Friday, 9 January 2026

Sobre bostezos y contradicciones

 



Una de las cosas que más me fastidian es tener que reprimir un bostezo. Yo me hubiera dejado llevar abandonándome lentamente, siguiendo la secuencia que dictasen mis instintos, o sea: estirar primero las piernas; inclinar el cuerpo hacia atrás extendiendo poco a poco los brazos hacia arriba; tensar cada uno de los músculos sintiendo cómo el cosquilleo va recorriendo mi cuerpo; abriendo finalmente la boca despacio hasta proyectar al aire un bostezo tremendo, un alarido liberador que hiciera temblar los árboles más recios, que se propagara por las selvas despertando a todas las fieras. Pero no, a mi alrededor los monos vestían chaqueta y corbata, las tigresas de mechones teñidos calzaban zapatos puntiagudos, la jungla en la que me hallaba era una triste sala de conferencias y el orador un pelmazo inaguantable que, para asegurarse que nadie perdiera la atención, según hablaba barría con su mirada inquisitoria los rostros de los oyentes, sobre todo los de las primeras filas, donde yo me encontraba. En esa situación no tuve más remedio que ensayar una mueca con la que aparentar interés en lo que contaba, apretar las mandíbulas y disimular el bostezo.

Fue al reprimir el cuarto bostezo cuando, perplejo y harto ya de no entender nada de lo que allí se hablaba (aunque eso no suele ser algo que me importe, siempre que el cóctel de después sea generoso en canapés), saqué de mi bolsillo el sobre con la invitación al ciclo de conferencias y leí en el programa: martes 13 de enero de 2026, “Disciplinas libérrimas”, conferencia a cargo del profesor Tal Kual, de la Universidad Elitista Popular. No parecía, desde luego, que tuviera nada que ver con lo que allí se hablaba, por lo que me atreví a preguntar a la tigresa de mi derecha:

—Perdone —le dije acercándome a su oreja con voz muy baja— esto no es lo de las libérrimas disciplinas ¿verdad? —mientras le señalaba el título en el programa.

—No —respondió acercándose a mi oído— aquí los suelen poner de jamón y queso, de salmón, de vegetal y... —se alejó un momento a pensar— bueno, y a veces de paté, o incluso de jamón de pato, pero de eso que dice usted no, no.

—Ah... pues tampoco está mal —le respondí.

—Le gusta el jamón de pato ¿eh? —me preguntó.

—Sí, sí, pero sobre todo sus ojos acaramelados —hice una meditada pausa para luego aclararle— los suyos, no los del pato.

Ella se quedó observándome pensativa unos segundos hasta que inició una sonrisa maliciosa, una dulce sonrisa cómplice que me atravesó los parietales y, rebotando varias veces en los occipitales, fue a instalarse finalmente en mi médula espinal. Pero noté un silencio en la sala, y cuando giré mi cabeza al frente me encontré ante la mirada amenazante del orador plomizo que había detenido su discurso, sin duda corroído por la envidia que le producía verme ligar con la tigresa. Tras obsequiar a la audiencia con unos segundos de descanso, prosiguió. Mi médula quería otra dosis de dulzura, por lo que de inmediato mis ojos y los de caramelo volvieron a encontrarse, y de un repentino impulso mi tigresa de rubia melena y yo nos pusimos en pié y, cogidos de la mano, salimos disparados hacia los canapés que ya estaban preparados en la sala contigua.
Yo me zampé tres mixtos, dos vegetales y varias mediasnoches, pero ella no quedó satisfecha del todo y me propuso asistir a alguna otra conferencia de mayor interés. Preguntamos al conserje, quien nos aclaró que el ciclo al que correspondía mi programa era en una planta más arriba, y allí nos dirigimos.

"Sala Libérrima” se anunciaba en la puerta. Al entrar vimos a gente de pie. Estupendo, pensamos, habían terminado, ya no habría que aguantar ningún discurso, pasaríamos directamente al cóctel. Nada más lejos de la realidad, habían empezado el acto por los canapés, de los que sólo quedaban los envoltorios, y ahora se dedicaban a discutir acaloradamente. Aún así, quedaban botellines de cerveza en una caja y nos abalanzamos sobre ellos.
En aquella sala no había un orador, sino muchos, de hecho la mayoría de los asistentes estaban de pie, algunos paseando de un lado a otro. Ninguno respetaba el turno de palabra, la atención de la audiencia cambiaba de uno a otro ponente en función del interés que suscitara cada discurso. La mitad fumaba, mientras la otra mitad tosía batiendo con su mano de vez en cuando el humo circundante en busca de aire. En un ambiente tal, nos pareció oportuno despojarnos de algunos accesorios inútiles: sus zapatos puntiagudos salieron volando, al igual que la melena rubia, que ¡era postiza!, mostrando su pelo castaño muy cortito que le daba un delicioso aire perverso; también mi chaqueta y mi corbata volaron; ella rejuveneció diez años, yo ninguno.
Entre cerveza y cerveza, y escuchando las distintas discusiones, la tarde iba pasando agradablemente. El sol de poniente aún entraba por la ventana que estaba al otro lado de la sala, y nos apeteció acercarnos. Para ello tuvimos que atravesar un pequeño grupo en plena discusión: “Los pacifistas no podemos cruzarnos de brazos ante estas barbaries, debemos actuar con firme decisión y contundencia frente cualquier actitud sospechosa de ser violenta”, decía uno. El tema le gustó a mi tigresa rapada y se quedó charlando con ellos. Yo continué, pasando con sumo cuidado entre dos individuos que proclamaban las excelencias de la sodomía, y llegué por fin a la ventana, que en ese momento alguien abría tras poner al lado un cartel diciendo: “Se prohíbe cerrar la ventana, que hay un humo de la hostia”, justo encima de otro de la misma dimensión que originalmente decía “Es peligroso asomarse, ya se han suicidado tres”, pero llegó una mujer que inmediatamente la cerró, pegando un nuevo cartel: “Prohibido abrir la ventana, ¡que hace frío, coño!” Así estuvieron alternativamente abriendo y cerrando la ventana hasta que alguien, elevando la voz, recordó a los presentes que en la sala que se hallaban no procedía tanta prohibición: “¡Si alguien quiere prohibir que se vaya a otra sala, joder!”. Su intervención provocó un fuerte aplauso, seguido de varios vivas a la libertad y la anarquía. Después, todos acordaron tapar los carteles anteriores con otro de enormes dimensiones que cubría la pared entera, incluida la ventana, y con letras gigantes escribieron “PROHIBIDO PROHIBIR”.
La sala quedó algo más tranquila y entonces aproveché para acomodarme en uno de los sillones del fondo. Sin apenas luz, pues habían tapado la ventana, y con el rítmico jadeo de los sodomitas, que habían pasado a explicar la parte práctica de su doctrina, me entró un agradable sopor, e inicié, esta vez como mandan los cánones, un merecido bostezo, de esos que comienzan extendiendo las piernas, brazos en cruz, el cuerpo tensándose poco a poco hasta el pleno éxtasis, y terminan con la mandíbula casi descoyuntada emitiendo un reconfortante bramido.

—Queridos amigos del Bremen: Han pasado ya tres años desde aquel martes 13 de enero del 2026. Yo nunca he sido supersticioso porque da muy mala suerte; además en aquella ocasión fue todo lo contrario, me aportó la gran fortuna de encontrar al amor de mi vida. Ahora mi tigresa de ojos acaramelados y yo compartimos este piso... ¿lo veis? —giro la cámara para enseñároslo— Nos encanta bostezar juntos frente al televisor. Ahora es que se ha metido en la ducha, pero enseguida os la presento.

—¡Preciosa... ¿te queda mucho?!
—Estoy terminando.

—¡Pues oye, es que estoy aquí conectado on-line con unos amigos muy majos que acaban de leer nuestro relato y quería presentártelos.
—¡¿Qué relato?!

—¡El del martes 13!
—¡Ah sí, estupendo, pues ahora mismo salgo!
—Nos va muy bien ¿sabéis? Vivimos sin ninguna clase de convencionalismos, sin dependencias el uno del otro ni malos rollos de esos.

—¡Cariño, tráeme de paso una cervecita, que tendré que brindar con mis amigos. Ah y también las zapatillas, que deben estar en el dormitorio!