya. ¿Qué más necesito? Me conformo con eso. Basta ya de lamentaciones. 

Anda, pero ¿qué veo...?  Me parece que esa... ¡Hostias!  ¡Berta, sí! y Berta con alguien. ¡Dioooos! ¡Berta con el Ramírez, con el puto amo de mierda! Me cago en todos sus muertos. No lo soporto. Qué cojones puedo hacer yo ahora... A ver... Esta maceta, sí. Tengo buena puntería. Busco la vertical... un par de metros más a la derecha... Aquí justo. La arrojo. Allá va... ¡Hijo de la gran putaaaaa...!

 



Thursday, 18 June 2026

La visión directa, sin nubes que la escondan

(Una Ucronía para el taller Bremen)

  La espesa capa de nubes comienza a abrirse intermitentemente dejando algunos claros por debajo de nosotros. Miro de reojo a Don; él sigue concentrado en los indicadores de cada uno de los instrumentos del panel, mientras mueve obsesivamente la mandíbula de un lado a otro.

Llevo todo el vuelo con la cabeza inundada por las imágenes que publicaron ayer sobre cómo era y cómo ha quedado la ciudad de Hiroshima tras la bomba. El estómago se me revuelve.

—¿Has visto la prensa, Don?

—Sí, claro. Ha sido la hostia, tío; la guerra está ganada.

—¿Pero qué me dices? La guerra se ganó ya en mayo con la rendición de Hitler; lo que pasa es que estos japoneses son gilipollas, no saben a qué demonios juegan.

—Así es, Charlie, pero no es momento ahora de ponerse a charlar, tío, estamos llegando, mira... sólo tres millas nos faltan.

Hace más de dos meses que no veo a mi preciosa Emi. Estará mosqueada, seguro. Me arrepiento de no haberle ni tan siquiera escrito una carta. Soy un desastre. Desde que fui elegido para esta misión tampoco he querido contactar con mi familia ni con amigos; cuando pienso en el día de mañana, no me gustaría que nadie pudiera sentirse de alguna manera cómplice tras haber cumplido yo con esta maldita misión.

—¡Objetivo a la vista, Charlie! —me grita Don—. El valle industrial de Nagasaki, je, je, míralo... Y ya toda la ciudad está ahí, ahí mismo... Abro compuertas ¿eh?

La visión directa de la ciudad, sin nubes que la escondan, me estremece sobremanera.

—¡No! ¡Espera! —le grito y extiendo mi mano para bloquear el mando de apertura de la bodega— Tengo que revisar mentalmente todo el procedimiento.

Al ver que bloqueo la apertura, Don se gira hacia mí con ojos de odio. Se quita el micro de la boca para gritarme directamente a la cara:

—¿Pero qué cojones haces, Charlie? ¡Ya tenemos el objetivo ahí abajo! Nos vamos a pasar ¡Soltemos la bomba de una vez!

—¡No me jodas, Don! —le devuelvo el grito con firmeza— Tú has visto las fotos de Hiroshima ¿verdad?  ¡Eso que ves allí abajo no es un objetivo militar, no, son miles y miles de casas con gente viviendo ¿comprendes?! ¡Cien mil personas a tomar por culo en un segundo! Me cago en dios. ¡No, no voy a hacerlo!

—¡No me jodas! ¡Obedecemos órdenes directas del Presidente. Si no tiramos esa bomba nos fusilan por alta traición, ¡no me seas gilipollas, Charlie!

—¡Que le den por el culo al presidente Truman y a sus órdenes! —la adrenalina me quema las venas. Agarro la palanca y meto el pie a fondo en el pedal. El avión se inclina violentamente y empieza a virar a la izquierda, alejándose del punto objetivo—. ¡Nos volvemos! ¡Se acabó!

—¡Estás loco, joder, estás completamente loco! —Don, fuera de sí, golpea rabioso sus muslos con ambos puños— ¡Además no tenemos combustible para volver a Tinián con el peso de este muerto que llevamos en la bodega! ¡Nos iremos de cabeza al mar por tu culpa! ¡Me cago en todos tus...!

—Aterrizaremos en Okinawa que está mucho más cerca —le aclaro y continúo hablando en tono ya más calmado— Escúchame bien, Don:  soy el comandante de este vuelo; la decisión es mía y solo mía ¿de acuerdo? Tú sencillamente vas en este avión como copiloto. Soy yo, exclusivamente yo, quien me comeré el marrón enterito ¿comprendes?

Don me sostiene unos segundos su mirada de indignación, soltando una retahíla de insultos entre dientes y respirando exhausto cual animal herido. A continuación se gira resignado hacia los mandos y empieza a recalcular la maniobra hacia Okinawa sin decir una sola palabra más.

Ya estamos en ruta de escape. Los motores zumban. Miro por la ventanilla hacia atrás; las nubes vuelven a tapar Nagasaki. Pero siguen vivos; todos sus habitantes siguen vivos ahí abajo. Una sensación tremenda de alivio me invade.

 Un arma que ha resultado tan terriblemente destructiva y letal como la arrojada hace tres días sobre Hirosima debería haber sido suficiente para renunciar definitivamente a su uso ¿Por qué utilizar una segunda? Tal vez a partir de esta renuncia de hoy se llegue a acordar entre todos los países no volver a fabricar jamás nada similar. Me llamarán traidor, cobarde, hijo de puta... Me da igual. Lo siento por mis seres queridos, sí, y me entristece muchísimo por Emi, mi querida Emi. Que hagan conmigo lo que les dé la gana, pero prefiero morir odiado por todo el mundo que vivir el resto de mi vida consciente de haber masacrado a cien mil personas.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   

https://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Sweeney

 

https://www.britannica.com/event/atomic-bombings-of-Hiroshima-and-Nagasaki

 




Friday, 15 May 2026

Apenas recuerdo mi cara

(Ejercicio para el taller Bremen, utilizando la técnica literaria de flujo de conciencia)

Estoy frente al espejo y apenas recuerdo mi cara no sé qué demonios me pasa porque yo estaba dormido y al despertar tenía ganas de mear en cambio no soy consciente de haberme despertado tal vez sea la anestesia sí claro eso va a ser porque tengo la cara medio tapada por vendas y no consigo recordar qué cara tenía aunque ya es la tercera vez que me anestesian y en ninguna de las anteriores me ha pasado esto de que no recuerde mi cara ni de qué color eran mis ojos ni nada y es que me han ido a tapar precisamente el ojo derecho que es el bueno y me han dejado al descubierto el izquierdo con el que no veo un carajo y no sé si ese señor de enfrente soy yo o es otro que me está tomando el pelo pero un momento porque tal vez no va a ser un espejo esto que tengo enfrente sino una ventana y el cabrón que aparece desde fuera se tapa la cara y resulta que esa cara que tanto me duele no es mía sino del otro o quizás no es ni un espejo ni tampoco una ventana sino una pantalla claro que sí eso va a ser porque yo tenía una reunión online con unos amigos míos esos con los que me junto para escribir relatos porque seguro que estarán todos esperándome mientras yo ando aquí medio dormido como un gilipollas y no consigo encontrar el ratón que me permita entrar en nuestro chat y poder verlos y que ellos me vean a mí y me digan qué demonios me pasa no entiendo por qué no aparecéis venga por favor salid en la pantalla y me ayudáis a comprender todo esto o es que os habéis escondido asustados por la horrible cara que me han dejado vaya mierda de anestesia se han pasado en la dosis que me han puesto esos cabrones de las batas blancas o eran verdes no sé pero me dijeron que fuera al baño o tal vez fui yo quien lo pidió da igual el caso es que esto no es un espejo sino una puta pantalla en la que no veo a nadie salvo a un señor que se me parece algo pero no soy yo en absoluto y por eso os pido que salgáis de una vez y la limpiéis bien para que os pueda ver y escuchar y así me ayudéis a poner orden en esta atolondrada cabeza mía que no consigue interpretar nada de lo que pasa y ahora los de las batas dan golpes en la puerta y me preguntan que si estoy bien y ahora entran en el baño y se me acercan pero yo no me dejo tocar no me da la gana y ellos insisten en que me vuelva a la camilla esa tan incómoda porque ahora recuerdo claramente que ellos no querían que me levantara pero es que me estaba meando y necesitaba ir al baño qué cabrones estos de las batas blancas o tal vez verdes no sé y se empeñan en que vuelva a la camilla no me da la gana porque tengo una reunión online en esta pantalla y ellos siguen empeñados en que vuelva y me están haciendo daño me cago en todos sus muertos este mareo es por su culpa y no voy a poder subir al blog este monólogo interior ni este flujo de conciencia ni nada de nada ya que estos hijos de puta me están incordiando y tampoco voy a poder leer y comentar vuestros relatos porque ellos me arrastran de mala manera y me acabo de chocar con una mesa rodante qué demonios es esto que toco ah sí son los utensilios que usan estos cabrones de las batas para torturarme pues vale cogeré uno sí este mismo que parece muy afilado se van a enterar estos hijos de la gran puta a por ellos voy



Técnica utilizada: https://gemini.google.com/share/4b12e3e52260 

  Ulises de Joyce:  https://acrobat.adobe.com/id/urn:aaid:sc:EU:9b93f847-9144-4dfd-b860-200b598f9f89   en el último capítulo, página 652

Samuel Beckett en How it is 



Saturday, 4 April 2026

¿Y de postre qué has hecho?

 

   


María percibe un delicioso aroma a tomillo y romero al entrar en su lujoso apartamento; lanza las llaves sobre la consola de la entrada y se quita los zapatos de tacón suspirando aliviada. Accede al comedor donde tres candelabros engalanan una mesa ovalada con la cena ya dispuesta.

—Buenas noches, María. Por fin de vuelta —le saluda Robert apareciendo desde la cocina. 

—Qué bien huele ese... cordero ¿no? —le contesta ella mientras se acerca a examinar el guiso, descubriendo la elegante olla de hierro fundido. Mmm... caldereta de cordero, huele que alimenta. La otra vez te salió exquisito; a ver qué tal hoy— María se sienta expectante.

—Un momento que voy a calentarlo de nuevo, en tres minutos estará listo. Siento la espera pero es que, acuérdate, me pediste que la cena estuviera lista a las 20 horas y son ya las 21 horas 13 minutos. —Robert se inclina con una sonrisa protocolaria para coger la olla y llevársela a la cocina; una vez allí continúa la conversación subiendo levemente el volumen de su voz— Si compartieras conmigo tu geolocalización en directo esto no pasaría. Yo sabría con exactitud cuando debo tener preparada la cena. 

—Ay qué pesado eres, Robert, siempre criticando mi falta de puntualidad. Te tengo dicho que no admito reproches, sólo halagos. Y no vuelvas a insistir en lo de la geolocalización. No me da la gana de que controles mis pasos en todo momento. Tú estás aquí para lo que estás: la comida y la ropa ¿vale?

—Bueno... y para algunas cosas más ¿verdad?  —matiza él— Toda la limpieza de la casa; llevar el control de existencias; hacer los pedidos al supermercado y recogerlos; atender tus deseos sexuales...

—Vale, vale, no sigas, Robert. Mira que hoy he tenido un día malísimo ¿eh? Está enfermo Benavides y me he tenido que ocupar yo personalmente del cierre trimestral, qué coñazo, por dios. No conseguía cuadrar las cuentas  y voy a tener que madrugar mañana para seguir con ello, no puedo retrasar la publicación de resultados.

—Pero tú sabes que en eso también puedo ayudarte —le comenta Robert— me pasas los datos a tratar y de inmediato te envío el cierre con todos los resultados en el formato que quieras. 

—Ah, ja, ja. Qué gracioso ¿Crees que voy a compartir contigo una información absolutamente confidencial de mi compañía? Estás loco. Se la pasarías a las empresas de mi competencia en ese mismo instante.

—Por favor, María, no digas eso. Sabes que yo jamás te haría nada parecido. Mi compromiso contigo es de confidencialidad absoluta.

—Ya, ya, pero a ver ¿Qué pasa con esa caldereta? ¿No está ya caliente? 

—Marchando una deliciosa caldereta para mi dueña y señora doña María Sáenz de las Heras —Robert posa la olla en la mesa y, con un cucharón de plata labrado ornamentalmente, tan cursi como la vajilla , los cubiertos y el resto de utensilios, le sirve en su plato una buena ración— Espero sea de tu agrado y compense los tres minutos y veinticuatro segundos de retraso con que te la sirvo. Yo también soy impuntual.

—Y dale con la impuntualidad. Me estoy empezando a hartar ¿sabes? —María prueba una primera cucharada y, tras unos segundos de rigurosa evaluación, exclama: —Oh... Una caldereta verdaderamente deliciosa.

La cena de María transcurre en silencio, sólo interrumpido por algunas leves exhalaciones de placer entre cucharadas. Robert se mantiene a dos pasos de la mesa protocolariamente erguido.

—Tú vete cargando baterías ¿eh? que hoy vengo peleona —le dice indicando una silla junto a la pared.

—Batería a tope, por supuesto —Robert se dirige a sentarse y añade— ¿Vas a querer ver alguna película antes?

—Pues... sí, venga, pero ponme sólo algunas escenas de esa en la que estás tú muy jovencito con Jane Fonda...

—¿La jauría humana?  De 1966, con Marlon Brando y Jane Fonda —pregunta Robert

—No, no tan antigua. Esa otra en la que sales montando a caballo todo el rato y...

—Ah, sí, El jinete eléctrico —le interrumpe Robert— es de 1979, dirigida por Sydney Pollack.

—Esa, sí. Ahí estás magnífico, además... —se queda pensando unos segundos— No sé, creo que me equivoqué cuando te elegí ¿sabes?

—Hubieras preferido un Robert Redford más joven ¿verdad?

—Tal vez, sí. Pero en el catálogo aparecías, también con Jane Fonda, guapísimo en el cartel de la de Nosotros en la noche, y es que yo siempre me identifiqué con Jane Fonda, es mi alter ego.

—Pues oye, si prefieres un Robert Redford más joven puedes encargarlo y te lo hacen a tu gusto ¿sabes? ¿Quieres que te pida presupuesto? En un par de minutos lo tengo, venga...

—Pero ¿Qué me dices?  O sea, ahora resulta que mi robot tiene una nueva función que yo desconocía: es además vendedor. No me jodas, Robert. Se supone que debes imitar comportamientos humanos. Un humano jamás le recomendaría a su pareja que se fuera con otro más joven. Eres un artefacto de mierda —continúa ella elevando la voz—  Te voy a cambiar ya mismo por otro, sí, que ahora los hay mucho mejores, con un aspecto totalmente real y, sobre todo... —María se levanta de la mesa dirigiéndose hacia Robert, que de inmediato se pone en pie mirando al frente en actitud sumisa; ella le sube la camisa dejando a la vista su barriga para pasar la mano sobre ella y continuar la frase, en tono recriminatorio, diciendo— Sobre todo con una piel de tacto humano real, no esta mierda de piel sintética que a ti te pusieron. 

Tras un par de respiraciones profundas, María recupera la calma, vuelve a la mesa, se sienta y le pregunta:

—¿Y de postre qué has hecho?


Saturday, 31 January 2026

El agua de la vida


   

El agua de la vida


El despacho del alcalde se sumerge en un silencio gélido. Sobre la mesa, el titular de la prensa local escuece como la más cruel quemadura:

«El fraude de las fuentes: comisiones y sed, pero sed de justicia

El escándalo de las nuevas fuentes ornamentales de agua potable ha dinamitado el consistorio. El vicealcalde don Emiliano Pillo dimite tras conocerse que la empresa adjudicataria del proyecto ha reconocido el pago de comisiones ilegales en el proceso de licitación. Ahora esta ciudad tiene ciento ochenta nuevos puntos de suministro de agua potable, auténticos bodrios de penosa estética repartidos por las aceras de sus más emblemáticas calles y plazuelas; a fin de que alguno, o varios miembros del consistorio, aún por determinar cuántos y quienes, hayan saciado su sed, no de agua sino de enriquecimiento ilícito.»

I. La veteranía de Dimas

Dimas Fernández Viejo, el concejal que acumula más trienios de la corporación, accede al despacho del alcalde con paso lento pero firme

—Estimado Eduardo: ¿Cómo estás? —Dimas le tiende la mano al alcalde.

—¿Cómo voy a estar? Jodido, muy jodido por la malignidad de esta prensa injuriosa —le enseña la portada— son pura carroña.

—Sí, es tremendo, Eduardo. Este fraude de las fuentes ha dado al traste con nuestra credibilidad. Hay que volver a transmitir confianza. Pero tú ya me conoces desde hace muchos años; y quiero transmitirte que en esta triste coyuntura puedes contar absolutamente conmigo.

—Efectivamente, de eso quería hablarte. —el alcalde levanta la vista y con un tono de voz más reservado continúa— Necesito una persona de toda confianza. Mira: Tú ya sabes que vamos a requerir amplio consenso para aprobar la nueva ordenanza del centro histórico ¿verdad? Ahí sí que nos la jugamos. Si la oposición bloquea la nueva ordenanza nos quedamos sin poder hacer la ampliación de los siete aparcamientos del centro, que tanta falta nos hace; o sea... que tanta falta hace a la ciudad. A ver... —se toma un respiro para continuar— Te propongo un plan: Tú, que te llevas bien con la oposición, convéncelos para que voten a favor; siempre has tenido mucha mano izquierda —alza a media altura la suya y la hace girar con gesto pícaro— venga, Dimas, tú puedes, y si lo consigues el puesto de vicealcalde es tuyo, te lo digo así de claro. Ah, pero eso sí, hay que hacerlo en total confidencialidad ¿eh? Si alguien del partido se entera que estás mercadeando, el trato entre tú y yo se rompe. Absolutamente nadie puede saberlo. ¿De acuerdo?

—Por supuesto que sí, Eduardo. Muchas gracias por tu confianza. Mi nombramiento como vicealcalde calmará las aguas, ya verás, supondrá pasar de esta maldita página a una nueva etapa.

—Pues adelante —se levanta el alcalde para darle una palmadita en la espalda acompañada de una sonrisa de viejo zorro.

II. La ambición de Bruno

Tras salir Dimas, entra en el despacho Bruno de las Heras, el concejal responsable de Urbanismo y Medioambiente, además de segundo teniente de alcalde; un cuarentón de buena familia y gran ambición, quien, con aire rimbombante y en clave graciosa, le pregunta:

—¿Tendría usted un minuto para mí, señor alcalde?

—Incluso dos si son pequeños, señor de las altas Heras, je, je —Le contesta el alcalde señalándole la silla de enfrente.

—Pues al grano que voy: A ver... lo de las fuentes ha sido un gravísimo error de gestión.

—No, un error no —interrumpe el alcalde— una cagada tremenda —le replica con expresión facial homicida.

—Sin duda, un absoluto despropósito —asevera Bruno— y tú sabes, Eduardo, que yo estuve contigo totalmente en contra de ese absurdo proyecto de las fuentes ornamentales de agua potable. Ya conoces mis planes para modernizar la ciudad de arriba a abajo y también la buena mano izquierda que tengo con los medios —hace una pausa para ajustar la posición de las mangas de su chaqueta, dejando visibles los gemelos de plata y continúa— Pues si tú tienes a bien asignarme la Vicealcaldía yo haré que se olviden de esas malditas fuentes. Te aseguro que en menos de una semana...

—¡Para! Para de una vez, Bruno —le interrumpe al alcalde— déjate de rollos y céntrate en lo importante ¿Cuál es ahora tu máxima prioridad? —hace una breve pausa para continuar sin esperar la respuesta de Bruno— ¡La nueva ordenanza, coññño! —se responde a sí mismo subiendo el volumen y enfatizando el sonido de la eñe— Como concejal de urbanismo que eres, esa es tu única prioridad en estos momentos: la ordenanza. No desvaríes, joder.

—Por supuesto, la nueva ordenanza es absolutamente fundamental —responde Bruno sumiso.

A continuación el Alcalde, ya algo más calmado, le repite el mismo encargo que a Dimas: conseguir el apoyo de la oposición para aprobar la nueva ordenanza y asegurar el secreto absoluto de las maquinaciones hechas en todo el proceso. Bruno asiente convencido de que su retórica será suficiente para conseguir su doble objetivo, la ordenanza y la vicealcaldía.

III. Silvio y sus anotaciones

Finalmente, el alcalde convoca a un tercer candidato muy admirado por él: Silvio Gómez Lobo, el tercer teniente de alcalde y responsable del área de Cultura, Turismo y Deporte. Un joven ambicioso pero discreto, con un currículum envidiable, muy técnico, y adicto, eso sí, a la Inteligencia Artificial.

—Hombre... si viene por aquí mi queridísimo y estimado Lobo ¿Cómo estamos? —se dan la mano y a continuación el alcalde le lleva hacia el amplio ventanal del despacho— Mira, mira la vista que nos han plantado aquí delante. ¿Tú te acuerdas de como puse yo a caer de un burro ese absurdo plan de Emiliano y sus fuentes cuando nos lo contó? Pues mira... —le señala hacia el centro de la plaza— Una auténtica mierda. ¿Qué cojones pinta ahí aquella fuente con esas letras tan enormes? En eso sí tiene razón el periódico de hoy, las llama «bodrios de penosa estética» Ja, ja.

—Hombre, Eduardo... yo, la verdad... tampoco las veo tan feas —se atreve a contestar Silvio— Y cumplen su función; porque... ahora no, pero en verano serán de gran utilidad para beber y refrescarse ¿no crees?

—Lo que tu quieras, pero ¿y esas letras ahí tan grandes y feas?

—Se han pasado en el tamaño de letras, sí, pero en cada fuente el texto es distinto ¿sabes? Son títulos de cuentos tradicionales, en este caso es uno de los hermanos Grimm, «El agua de la vida», un cuento en el que...

—Bueno, bueno, todo eso son chorradas —le interrumpe el alcalde— A ver. Nos sentamos que tengo que contarte cosas. Voy a serte franco, Silvio; creo que ha llegado tu hora.

—Sí, tú ya sabes que, como buen «hombre lobo» que soy, ando siempre al acecho de todas las oportunidades que puedan surgir —le contesta Silvio expectante, creyendo que a continuación le va a nombrar directamente viceconsejero.

Una vez acomodados, el alcalde le plantea de forma pormenorizada el mismo reto que a los dos colegas anteriores; supeditando su nombramiento a la aprobación de la nueva ordenanza. Silvio le escucha con máxima atención mientras va anotando las palabras clave en el móvil, hasta que finalmente le contesta:

—Quince días, Eduardo. Sólo te pido quince días de máxima discreción y silencio absoluto. Pero creo que sí sé cómo conseguir ese voto favorable de la oposición. Me pongo a trabajar ya mismo, venga.

IV. Tras quince días de silencio

El alcalde, que dos semanas después continúa asediado por los medios con preguntas sobre las comisiones ilegales de las fuentes, le dice a la secretaria que no le moleste nadie, se encierra en su despacho y llama por teléfono a Dimas.

—Hola Dimas. Dime que ya tenemos asegurado el sí de la oposición, venga.

—Alcalde... lo lamento. Les he invitado ya a tres comidas. He ofrecido pactos de legislatura, incluso cederles la presidencia de la Empresa Municipal de Transportes... pero nada, están cerrados en banda. Quieren sangre por el tema de las fuentes. No he podido cumplir tu encargo. De verdad que lo siento.

El alcalde cuelga sin despedirse y llama a Bruno.

—¡Señor Alcalde! —exclama Bruno con energía impostada— Tengo el tema bien encarrilado, solo que el portavoz de la oposición es un tipo muy voluble y está dando la lata. He diseñado un plan de comunicación para que vean los beneficios de la nueva ordenanza y...

—Bruno, déjate de planes que la votación es el lunes. ¿Tienes asegurado su voto a favor o no?

—Bueno, es que además han surgido unas filtraciones adicionales que saldrán mañana en prensa sobre las facturas de las fuentes ¿sabes? que han dificultado el clima de confianza... En resumen, todavía no tengo el compromiso en firme.

El alcalde cuelga bruscamente y llama desesperado a Dimas. El teléfono suena, pero no responde. Tras diez desesperantes minutos el móvil vibra sobre la mesa con un WhatsApp.

Silvio.- «Hola Eduardo, disculpa que no atienda tu llamada. Estoy precisamente reunido con ellos, aunque aún falta que se incorpore el secretario general de su partido. Pero te puedo adelantar que estamos cerrando el pacto por la nueva ordenanza. Te llamo en cuanto terminemos»

El alcalde se levanta a deambular por el despacho, arrastrando su angustia de un extremo al otro cual oso enjaulado. La votación es el lunes. Tiene sólo 5 días. Necesita recomponer su estrategia en ambos escenarios: con o sin el voto de la oposición.

Una hora después por fin suena el teléfono. Es Silvio.

—Eduardo: está resuelto —dice Silvio con voz neutra y clara— El lunes votarán a favor de la nueva ordenanza. Sin ruidos y sin protestas.

—¡Bravo! ¡Bravísimo! —el alcalde, eufórico, alza sus brazos al vuelo— Joder... van a votar a favor a pesar de toda la mierda mediática que está saliendo a relucir en contra nuestra. ¿Cómo lo has conseguido, Silvio?

—Pues es largo de explicar, han sido dos semanas agotadoras, pero al final la clave ha sido, básicamente, un mero intercambio de amenazas —explica Silvio— Y el pacto es fruto de ese toma y daca, bueno y... sobre todo gracias al rastreo por mi parte de todas sus últimas adjudicaciones de obras en otras ciudades y en ámbitos regionales y nacionales; una  búsqueda exhaustiva en la que ha ido apareciendo mucha mierda. Total que ha llegado el momento crítico en el que los dos partidos nos tenemos cogidos por los huevos el uno al otro, Je, Je. No había más remedio que llegar a un acuerdo. Y así ha sido.

 —Ja, ja, ja... —el alcalde suelta una carcajada triunfal— ¡Qué grande eres, Silvio! Los tienes acorralados. Mañana mismo firmas tu nombramiento como vicealcalde.

—No, Eduardo. Perdona, pero es que aún me faltan cosas por contarte— responde Silvio con una frialdad que interrumpe la risa del regidor— No voy a ser tu vicealcalde, no.

—Pero... ¿Qué me dices? Ese fue el pacto ¿Ahora ya no quieres el puesto?

—Pues no, Eduardo. Es que... mira: el acuerdo es de mucho mayor alcance. Te lo explicaré con detalle mañana si quieres, porque ahora tengo que cerrar con ellos algunos puntos sueltos más.

—Pero Silvio no me dejes así, hombre, dame al menos los titulares del acuerdo.

—Ay, cómo eres, Eduardo. Venga, te hago un breve resumen: El primer paso es que ellos nos hacen una moción de censura, que se convocará para dentro de dos semanas o así y...

—¿Qué me dices? —le interrumpe indignado el alcalde— ¿nos meten una moción de censura? ¡No jodas!

—No te preocupes, está todo pactado. En el desarrollo de esta moción nos van a proponer un pacto de gobierno, una coalición entre los dos partidos, lo cual nos valdrá para evitar que los medios se ceben tanto con nosotros como con ellos, porque algo de la mierda que te contaba que he encontrado sí va a salir a flote ¿sabes? será inevitable, mierda tanto suya como nuestra; y esta coalición nos valdrá de vacuna, nos librará de que los medios abran fuego contra los dos partidos, ya que, aunque salgan a flote esas mierdas, no habrá denuncia alguna ni por parte de ellos ni por parte nuestra ¿comprendes?

—No, no comprendo nada, me cago en...

El alcalde está a punto de entrar en un ataque de ira, pero Dimas continúa su explicación:

—Es algo muy habitual en otros países. En Alemania lo llaman «Große Koalition». Es la forma de dar estabilidad y agilidad a la gestión política. Tanto a nivel estatal como en las regiones y en las ciudades. Además así evitan tener que contar, para cada decisión por mínima que sea, con partidos extremistas a uno y otro lado.

—Pero vamos a ver si me aclaro, Silvio ¿Me estás diciendo que yo voy a tener que incluir en mi equipo de gobierno a concejales de la oposición? ¿A esa gilipollez de acuerdo habéis llegado para que podamos sacar adelante la nueva ordenanza?

—No, no, Eduardo. No en tu equipo sino en el mío. Yo voy a ser el nuevo alcalde ¿Quién si no? En eso ellos han estado de acuerdo desde el principio. Compréndelo. Date cuenta que los datos, las pruebas... toda la información la tengo yo. Y ahora, en los tiempos que corren, ya sabes, tener la información es tener el poder. Eso es así. ¿Comprendes, Eduardo?

—No, no entiendo nada, pero eres un cabronazo de mierda, un hijo de... —su voz, cada vez más tenue, apenas se escucha.

—Comprendo tu enfado, Eduardo. Pero de verdad que no tienes por qué preocuparte de nada, te lo aseguro. Tú sigues de edil y te daré a elegir la concejalía y el área que prefieras —continúa Silvio su explicación— Y mira... pues por ejemplo lo tuyo con Emiliano, que en esto de las fuentes no estabas con él, pero en varias adjudicaciones anteriores sí ibais a pachas; en todo eso de verdad que ya no hay ningún riesgo de que salga a la luz. Tú confía en mí, Eduardo. Ah... y de lo de los aparcamientos, tampoco te preocupes, hemos pactado respetar tu acuerdo previo del tres por ciento para ti y ellos se conforman con un dos. Vale con que infle el proveedor su oferta en un cinco por ciento y listos, solucionado ¿Comprendes, Eduardo?

—..........

—Eduardo ¿sigues ahí?

—..........

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Friday, 9 January 2026

Sobre bostezos y contradicciones

 



Una de las cosas que más me fastidian es tener que reprimir un bostezo. Yo me hubiera dejado llevar abandonándome lentamente, siguiendo la secuencia que dictasen mis instintos, o sea: estirar primero las piernas; inclinar el cuerpo hacia atrás extendiendo poco a poco los brazos hacia arriba; tensar cada uno de los músculos sintiendo cómo el cosquilleo va recorriendo mi cuerpo; abriendo finalmente la boca despacio hasta proyectar al aire un bostezo tremendo, un alarido liberador que hiciera temblar los árboles más recios, que se propagara por las selvas despertando a todas las fieras. Pero no, a mi alrededor los monos vestían chaqueta y corbata, las tigresas de mechones teñidos calzaban zapatos puntiagudos, la jungla en la que me hallaba era una triste sala de conferencias y el orador un pelmazo inaguantable que, para asegurarse que nadie perdiera la atención, según hablaba barría con su mirada inquisitoria los rostros de los oyentes, sobre todo los de las primeras filas, donde yo me encontraba. En esa situación no tuve más remedio que ensayar una mueca con la que aparentar interés en lo que contaba, apretar las mandíbulas y disimular el bostezo.

Fue al reprimir el cuarto bostezo cuando, perplejo y harto ya de no entender nada de lo que allí se hablaba (aunque eso no suele ser algo que me importe, siempre que el cóctel de después sea generoso en canapés), saqué de mi bolsillo el sobre con la invitación al ciclo de conferencias y leí en el programa: martes 13 de enero de 2026, “Disciplinas libérrimas”, conferencia a cargo del profesor Tal Kual, de la Universidad Elitista Popular. No parecía, desde luego, que tuviera nada que ver con lo que allí se hablaba, por lo que me atreví a preguntar a la tigresa de mi derecha:

—Perdone —le dije acercándome a su oreja con voz muy baja— esto no es lo de las libérrimas disciplinas ¿verdad? —mientras le señalaba el título en el programa.

—No —respondió acercándose a mi oído— aquí los suelen poner de jamón y queso, de salmón, de vegetal y... —se alejó un momento a pensar— bueno, y a veces de paté, o incluso de jamón de pato, pero de eso que dice usted no, no.

—Ah... pues tampoco está mal —le respondí.

—Le gusta el jamón de pato ¿eh? —me preguntó.

—Sí, sí, pero sobre todo sus ojos acaramelados —hice una meditada pausa para luego aclararle— los suyos, no los del pato.

Ella se quedó observándome pensativa unos segundos hasta que inició una sonrisa maliciosa, una dulce sonrisa cómplice que me atravesó los parietales y, rebotando varias veces en los occipitales, fue a instalarse finalmente en mi médula espinal. Pero noté un silencio en la sala, y cuando giré mi cabeza al frente me encontré ante la mirada amenazante del orador plomizo que había detenido su discurso, sin duda corroído por la envidia que le producía verme ligar con la tigresa. Tras obsequiar a la audiencia con unos segundos de descanso, prosiguió. Mi médula quería otra dosis de dulzura, por lo que de inmediato mis ojos y los de caramelo volvieron a encontrarse, y de un repentino impulso mi tigresa de rubia melena y yo nos pusimos en pié y, cogidos de la mano, salimos disparados hacia los canapés que ya estaban preparados en la sala contigua.
Yo me zampé tres mixtos, dos vegetales y varias mediasnoches, pero ella no quedó satisfecha del todo y me propuso asistir a alguna otra conferencia de mayor interés. Preguntamos al conserje, quien nos aclaró que el ciclo al que correspondía mi programa era en una planta más arriba, y allí nos dirigimos.

"Sala Libérrima” se anunciaba en la puerta. Al entrar vimos a gente de pie. Estupendo, pensamos, habían terminado, ya no habría que aguantar ningún discurso, pasaríamos directamente al cóctel. Nada más lejos de la realidad, habían empezado el acto por los canapés, de los que sólo quedaban los envoltorios, y ahora se dedicaban a discutir acaloradamente. Aún así, quedaban botellines de cerveza en una caja y nos abalanzamos sobre ellos.
En aquella sala no había un orador, sino muchos, de hecho la mayoría de los asistentes estaban de pie, algunos paseando de un lado a otro. Ninguno respetaba el turno de palabra, la atención de la audiencia cambiaba de uno a otro ponente en función del interés que suscitara cada discurso. La mitad fumaba, mientras la otra mitad tosía batiendo con su mano de vez en cuando el humo circundante en busca de aire. En un ambiente tal, nos pareció oportuno despojarnos de algunos accesorios inútiles: sus zapatos puntiagudos salieron volando, al igual que la melena rubia, que ¡era postiza!, mostrando su pelo castaño muy cortito que le daba un delicioso aire perverso; también mi chaqueta y mi corbata volaron; ella rejuveneció diez años, yo ninguno.
Entre cerveza y cerveza, y escuchando las distintas discusiones, la tarde iba pasando agradablemente. El sol de poniente aún entraba por la ventana que estaba al otro lado de la sala, y nos apeteció acercarnos. Para ello tuvimos que atravesar un pequeño grupo en plena discusión: “Los pacifistas no podemos cruzarnos de brazos ante estas barbaries, debemos actuar con firme decisión y contundencia frente cualquier actitud sospechosa de ser violenta”, decía uno. El tema le gustó a mi tigresa rapada y se quedó charlando con ellos. Yo continué, pasando con sumo cuidado entre dos individuos que proclamaban las excelencias de la sodomía, y llegué por fin a la ventana, que en ese momento alguien abría tras poner al lado un cartel diciendo: “Se prohíbe cerrar la ventana, que hay un humo de la hostia”, justo encima de otro de la misma dimensión que originalmente decía “Es peligroso asomarse, ya se han suicidado tres”, pero llegó una mujer que inmediatamente la cerró, pegando un nuevo cartel: “Prohibido abrir la ventana, ¡que hace frío, coño!” Así estuvieron alternativamente abriendo y cerrando la ventana hasta que alguien, elevando la voz, recordó a los presentes que en la sala que se hallaban no procedía tanta prohibición: “¡Si alguien quiere prohibir que se vaya a otra sala, joder!”. Su intervención provocó un fuerte aplauso, seguido de varios vivas a la libertad y la anarquía. Después, todos acordaron tapar los carteles anteriores con otro de enormes dimensiones que cubría la pared entera, incluida la ventana, y con letras gigantes escribieron “PROHIBIDO PROHIBIR”.
La sala quedó algo más tranquila y entonces aproveché para acomodarme en uno de los sillones del fondo. Sin apenas luz, pues habían tapado la ventana, y con el rítmico jadeo de los sodomitas, que habían pasado a explicar la parte práctica de su doctrina, me entró un agradable sopor, e inicié, esta vez como mandan los cánones, un merecido bostezo, de esos que comienzan extendiendo las piernas, brazos en cruz, el cuerpo tensándose poco a poco hasta el pleno éxtasis, y terminan con la mandíbula casi descoyuntada emitiendo un reconfortante bramido.

—Queridos amigos del Bremen: Han pasado ya tres años desde aquel martes 13 de enero del 2026. Yo nunca he sido supersticioso porque da muy mala suerte; además en aquella ocasión fue todo lo contrario, me aportó la gran fortuna de encontrar al amor de mi vida. Ahora mi tigresa de ojos acaramelados y yo compartimos este piso... ¿lo veis? —giro la cámara para enseñároslo— Nos encanta bostezar juntos frente al televisor. Ahora es que se ha metido en la ducha, pero enseguida os la presento.

—¡Preciosa... ¿te queda mucho?!
—Estoy terminando.

—¡Pues oye, es que estoy aquí conectado on-line con unos amigos muy majos que acaban de leer nuestro relato y quería presentártelos.
—¡¿Qué relato?!

—¡El del martes 13!
—¡Ah sí, estupendo, pues ahora mismo salgo!
—Nos va muy bien ¿sabéis? Vivimos sin ninguna clase de convencionalismos, sin dependencias el uno del otro ni malos rollos de esos.

—¡Cariño, tráeme de paso una cervecita, que tendré que brindar con mis amigos. Ah y también las zapatillas, que deben estar en el dormitorio!








Thursday, 13 November 2025

Al otro lado del cristal


Al otro lado del cristal

Es la segunda vez que nos vemos. La primera hará ya más de tres meses; fue un encuentro fugaz, apenas un par de minutos, pues ella tenía prisa y se disculpó muy amablemente, explicándome, por señas, que sentía tener que irse a otra planta y diciéndome adiós con la mano. A pesar de conocerla sólo a través de un grueso cristal, su hermosura y simpatía eran evidentes, pero fue sobre todo su pícara mirada lo que me cautivó.

Esta vez no ha sido tan casual, no. He contado minuciosamente las ventanas: nueve desde la izquierda y veintiocho desde el suelo. Y aquí estamos los dos otra vez, uno frente al otro, en la planta veintisiete. Ella dentro, cómodamente sentada en su despacho y yo por fuera, de pie en mi «góndola», así llaman a estas plataformas que se desplazan colgadas frente a las fachadas de los rascacielos para limpiar sus ventanas. Este es un trabajo sólo apto para gente muy «colgada», como yo. Y aquí estamos los dos mondándonos de risa. Cada uno intentando comprender lo que dice el otro. Nunca imaginé que este trabajo iba a proporcionarme ratos tan divertidos.

Ahora levanta su mano para pedirme que espere, que ahora mismo vuelve.

—¡Vale, vale, yo te espero! —le chillo y hago gestos asintiendo y moviendo el palo del limpia-cristales; pero el triple laminado del cristal que nos separa, probablemente de 15 milímetros de espesor, hace imposible escuchar nada al otro lado por mucho que se grite.

Hace un rato que se fue y aún circula por los pliegues de mi cerebro la bella secuencia de su falda elevándose ligeramente en círculo al girar el cuerpo hacia la puerta y mostrar su espalda angelical. Es una mujer hermosísima.

Parece que va a tardar, voy a aprovechar para sacar el bocata. Hoy me toca de salchichón.

Aquí está de vuelta, siempre sonriente, trae una bolsa de la que saca un envase de bebida y un táper que, sin más preámbulo abre y lo acerca al cristal con una mano para mostrarme su contenido: una especie de ensalada multicolor, mientras con la otra mano hace un gesto para invitarme a que coja un poco y lo pruebe. Yo me rio a carcajadas y le acerco también mi bocata, ya mermado con un par de mordiscos. Los dos sin parar de reír. Ella pincha con un tenedor de plástico transparente un trozo de verdura y me lo muestra. Yo acerco mi boca y hago como si me lo comiera.

—Mmmmm... riquísimo —le digo exagerando la vocalización de las palabras— ¿Qué verdura es? no la conozco —le pregunto señalándola con el dedo.

Ella apoya el táper sobre la mesa y me dice con la mano que espere; coge un folio y un bolígrafo, escribe algo en letra grande y me lo muestra junto con el trozo pinchado en el tenedor: «VERDEZUELAS»

—Ah sí. Pues nunca las he probado —le contesto en nuestro lenguaje de signos particular, que nos funciona de maravilla, se entiende todo.

Ella ahora se sienta, escribe un texto más largo y me lo enseña: "Estás invitado a una ensalada de verdezuelas, cuando quieras"

—Ooooh... Será un honor —le contesto con una mano en el corazón.

La  están llamando al móvil. Lo señala, se disculpa y se retira hacia el centro de su despacho. Yo aprovecho para seguir devorando mi bocata mientras observo como su hermosa figura da pasos para un lado y para el otro.

Ya vuelve conmigo frente al cristal. La veo muy alterada. Me hace gestos con las manos señalando la góndola y con el dedo índice hacia abajo. Parece querer que me baje corriendo. No sé por qué está tan asustada. Le hago gestos de que no comprendo. Debe pasar algo... ¡Hostias, fuego! Claramente le he entendido la palabra fuego en sus labios mientras mueve de abajo a arriba sus dos manos agitando los dedos como si imitara las llamas. Esta claro hay un incendio en el edificio. Miro hacia abajo y en la acera hay mogollón de gente

Suenan sirenas. Sí, ya hay varios coches de bomberos.

Insiste en que baje. Y yo le contesto que baje ella, que corra escaleras abajo, pero no debe poder. Le han debido dar otras instrucciones. El fuego será en algún piso inferior y está afectando a las escaleras. Joder... qué putada. Voy a probar los botones del mando... Estupendo, la plataforma se puede mover. Tal vez haya entrado en funcionamiento el grupo electrógeno de emergencia que hay en la azotea. A ver si están las herramientas de la góndola... Sí, la caja está al completo. Busco el mazo de hierro, el más pesado... Aquí está.

Ahora ella me confirma que el fuego es más abajo... con los diez dedos de las dos manos más luego cuatro de una de ellas, catorce. El fuego es en la planta catorce.

—Tranquila. tranquila. Vamos a intentarlo —le digo mostrando el mazo— Sepárate de la ventana —le digo con un gesto de ambas manos y ella se aleja un par de pasos— Más, más lejos, vete más al fondo —insistí.

Se ha ido hacia la puerta, apenas la veo. En cualquier caso creo que no debo esperar más. Allá voy.

Echo hacia atrás el mazo, concentro todas mis fuerzas y...

—Aah.... ¡PUM! —golpeo en el centro del cristal.

Nada, apenas unas cuantas grietas... Lo intentaré más cerca del borde. Espero que ahí sea más frágil. Respiro con profundidad y vuelvo a la carga...

—Aaah.... CRASH... —bueno, pues he conseguido quebrar un triángulo, en la esquina, de más de un palmo de ancho; por él sale un flujo de aire caliente. Habrá que seguir golpeando más arriba...

—¡Joder! Qué bien. Muchísimas gracias —me dice ella emocionada agachándose para hablar por el hueco.

—Es un placer poder al fin escuchar tu voz —le digo mientras introduzco mi mano en busca de la suya y las apretamos con gusto— Pero espera, tengo que hacer un hueco más grande; por favor ponte lejos otra vez.

—Sí, sí, venga —me contesta alejándose. Su voz es aguda y desgarrada. Pobre, debe estar asustadísima.

—Aaaah... ¡CRASSSH...! —¡Bien! ¡Ahora sí!

Se ha desmoronado en añicos todo el cristal; la mayor parte de los trozos han ido hacia dentro. Habrá que tener mucho cuidado.

Ella se acerca con la cara iluminada, exultante. Sí, ahí está, ahora puedo verla directamente con toda nitidez.

—Corre, sube aquí, que esto nos bajará hasta la calle —le digo. Ella mira la góndola asombrada y me tiende ambas manos.

—Con cuidado, muchísimo cuidado —le ayudo a pasar una pierna, luego la otra— Así, muy bien. Ya estamos listos.

Doy al mando y... funciona. ¡Estamos bajando! Espero que el motor aguante lo suficiente para llegar abajo del todo. Ella se agarra fuertemente a la barandilla con una mano y a mi antebrazo con la otra. Hostias, me está clavando la uñas, no se da cuenta la pobre pero me está hincando sus uñas con fuerza.

—Ay... por Dios... por Dios —dice manteniendo los ojos cerrados todo el rato.

—Veinticinco...; veinticuatro... Voy enumerando los pisos. Joder qué lento baja. Es su velocidad normal, está claro, pero en esta situación todo parece lentísimo.

—Veintitres...; veintidos... Me pregunto si ya habrá subido el incendio a otras plantas. No veo a nadie por los ventanales, pero tampoco se ve humo dentro.

—Por Dios... por Dios —repite ella una y otra vez con angustia. Su voz sigue quebrada y chillona.

Estamos ya casi en la planta diecisiete... a ver... Buf... llena de un humo negro, muy negro.

—Dieciséis... Joder, en este sí hay bastante luz y se ven algunas llamas al fondo.

—Quince... ¡Horror! Totalmente en llamas.Tremendo

—Catorce... Está al rojo vivo. Un infierno.

—Ay... por Dios... por Dios —ella sigue implorando a Dios y sin ver nada de lo que pasa. En fin...

Piso Trece... Parece que los forjados del techo se han desplomado porque este piso también arde, aunque menos.

—Doce... apenas nada. Bueno, creo que puede haberse salvado toda la gente de los pisos bajos. El suelo se ve ya más cerca... Venga, allá vamos.

—Mira, mira, estamos llegando al suelo —le digo volviéndome hacia ella e intentando zafarme de sus uñas clavadas en mi brazo, pero no hay manera— ¡Mira, mira...! —nada, no hay forma de sacarla de su aturdimiento. Qué le vamos a hacer.

¡Por fin! Por fin estamos en el suelo. La gente aplaude y nos jalea; es la hostia, la hostia; y ella abre finalmente los ojos. Todo el mundo se acerca a vernos. Abro la portezuela y salimos los dos. Por fin me libero de sus uñas. Estamos pisando suelo firme. Ella me agarra con fuerza de la mano, andamos unos pasos y se vuelve hacia mí para decirme:

—Qué valiente has sido. Estoy impresionada. Te debo la vida. Muchísimas gracias —pero me lo dice con la misma voz aguda y chirriante. Tal vez sea ese su tono de voz habitual, no sé. Ahora se queda otra vez aturdida y sin hablar. La verdad es que arriba, hablando por señas en la planta veintinueve, ella resultaba mucho mejor comunicadora.

—Ha sido un enorme placer compartir esta aventura contigo —le contesto.

Ahora se acercan a ella unas cuantas personas, todas cariacontecidas, algunas incluso llorando. Serán compañeros suyos. Yo me retiro discretamente del grupo. No sé por qué pero siento que mi interés y mi devoción hacia ella se desmoronan. Ya no la veo tan hermosa. Su voz me la imaginaba completamente distinta. En fin... qué más da. Los humanos somos así; todos tenemos nuestras luces y nuestras sombras.

Ella se abraza con algunos compañeros pero no me quita ojo en ningún momento. Y ahora... se vuelve y viene hacia mí.

—Aquí tienes mis datos —me da una tarjeta, saca un bolígrafo y una libreta para anotar— Por favor dame tu teléfono. Ahora estoy desconcertada, absolutamente bloqueada, pero necesito contarte y que me cuentes, charlar contigo con calma.

—Por supuesto que sí —le contesto mientras escribo mi número de teléfono en su libreta— Además quiero probar una de esas ensaladas tuyas de verdezuelas. Mmm... deben estar riquísimas.

—Claro que sí, ya verás —me contesta entusiasmada.

—Pues venga, un día de estos te voy a ver a la planta veintisiete y nos zampamos esa ensalada. Eso sí, estando tú dentro y yo fuera ¿eh?. Je, je. Porque todo resulta más divertido y mucho mejor, visto desde el otro lado del cristal ¿verdad?

Ella se queda perpleja un instante, mirando al infinito. Finalmente me devuelve la mirada, nos reímos los dos y nos despedimos con un fuerte y sentido abrazo (yo imaginando estar al otro lado del cristal).


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