Es la segunda vez que nos vemos. La primera hará ya más de tres meses; fue un encuentro fugaz, apenas un par de minutos, pues ella tenía prisa y se disculpo muy amablemente, explicándome, por señas, que sentía tener que irse a otra planta y diciéndome adiós con la mano. A pesar de conocerla sólo a través de un grueso cristal, su hermosura y simpatía eran evidentes, pero fue sobre todo su pícara mirada lo que me cautivó.
Esta vez no ha sido tan casual, no. He contado minuciosamente las ventanas: nueve desde la izquierda y veintiocho desde el suelo. Y aquí estamos los dos otra vez, uno frente al otro, en la planta veintisiete. Ella dentro, cómodamente sentada en su despacho y yo por fuera, de pie en mi "góndola", así llaman a estas plataformas que se desplazan colgadas frente a las fachadas de los rascacielos para limpiar sus ventanas. Este es un trabajo sólo apto para gente muy "colgada", como yo. Y aquí estamos los dos mondándonos de risa. Cada uno intentando comprender lo que dice el otro. Nunca imaginé que este trabajo iba a proporcionarme ratos tan divertidos.
Ahora levanta su mano para pedirme que espere, que ahora mismo vuelve.
—¡Vale, vale, yo te espero! —le chillo y hago gestos asintiendo y moviendo el palo del limpia-cristales; pero el triple laminado del cristal que nos separa, probablemente de 15 milímetros de espesor, hace imposible escuchar nada al otro lado por mucho que se grite.
Hace un rato que se fue y aún circula por los pliegues de mi cerebro la bella secuencia de su falda elevándose ligeramente en círculo al girar el cuerpo hacia la puerta y mostrar su espalda angelical. Es una mujer hermosísima.
Parece que va a tardar, voy a aprovechar para sacar el bocata. Hoy me toca de salchichón.
Aquí está de vuelta, siempre sonriente, trae una bolsa de la que saca un envase de bebida y un táper que, sin más preámbulo abre y lo acerca al cristal con una mano para mostrarme su contenido: una especie de ensalada multicolor, mientras con la otra mano hace un gesto para invitarme a que coja un poco y lo pruebe. Yo me rio a carcajadas y le acerco también mi bocata, ya mermado con un par de mordiscos. Los dos sin parar de reír. Ella pincha con un tenedor de plástico transparente un trozo de verdura y me lo muestra. Yo acerco mi boca y hago como si me lo comiera.
—Mmmmm... riquísimo —le digo exagerando la vocalización de las palabras— ¿Qué verdura es? no la conozco —le pregunto señalándola con el dedo.
Ella apoya el táper sobre la mesa y me dice con la mano que espere; coge un folio y un bolígrafo, escribe algo en letra grande y me lo muestra junto con el trozo pinchado en el tenedor: "VERDEZUELAS"
—Ah sí. Pues nunca las he probado —le contesto en nuestro lenguaje de signos particular, que nos funciona de maravilla, se entiende todo.
Ella ahora se sienta, escribe un texto más largo y me lo enseña: "Estás invitado a una ensalada de verdezuelas, cuando quieras"
—Ooooh... Será un honor —le contesto con una mano en el corazón.
Le están llamando al móvil. Lo señala, se disculpa y se retira hacia el centro de su despacho. Yo aprovecho para seguir devorando mi bocata mientras observo como su hermosa figura da pasos para un lado y para el otro.
Ya vuelve conmigo frente al cristal. La veo muy alterada. Me hace gestos con las manos señalando la góndola y con el dedo índice hacia abajo. Parece querer que me baje corriendo. No sé por qué está tan asustada. Le hago gestos de que no comprendo. Debe pasar algo... ¡Hostias, fuego! Claramente le he entendido la palabra fuego en sus labios mientras mueve de abajo a arriba sus dos manos agitando los dedos como si imitara las llamas. Esta claro hay un incendio en el edificio. Miro hacia abajo y en la acera hay mogollón de gente
Suenan sirenas. Sí, ya hay varios coches de bomberos.
Insiste en que baje. Y yo le contesto que baje ella, que corra escaleras abajo, pero no debe poder. Le han debido dar otras instrucciones. El fuego será en algún piso inferior y está afectando a las escaleras. Joder... qué putada. Voy a probar los botones del mando... Estupendo, la plataforma se puede mover. Tal vez haya entrado en funcionamiento el grupo electrógeno de emergencia que hay en la azotea. A ver si están las herramientas de la góndola... Sí, la caja está al completo. Busco el mazo de hierro, el más pesado... Aquí está.
Ahora ella me confirma que el fuego es más abajo... con los diez dedos de las dos manos más luego cuatro de una de ellas, catorce. El fuego es en la planta catorce.
—Tranquila. tranquila. Vamos a intentarlo —le digo mostrando el mazo— Sepárate de la ventana —le digo con un gesto de ambas manos y ella se aleja un par de pasos— Más, más lejos, vete más al fondo —insistí.
Se ha ido hacia la puerta, apenas la veo. En cualquier caso creo que no debo esperar más. Allá voy.
Echo hacia atrás el mazo, concentro todas mis fuerzas y...
—Aah.... ¡PUM! —golpeo en el centro del cristal.
Nada, apenas unas cuantas grietas... Lo intentaré más cerca del borde. Espero que ahí sea más frágil. Respiro con profundidad y vuelvo a la carga...
—Aaah.... CRASH... —bueno, pues he conseguido quebrar un triángulo, en la esquina, de más de un palmo de ancho; por él sale un flujo de aire caliente. Habrá que seguir golpeando más arriba...
—¡Joder! Qué bien. Muchísimas gracias —me dice ella emocionada agachándose para hablar por el hueco.
—Es un placer poder al fin escuchar tu voz —le digo mientras introduzco mi mano en busca de la suya y las apretamos con gusto— Pero espera, tengo que hacer un hueco más grande; por favor ponte lejos otra vez.
—Sí, sí, venga —me contesta alejándose. Su voz es aguda y desgarrada. Pobre, debe estar asustadísima.
—Aaaah... ¡CRASSSH...! —¡Bien! ¡Ahora sí!
Se ha desmoronado en añicos todo el cristal; la mayor parte de los trozos han ido hacia dentro. Habrá que tener mucho cuidado.
Ella se acerca con la cara iluminada, exultante. Sí, ahí está, ahora puedo verla directamente con toda nitidez.
—Corre, sube aquí, que esto nos bajará hasta la calle —le digo. Ella mira la góndola asombrada y me tiende ambas manos.
—Con cuidado, muchísimo cuidado —le ayudo a pasar una pierna, luego la otra— Así, muy bien. Ya estamos listos.
Doy al mando y... funciona. ¡Estamos bajando! Espero que el motor aguante lo suficiente para llegar abajo del todo. Ella se agarra fuertemente a la barandilla con una mano y a mi antebrazo con la otra. Hostias, me está clavando la uñas, no se da cuenta la pobre pero me está hincando sus uñas con fuerza.
—Ay... por Dios... por Dios —dice manteniendo los ojos cerrados todo el rato.
—Veinticinco...; veinticuatro... Voy enumerando los pisos. Joder qué lento baja. Es su velocidad normal, está claro, pero en esta situación todo parece lentísimo.
—Veintitres...; veintidos... Me pregunto si ya habrá subido el incendio a otras plantas. No veo a nadie por los ventanales, pero tampoco se ve humo dentro.
—Por Dios... por Dios —repite ella una y otra vez con angustia. Su voz sigue quebrada y chillona.
Estamos ya casi en la planta diecisiete... a ver... Buf... llena de un humo negro, muy negro.
—Dieciséis... Joder, en este sí hay bastante luz y se ven algunas llamas al fondo.
—Quince... ¡Horror! Totalmente en llamas.Tremendo
—Catorce... Está al rojo vivo. Un infierno.
—Ay... por Dios... por Dios —ella sigue implorando a Dios y sin ver nada de lo que pasa. En fin...
—Piso Trece... Parece que los forjados del techo se han desplomado porque este piso también arde, aunque menos.
—Doce... apenas nada. Bueno, creo que puede haberse salvado toda la gente de los pisos bajos. El suelo se ve ya más cerca... Venga, allá vamos.
—Mira, mira, estamos llegando al suelo— le digo volviéndome hacia ella e intentando zafarme de sus uñas clavadas en mi brazo, pero no hay manera— , ¡Mira, mira...! —nada no hay forma de sacarla de su aturdimiento. Qué le vamos a hacer.
¡Por fin! Por fin estamos en el suelo. La gente aplaude y nos jalea; es la hostia, la hostia; y ella abre finalmente los ojos. Todo el mundo se acerca a vernos. Abro la portezuela y salimos los dos. Por fin me libero de sus uñas. Estamos pisando suelo firme. Ella me agarra con fuerza de la mano, andamos unos pasos y se vuelve hacia mí para decirme:
—Qué valiente has sido. Estoy impresionada. Te debo la vida. Muchísimas gracias —pero me lo dice con la misma voz aguda y chirriante. Tal vez sea ese su tono de voz habitual, no sé. Ahora se queda otra vez aturdida y sin hablar. La verdad es que arriba, hablando por señas en la planta veintinueve, ella resultaba mucho mejor comunicadora.
—Ha sido un enorme placer compartir esta aventura contigo —le contesto.
Ahora se acercan a ella unas cuantas personas, todas cariacontecidas, algunas incluso llorando. Serán compañeros suyos. Yo me retiro discretamente del grupo. No sé por qué pero siento que mi interés y mi devoción hacia ella se desmoronan. Ya no la veo tan hermosa. Su voz me la imaginaba completamente distinta. En fin... qué más da. Los humanos somos así; todos tenemos nuestras luces y nuestras sombras.
Ella se abraza con algunos compañeros pero no me quita ojo en ningún momento. Y ahora... se vuelve y viene hacia mí.
—Aquí tienes mis datos —me da una tarjeta y saca un bolígrafo y una libreta para anotar— Por favor dame tu teléfono. Ahora estoy desconcertada, absolutamente bloqueada, pero necesito contarte y que me cuentes, charlar contigo con calma.
—Por supuesto que sí —le contesto mientras escribo mi número de teléfono en su libreta— Además quiero probar una de esas ensaladas tuyas de verdezuelas. Mmm... deben estar riquísimas.
—Claro que sí, ya verás —me contesta entusiasmada.
—Pues venga, un día de estos te voy a ver a la planta veintisiete y nos zampamos esa ensalada. Eso sí, estando tú dentro y yo fuera ¿eh?. Je, je. Porque todo resulta más divertido y mucho mejor, visto desde el otro lado del cristal ¿verdad?
Ella se queda perpleja un instante, mirando al infinito. Finalmente me devuelve la mirada, nos reímos los dos y nos despedimos con un fuerte y sentido abrazo (yo imaginando estar al otro lado del cristal).
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