Wednesday, 15 April 2020

Gracias por su visita




Gracias por su visita



   —Buenos días.
—Hola —me contesta el anciano con cierto asombro al verme entrar.
—Perdone la molestia, es que vengo a desinfectar la habitación ¿sabe? —le hablo en voz muy alta, por si es sordo, como el anterior, que no entendía nada y el pobre hombre estuvo aterrorizado hasta que me fui.
—Ah, claro, por eso viene disfrazado así. Yo, viéndole a usted de astronauta, pensaba que ya estaba en el cielo.
—Ja, ja... —me rio, el hombre tiene buen sentido del humor— disculpe usted que vengamos aquí asustándoles con esta pinta.
—No se preocupe, me encantan los disfraces, yo soy muy carnavalero.
  Se ve que tiene ganas de charla. Es lógico, aquí se pasan solos todo el día, cada uno en su cuarto.
—Voy a tener que hacer un poco de ruido ¿sabe?
—Pues vale, me vendrá bien, sí. Desde que no nos dejan salir al salón a ver la tele esto es un aburrimiento, y cualquier sonido, aunque sea ruido, es bienvenido.
Antes de empezar tenemos que contarles, despacito y claro, lo que vamos a hacer, y a mí esto de explicar las cosas se me da fatal, encima con la escafandra no se nos entiende nada; yo por eso procuro utilizar gestos con ayuda de las manos porque, la verdad, tiene que ser frustrante para ellos no vernos la cara.
—Mire, esto es un nebulizador, y lo que echa es agua oxigenada; que no es nada malo, o sea que se puede respirar sin ningún problema, y que vale para desinfectarlo todo ¿sabe?
—Ah, pues estupendo —me contesta asintiendo con la cabeza.

Sin más conversación me he puesto a lo mío. Empiezo por el baño. ¡Dios! qué guarro está todo, habría que haber pasado antes una fregona bien cargada con lejía. Nebulizar en estas condiciones, con esta cantidad de mierda, no vale para nada. Esto es indignante. Voy a decírselo al enfermero, y a la directora que nos ha recibido, joder, que vengan ahora mismo y lo vean...

Vaya, qué contrariedad, salgo del baño y me encuentro al señor agachado buscando debajo de la cama.
—Pero hombre ¿qué hace usted ahí?
—No, nada —me contesta pero continúa buscando.
—A ver, dígame ¿que pasa? Se le ha caído algo ¿no?
—Ya sabe usted cuál es el objeto más difícil de encontrar ¿verdad? —me contesta mientras se sienta en el suelo. Dios mío, ahora le voy a tener que ayudar a incorporarse.
—Pues no, no se me ocurre qué puede habérsele perdido. Venga le ayudo —cogiéndole por ambas axilas consigo sentarlo en el sillón.
—Muchas gracias, buen hombre. Pues el objeto más difícil de encontrar, para su dueño, claro está, son las gafas.
—Ah... ja ja... es verdad, cómo no se me ha ocurrido —es la segunda vez que me hace reír; este hombre es simpatiquísimo— pues ahora mismo las busco, vamos a ver... Aquí, aquí tiene usted sus gafas. Estaban en la mesilla pero tapadas por una revista. Tome. Tiene usted un gran sentido del humor ¿eh?
—Ay qué bien, no sabe lo que se lo agradezco. Son siete dioptrías las que tengo. Me pasé de leer a oscuras cuando era joven y ya ve: toda mi vida con gafas así de gruesas.
—¿A oscuras leía usted? —es curioso, ahora con las gafas puestas me recuerda mucho a mi abuelo.
—Prácticamente, sí —me contesta— Era para librarme de la mili. Porque leyendo con poca luz te aumenta la miopía ¿sabe usted? Total que yo estuve tres años, desde los 18 a los 21, pidiendo prórrogas por estudios para no incorporarme al ejercito y leyendo libro tras libro a la tenue luz de una vela.
—¿No me diga? ¿y al final se libró de hacer la mili?
—Pues sí. Esa suerte tuve. Al tercer año, cuando me hicieron la revisión médica en el hospital Gomez Ulla, el capitán médico me miraba con incredulidad a través de un aparato, un ojo y luego el otro, así varias veces hasta que me dijo: “Vale, ya le diremos por escrito lo que haya que decirle”. Nunca se me olvidará esa expresión “lo que haya que decirle”. Salí escéptico de allí, era mi última prorroga posible, mi última oportunidad. Y yo no hay nada que más odie en este mundo que todo lo castrense. Ya sabes, cada uno tenemos nuestras manías y fobias; las mías son contra los militares, su disciplina, sus armas, sus batallitas. Los odio, no lo puedo evitar. Estuve varias semanas urdiendo un plan para salir del país y darme por prófugo. Pero no, transcurridas unas semanas me llegó una carta a casa en la que se me declaraba “soldado inútil”, eso decía el informe “soldado inútil”, je, je.
—Me recuerda usted mucho a mi abuelo ¿sabe? Esa mirada tan viva, esa simpatía tremenda que usted tiene.
—¿Ah sí? ¿Y qué edad tiene su abuelo?
Me ha dejado descolocado con su pregunta, porque mi abuelo murió hace unos años y no creo que deba yo ahora hablarle de muertes.
—Pues... —tras unos segundos disimulando, por fin se me ocurre la contestación— no sé exactamente, pero no, qué va, mi abuelo es mucho mayor que usted. Él está también en una residencia como esta ¿sabe? en Soria; y sigue con su buen humor, fíjese, igual, igualito que usted.
—Ah, pues cuando vaya a verle le da un saludo de mi parte ¿eh?; y le dice que es muy afortunado porque tiene un nieto magnífico.
—Así se lo diré, de su parte. Pero mire, tengo que salir un momento ¿sabe? Enseguida vuelvo y termino de desinfectar toda la habitación.
Al escuchar que me iba se le ha ensombrecido bruscamente la sonrisa. Aun así levanta la mano para despedirme.
—Estupendo, sí, pues muchas gracias por su visita, de verdad, muchísimas gracias —me despide, con gesto serio. El pobre hombre se cree que ya no voy a volver.
—De nada, un placer. Pero no se preocupe, hombre, que enseguida estoy de vuelta ¿vale?
Me dirijo hacia la puerta, pero a los dos pasos escucho de nuevo su voz:
—Perdone, perdone la curiosidad; o, mejor dicho, perdone mi ignorancia: esas siglas UME ¿qué significan?
—¿Siglas...? Ah, si, claro, las letras, U, Eme, E —giro el cuerpo y señalo con el dedo hacia mi espalda mientras pienso cómo responderle— Pues... se va usted a reír, porque significa: Unidad Militar de Emergencias —me quedo un instante esperando la reacción por su parte, pero no llega y le aclaro:— Vamos que... que soy militar, fíjese usted lo que son las cosas, militar, ja, ja —intento quitarle importancia con mi risa.
Se ha quedado mudo un par de segundos, como sorprendido, pero poco a poco va esbozando una sonrisa que pronto se transforma en una risa franca y abierta, mientras gesticula subiendo ambas manos e inclinando la cabeza hacia atrás. Una preciosa risa que me contagia de inmediato. Me levanto la escafandra para que pueda verme y, ya sin limitaciones, lanzo también una buena carcajada. La habitación, antes lúgubre, ahora resplandece entera con la alegría inmensa que su rostro irradia.


Antonio Bisquert
17-04-2020






Friday, 17 January 2020

Las jirafas grandes



Por las mañanas, cuando me despierto pronto, me gusta meterme en la cama de papá y mamá. Al subir y pasar por encima de ellos siempre me dicen que me vuelva a mi cuarto, que “a dónde voy tan temprano”, que “hoy no hay cole y se puede dormir más”, y cosas así. Pero no les hago caso y me cuelo entre los dos. Ellos suelen refunfuñar, pero me dejan. Se está tan bien sobre su almohada...

Hoy, sin embargo, no está mamá. Qué raro, porque llevo un rato en la cama solo con papá y no se oye ruido en la ducha ni en la cocina. Tal vez hoy sí haya cole, mamá se habrá ido a su oficina y papá estará malo como aquella vez. O se habrá quedado dormido y se le ha olvidado llevarnos al cole; eso, eso será.
—¡Papá, que ya es de día y no nos has llevado al cole.
—Mmmm... No, hoy es domingo, hijo. Sigue durmiendo.
Es verdad, porque ayer tampoco hubo cole y sería sábado. Claro, los sábados vamos al hiper a comprar. Y ayer yo llevé el carro con mis dos hermanos subidos encima, ¡cómo molaba!. Pero cuando íbamos a toda velocidad se cruzó otro carro y chocamos. Nito se puso a llorar como un tonto, y no le había pasado nada, pero me echaron la bronca y no me dejaron seguir conduciendo. Mamá se enfadó mucho con papá por haberme dejado conducir el carro y le llamó... no sé qué, él también dijo muchas palabrotas. Como seguían discutiendo sin hacerle caso a Nito, que lloraba cada vez más fuerte, yo le puse el chupete y se calló. Pero resulta que el chupete estaba sucio porque en el choque se le había caído al suelo, entonces mamá...
—Papá ¿y mamá dónde está?
—Mmm.
—Papá... Que dónde está mamá.
—Ha ido a... comprar, hijo. ¿No quieres dormir más?
—No.
—Bueno, pues entonces nos levantamos todos, que ya tu hermano reclama su bibe.
A comprar... Qué raro, si ya compramos ayer. Mamá se habrá ido porque está enfadada; por lo del choque con el carro del hiper, seguro. Y por eso habló tanto rato, luego por la noche, con el cara-de-pato. Yo le llamo así por que tiene la boca saliente como los patos, y cuando se despide de mamá la pone más saliente aún para besarla. Sé que era él con quién hablaba por el móvil, porque siempre que mamá habla con el cara-de-pato se le pone a ella un poco de cara de pato también y se va a otra habitación para que no oigamos lo que le dice. Se metió en nuestro cuarto creyendo que estábamos dormidos, porque era muy tarde, pero yo estaba despierto y la oí cuando dijo que no aguantaba más y que “si no fuera por los pequeños ya me habría ido”. No dijo a qué sitio, pero seguro que era muy lejos. Y con él.

Yo creo que el cara-de-pato nos tiene rabia porque, por nuestra culpa, mamá no se puede ir con él al sitio ese. Delante de mamá se pone muy simpático a preguntarnos cosas, pero el otro día, cuando mamá fue a la farmacia y nos dejó a Ana y a mí con él en la plaza, no habló con nosotros en todo el rato. Y encima se puso a fumar. Yo le dije que fumar es muy malo, sobre todo delante de los niños, porque nos puede matar de cáncer, que lo ha dicho mi profe; y justo antes de volver mamá tiró el cigarro para que no lo viera. A lo mejor viene ahora que no está mamá para matarnos de cáncer; o con una pistola; o con una espada...
—Papá: cierra la puerta con llave.
—Ay David, no te me subas encima que ya eres mayor, hijo. Anda, no me des la paliza.
—Ciérrala con llave y con pestillo, papá.
—Pero ¿qué llave ni qué pestillo?, si es de día. Eso se hace por la noche, hijo.
—¿Por qué?
—.......
Estoy acostumbrado a que papá y mamá no contesten a mis porqués, pero yo insisto y a veces tengo suerte.
—¿Por qué, papá?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué cerráis por la noche con pestillo y por el día no?
—.....
Nada, esta vez se queda callado y no me lo explica. Aunque yo ya lo sé, es para que no entren los ladrones ni los asesinos con cara de pato cuando estamos dormidos.

A papá se le nota que está de mal humor porque se le pone la cara alargada y las cejas juntas. Al revés que cuando está contento, que se le pone la cara redonda y me llama Davidote. A mí me gusta que me llame Davidote.
—Papá ¿Cuándo viene mamá?
—Luego, más tarde. Ana, bébete la leche, pesada.
A Ana le llama Aniuska cuando está contento y la sube en volandas, muy alto, como me hacía a mí de pequeño. El día de la manifestación, aunque yo ya era grande, también me subió para que viera cuánta gente había, y me llevó un rato a caballo sobre sus hombros cuando íbamos con la amiga esa que me da tantos besos y palmadas en el culo. Esa le llama muchas veces; yo sé cuándo es ella porque papá suele hablar en voz muy alta por teléfono con todo el mundo, pero con ella habla más bajito.

Mi hermana quiere que ponga la tele; dice que ella no llega, pero no es verdad, sabe perfectamente subirse al sillón y coger el mando de la estantería, lo que pasa es que quiere que cuando papá se enfade tenga yo la culpa. Es que es pequeña, claro, y se asusta cuando papá le chilla.
—Papá ¿verdad que cuando Ana se termine la leche puede ver en la tele los dibujos?
—Venga, sí. Vamos a ver qué ponen.
No entiendo nada. Porque a papá nunca le gusta que veamos la tele y ahora, en cambio, se ha levantado él mismo a ponerla, sin esperar a que Ana se beba la leche.
Papá se ha puesto de muy mal humor y ha apagado enseguida la tele, porque sólo ponen cosas de soldados desfilando y de curas haciendo misa. Ha cogido el móvil y se lo está contando a alguien. 
 
—Papá ¿cuándo llega mamá?
—¿Queréis que os lea un cuento? Venga, que luego a lo mejor viene una amiga a traerme unos libros y si queréis nos vamos todos a dar un paseo.
—Pero papá...
—Este, este cuento es estupendo, vais a ver.

Qué raro. Papá sólo nos lee cuando tiene la cara redonda de estar contento. Y ahora se pone a leernos cuentos cuando aún estamos todos en pijama y Ana no se ha tomado ni la mitad del vaso de leche porque quiere que venga mamá. Con toda su cara larga y las cejas juntas, papá va y se pone a leernos, es rarísimo. Yo también quiero que llegue mamá, porque voy a decirle que no volveré a chocar nunca más con el carro del hiper. Y que no le voy a poner el chupe a Nito cuando esté sucio para que no se ponga malo ni nada. Pero me voy detrás del sofá, porque no quiero que papá me vea llorar, que yo ya soy mayor. Y si me ve Ana se pondrá también a llorar y Nito, los tres llorando, y entonces sí que la hemos fastidiado.

—“...las jirafas más pequeñas miraban atemorizadas cómo todos los animales corrían de un lado a otro. Las cebras, los antílopes, los monos... todos intentaban huir del tigre hambriento que les acechaba. Sin embargo las jirafas grandes, con sus cabezas por encima de los árboles, sólo se miraban entre ellas y seguían comiendo como si no pasara nada”.

Se ha oído el portal. Ana y yo miramos hacia la puerta. Papá sigue leyendo aunque no le atendamos. Será mamá que ya vuelve. Se oye que sube por la escalera. Ojalá no sea la amiga de papá, ni el asesino cara-de-pato. Hasta Nito ha parado de gatear y mira hacia la puerta. Quiero que sea mamá. Pero no. Sigue subiendo. No es mamá. Será la mamá de Jorge o su padre, porque ha seguido y ahora se oye la puerta del piso de arriba.

—"... entonces la jirafa Zaby miró hacia arriba muy asustada y le preguntó a su papá "¿Por qué no corremos también nosotros, papá? ¡Papá, que nos van a comer!". Pero el papá-jirafa no le hacía ningún caso y seguía comiendo y comiendo las hojas de aquel árbol tan alto..."

Otra vez suena el portal. Quiero que sea mamá. Papá continúa leyendo como si no pasara nada. Es un tonto, como las jirafas grandes, no se entera, le da igual lo que nos pase. Ana se le ha agarrado a un brazo y no lo suelta. A lo mejor es la amiga de papá, que viene a besuquearnos a todos y a darme palmadas al culo. Ya sube por la escalera. Mamá siempre nos dice que no chillemos, que se molesta a los vecinos porque “en esta casa se oye todo y os he oído desde el portal”. Pero ahora estamos los tres callados, escuchando cómo alguien sube, un escalón, otro escalón, cada vez más cerca. Yo quiero que sea mamá. Ojalá no sea el cara-de-pato que viene a matarnos. Voy a poner a Nito más cerca de papá; aquí está mejor. Ya está llegando. Que sea mamá, que sea mamá. Ya está casi en la puerta. Que sea mamá...




Friday, 8 November 2019

Cambiando sábanas a los alcornoques



  Soy un provocador compulsivo, no lo puedo evitar. Por eso esta mañana, cuando escuché unos golpecitos en la puerta y una voz femenina preguntando "¿se puede pasar?", me quedé callado. Al no responder nadie, la empleada del hotel entró dispuesta a limpiar mi habitación, pillándome en bolas, o para ser más exactos: desnudo de cintura para abajo, pues en ese momento me disponía a entrar en la ducha y aún no me había quitado la camisa del pijama.
—Perdone, pensé que no había nadie; ya vendré luego a limpiar —dijo mirándome cara a cara con toda naturalidad, sin afectarle lo más mínimo mi desnudez.
—No por favor, vaya usted limpiando si es tan amable. Es que tengo que recibir aquí a una persona ¿sabe?, y debe estar a punto de llegar. Yo voy a darme una ducha rápida y le dejo libre el baño también —le dije cruzándome con ella para entrar en el cuarto de baño.
—Bueno, si es así me quedo, y no se preocupe que le hago la habitación enseguida.
Antes de entrar en el baño la observé un instante cuando giró para ponerse manos a la obra, y dentro de la bata azul pálido de tres tallas mayor que ella pude intuir un sugestivo cuerpo grácil.
La mujer, en vez de mostrarse incómoda, había manejado la situación con absoluta profesionalidad, frustrando por completo mi afán de provocación. Durante la ducha estuve dándole vueltas y llegué a la conclusión de que debo ser algo exhibicionista. Los exhibicionistas se frustran enormemente cuando no consiguen escandalizar a sus víctimas. Sin duda había encontrado una nueva faceta de mi personalidad: soy provocador y también exhibicionista, a la par que mentiroso, sí, porque la verdad es que no tenía tanta prisa. En cambio sí es cierto que espero recibir a alguien, aunque no en mi habitación sino en una sala de reuniones del hotel; tengo una cita ni más ni menos que con la Secretaria de Estado para Asuntos de Seguridad, mi jefa, que, junto con otros tres subsecretarios, vienen a analizar mi propuesta “Plan Estratégico para una Seguridad Global”. Llevo toda la noche sin dormir dando los últimos retoques a la presentación.
Me duché a toda prisa y salí repentinamente del cuarto de baño, ahora sí totalmente en pelotas para dar debido curso a mi recién estrenado exhibicionismo, y fue entonces cuando la sorprendí con mi informe en las manos. Me dio un vuelco el corazón; y no sólo a mí, pues en esta ocasión sí obtuve por su parte la reacción de sobresalto que hubiera cabido esperar, aunque no por mi desnudez sino por otro motivo muy distinto: la había pillado in fraganti. Esta falsa limpiadora de hotel, esta supuesta kelly, resultaba ser una infame espía; no sabía de qué organización, pero allí estaba leyendo un informe con contenidos altamente confidenciales.
—Ya me extrañaba su exquisita profesionalidad —le dije mientras me acercaba a la entrada y bloqueaba la puerta.
—Estaba usted más atractivo disfrazado de alcornoque —me contestó intentando aparentar tranquilidad y sin soltar de su mano el informe.
—¿Disfrazado de qué? —me aproximé con cautela, atento a los posibles movimientos de sus manos, hasta arrebatárselo de un tirón certero.
—De alcornoque —repitió ella levantando sus brazos en señal de rendición— En mi pueblo los hay a cientos. Les sacan el corcho de los troncos, dejándolos desnudos de cintura para abajo, como usted cuando entré —continuó, esforzándose en desdramatizar la situación en la medida de lo posible.
—Pues ahora este alcornoque recupera parte de su corcho —le dije tapando por un momento mis genitales con el informe— ya sólo falta recuperar las imágenes que, a buen seguro, ya habrá enviado a sus compinches. Deme su teléfono, por favor
—No lo llevo encima, de verdad, puede comprobarlo si quiere —ella seguía con sus manos a media altura— El móvil lo dejo siempre en la taquilla, con mis cosas. Lo siento de verdad, señor. Yo comprendo su preocupación, pero esto no es lo que parece. Le aseguro que no era mi intención leer este documento. Lo que me pasa es que... —hace una pausa cerrando los ojos y girando la cabeza a un lado y a otro— mi problema es que no puedo reprimir la curiosidad, porque yo también escribo ¿sabe? y cuando veo unos folios escritos pues... se me van los ojos.
—Ya... ¿Y para quién escribe esta espía tan avezada y curiosa? Si puede saberse —le pregunté mientras guardaba el informe en el maletín y sacaba el móvil de mi chaqueta, sin dejar de vigilar sus movimientos.
—Pues es que tenemos una tertulia literaria unos cuantos amigos. Somos sólo aficionados, cada uno tiene su trabajo, yo... aquí me ves —dijo tuteándome por primera vez— Escribimos relatos y nos juntamos a leerlos cada dos miércoles. ¡Por favor no digas nada en el hotel, me despedirían! —exclamó al ver que marcaba en el teléfono.
—No llamo al hotel.
—¡Ni a la policía, por favor! Yo no sabía que eran tan importantes esos papeles, de verdad —le tembló la voz y me miró con ojos suplicantes.
—Estoy llamando a mi servicio de seguridad; están abajo en el hall. No les va a gustar nada que les dé un asuntito más, están muy atareados últimamente. Aunque tú se lo puedes facilitar si me dices para quién demonios trabajas.
—Ay, no, por favor te lo pido, no llames.
En ese momento dejé de marcar. La mujer se había descompuesto. Yo no sabía ya qué creer, porque la imagen frágil y tierna con que me suplicaba no se correspondía en absoluto con aquel comportamiento tan frío y sospechosamente formal de cuando entró. Tal vez decía la verdad y no era más que una limpiadora de hotel con aficiones literarias. Por otro lado pensé también en los perjuicios que, sin duda, me iba a ocasionar si en el Ministerio se enterasen de este incidente. Me pedirían explicaciones por no haber custodiado adecuadamente un informe que, una vez revisado por la Secretaria de Estado, sería clasificado como alto secreto de estado.
—No sé qué pensar. Me juego mucho en esto ¿sabes? —le dije aún dubitativo.
—De verdad que lo siento muchísimo. ¿Cómo iba yo a imaginar? —dijo ella mientras se acercaba y apoyaba su mano en mi antebrazo.
Creo que entonces, con el suave contacto de su mano sobre mi piel, se hizo para los dos más evidente mi desnudez y, no sé ella, pero yo sentí de repente algo de vergüenza, aunque aguanté el tipo sin que se me notara.
—Es la primera vez que me encargan un informe de tanta importancia. No puedo correr riesgos, compréndelo; me tienes que decir qué es lo que has leído de este informe. Te ha dado tiempo de leer un buen trozo ¿no es cierto?
—Sólo el principio... bueno... y un poco de en medio.
—¿Te lo has leído entero? ¡Las setenta páginas! Pues sí que eres buena lectora, porque mi ducha ha sido rápida.
—No, lo he leído muy por encima. Pero me hace gracia que hables de "la defensa de nuestro sistema de vida", cuando en realidad te refieres a la defensa solo de... de los más favorecidos, o sea de los ricos y de sus empresas... —comentó dejándome anonadado.
—¿Eh...? Vamos a ver, un momento... O sea que no sólo lo has leído sino que lo has estudiado a fondo. Es increíble —me senté en una de las dos butacas junto a la ventana mientras le señalaba la otra— Hazme el favor, siéntate y me cuentas qué has entendido de todo el informe.
—No puedo quedarme más tiempo, perdona, me echarían en falta enseguida; tengo que hacer todas las habitaciones de esta planta antes de las doce, si no me la cargo. Pero si quieres que te diga la verdad, no estoy de acuerdo en ninguna de las propuestas. No sé para qué tanta vigilancia en todos los sitios. Lo podría comprender en los centros oficiales, pero de ahí a poner cámaras en todas las calles, en cada esquina, me parece absolutamente demencial; sistemas permanentes de localización de personas, ¡inspectores camuflados en cada edificio...!
—Pues claro, es un plan similar al que ya está funcionando en toda China. Este hotel, por ejemplo, por ser de cinco estrellas, y a pesar de estar en medio del campo, pasaría a tener una cobertura de vigilancia de nivel 3C; de esta forma lo que nos ha pasado hoy...  quiero decir... que tu hayas podido leer este informe, no hubiera sucedido, porque ahí —le dije señalando la salida del aire acondicionado— hubiera habido una microcámara oculta que, sabiendo que hoy iba a alojarse aquí un alto funcionario de la Secretaría General, o sea yo, hubiera estado conectada al sistema de alertas especiales categoría 5, de vigilancia 24x7 y acción inmediata, además lo hubiera grabado todo, por supuesto, como prueba testimonial.
—No me digas... Pues sí, sí, me parece genial... y ahora me echarían del trabajo por estar aquí charlando tranquilamente con un señor desnudo cuando tengo todas las habitaciones por hacer.
—Fantástico, veo que lo has entendido —le dije subiendo el dedo pulgar para indicar su acierto.
—Me tengo que ir. Ha sido un placer; y lamento de verdad lo ocurrido —se dirigía ya a la puerta cuando la interpelé:
—Perdóname un momento. Déjame que te aclare una cosa —ella se volvió con resignación— Daré por cierto que no eres espía. No voy a llamar a Seguridad, aunque estaría obligado a hacerlo, pero tanto a ti como a mí nos metería en complicaciones, está claro —al oírlo su rostro resplandeció esbozando una sonrisa encantadora.
—Pues muchas gracias, y de nuevo perdona.
—Mira, escucha esto que te va a sorprender: Imagino que tras leer el documento pensarás que soy un gilipollas; pero yo tampoco soy lo que parezco. Es cierto que está escrito por mí, pero no pretendiendo que lo apruebe la ministra, no, sino todo lo contrario. Lo he escrito con ánimo provocador. Para evidenciar las contradicciones del sistema —al oír esto dio un paso acercándose con cara de asombro— Quiero que comprendan que no tiene sentido resolver la seguridad sin antes resolver muchos otros problemas, como la injusticia social, el hambre, las discriminaciones...
—Exactamente —me interrumpió— porque son ya muchos siglos oprimiendo sistemáticamente a los pueblos, esclavizándolos; y donde se siembra amargura se recoge odio.
—¿Has leído las propuestas finales? —le pregunté.
—Sí, son ridículas. Me parecen absolutamente demenciales.
—Efectivamente. He demostrado, mediante un mero proceso lógico, irrefutable, que, partiendo de sus premisas, sólo se puede llegar a ese aberrante escenario de vigilancia total, de control absoluto sobre las personas, que describo en las conclusiones. La supuesta defensa de la libertad, según ellos la entienden, que no es otra cosa que la defensa de su egoísmo y su avaricia, nos llevará inevitablemente a la pérdida de las libertades individuales y colectivas más elementales, a un mundo abominable.
—Eso es —remarcó ella acercándose con ojos encendidos— Poco a poco el sistema entrará en agonía, asfixiado por su propio celo. Así es como se perfila la decadencia de este Imperio del Capital.
Me mantuve unos segundos inmerso en la hermosura de ese rostro tan expresivo y a la espera de que mencionara el autor de la cita, pero no, la frase era de su propia cosecha.
—Me encanta lo que has dicho y cómo lo has dicho. Tus aptitudes literarias están fuera de toda duda.
—Gracias —contestó si dejar de penetrarme con su mirada.
Me sentí seducido hasta la hipnosis. La hubiera besado desenfrenadamente. Habría acariciado cada centímetro de su piel navegado a la deriva bajo esa bata tres tallas más grande que ella. Pero en ese momento sonó mi móvil. ¡Mierda! Siempre en los momentos mágicos suena algún móvil que los interrumpe. Era la jefa, la ilustrísima Secretaria de Estado para la Seguridad, a la que reporto desde hace un mes (no sé muy bien por qué demonios se le ocurrió nombrarme su asesor, pero seguro que como resultado de alguna de mis provocaciones); me esperaba en la sala de reuniones para revisar conmigo el documento. De un tiempo a esta parte y por razones de seguridad, las reuniones se suelen hacer en distintas instalaciones militares; de hecho, los altos cargos apenas aparecen por el ministerio, sólo los empleados de bajo rango asumen el riesgo de un atentado. Sin embargo últimamente, la demencia de los que ostentan el poder les ha llevado a aceptar una propuesta mía mediante la cual se reúnen, nos reunimos, en hoteles apartados, reservando las habitaciones a nombre de supuestas empresas; se envían horas antes fuertes contingentes de seguridad camuflados y luego llegan ellos, llegamos, de incógnito.
—Ahora soy yo el que me tengo que ir. Deséame suerte —le pedí mientras guardaba el portátil y la impresora en el maletín.
—La tendrás. Pero no vayas a ir así, vístete por lo menos de cintura para arriba, de alcornoque, que te sienta bien; si hacéis la reunión sentados alrededor de una mesa seguro que ni se dan cuenta —nos reímos.
—Me temo que saldré tarde de la reunión ¿Te habrás ido?
—Imagino que sí, pero no te preocupes, te encontraré, disfrazado de alcornoque, cualquier día, en cualquier hotel.

Llevo seis horas intentando provocar a esta pedazo de animal de melenita rubia y afilados zapatos. Pero la estrategia me ha fallado, es increíble. Ya sabía que era una mujer con pocas luces, pero no había imaginado su grado de ingenuidad. Ha seguido desde el principio la lógica atroz de mis argumentaciones asintiendo siempre con la cabeza. En ningún momento se ha sentido provocada ante la absurdez de mis propuestas, todo lo contrario, sugería endurecerlas más, siempre con el apoyo incondicional de sus babosos subsecretarios. Y así hemos llegado a mis recomendaciones finales que, lejos de escandalizarles, les han parecido perfectas cada una de ellas.
Estoy desolado. He decidido tomarme un descanso y reposar la mente mirando por la ventana. Ahora el sol se inclina por poniente y parece que quiere aportar algo de cordura a la reunión, colando su luz naranja y proyectándola sobre la pantalla en la que se ven, angustiadas de sí mismas, mis conclusiones finales. Tal vez ese sol nos transfiera un halo de esperanza. Pero no, esta animal va ha seguir al pie de la letra mis recomendaciones. He fracasado. No la soporto más. Encima ahora me dice que baje la persiana, porque el sol le molesta. ¿Que baje la persiana...? No pienso perder ni un segundo más, me largo.
—Perdonad, tengo que ir un momento a mi habitación.
No espero al ascensor, corro escaleras abajo. A la mierda la Secretaría General, a la mierda mi puesto de alto funcionario de mierda. Me voy. Afuera me espera aún el sol para escondernos juntos más allá del horizonte. Seremos libres. Pasaré con él la mejor noche de mi vida.
—¿Dónde vas con tanta prisa, alcornoque?
—¡Anda, que sorpresa! Pues me iba corriendo porque he quedado con el sol, vamos a ir de juerga toda la noche.
Con el rostro iluminado de quien sale un viernes del trabajo, y ya sin la bata azul descolorida de tres tallas más, está verdaderamente preciosa.
—¿Qué tal te ha ido en la reunión?
—Fatal, creo que he perdido toda mi capacidad de provocación. ¿Y tú? ¿A estas horas sales de currar?
—Ya ves.
—Pero si esta mañana estabas tempranísimo ahí, dale que te pego, cambiando las sábanas a los alcornoques... Te explotan a conciencia ¿eh?
—No más de lo normal.
—Lo normal es que estés harta. Seguro que ahora necesitas, igual que yo, olvidarte de este mundo tan cruel. Te propongo una cena de gala: el sol, tú y yo; los tres solos.
—Mmm... un alcornoque y el sol… la verdad es que no se puede pedir mejor compañía. Pero antes creo que estoy obligada a aclararte algo —ha hecho una pausa para mirar alrededor y constatar que no hay nadie cerca— Debo desvelarte un secreto; podré confiar en ti ¿no?
—Absolutamente. Dime.
Se arrima en actitud misteriosa hasta hacerme sentir la agradable proximidad de sus labios que, tras un breve silencio seductor, me susurran:
—Sí soy una espía.
Me he quedado perplejo un instante, cautivado por esa mirada suya tan serena y viva a la vez, que penetra en mis ojos a la espera de observar cuál será mi reacción.
—Vaya... pues yo a ti ya no voy a poder desvelarte nada, porque desde el principio sabes que soy un alcornoque— le tiendo la mano e iniciamos la marcha.


Friday, 3 May 2019

La primera dama


La primera dama (ejercicio en riguroso presente)


Se me va a notar. Tengo que cuidar las formas, mantener la cabeza fría. Ahora, al verme apurar la copa, se ofrece gentilmente a ir a por otra. No debería aceptar, pues si se aparta de mí, aunque sólo sea un instante, seguro que algún pesado se acerca a darme la murga y tal vez no tengamos la oportunidad de volver a conversar solos. Y es que me gusta, este hombre me gusta a rabiar. Pero él insiste: “un encuentro entre dos amantes de Brahms bien merece un brindis”, así que acepto agradecida, me vale para tomarme un respiro, para contener este deseo desbordante que me produce su mirada. Aprovecho también para observarle por detrás, esa espalda erguida, esa distinción. Con qué gentileza se abre paso entre los invitados, qué clase. Tengo que acordarme de evitar esta tendencia mía a encorvarme, siempre salgo cheposa en la tele. Hoy quiero que luzcan mis pechos; me encanta cómo él posa discretamente su mirada en mi escote. Debo estirar el cuello, ensayaré mientras vuelve, así, hombros atrás, pero sin que se me note forzada. ¿De dónde me dijo que era?... un país del Este, no sé, tiene rasgos eslavos, aunque por su acento en inglés bien podría ser latino. Qué desastre esta cabeza mía, llevo ya dos años de primera dama y aún no logro estar a la altura de las circunstancias en estos actos, soy incapaz de memorizar los mínimos datos de cada persona, luego meto la pata y lo paso fatal. No acabo de entender qué es lo que tiene este hombre para que, acabándolo de conocer, me vuelva loca. Es guapo de cara, qué duda cabe, sin ser el típico galán de anuncio; tiene un cuerpo esbelto, sí, pero tampoco puede decirse que llame la atención; es quizás la gracia con que se mueve, esa dulzura en sus gestos, y sobre todo cómo se desenvuelve, la simpatía que transmite, no sé, creo que es ese aire refinado y misterioso a la vez lo que más me seduce. Se me va a notar. Llevo demasiado tiempo ejerciendo de esposa oficialmente feliz, reprimiendo todo impulso que pueda ser malinterpretado, sin permitirme ni un solo desahogo. Afortunadamente mi marido está en el salón principal y no puede verme, sigue aguantando el rollo a cada uno de los embajadores que, siempre mirándole de reojo, esperan su oportunidad para abordarle. Todos excepto él, él está sólo pendiente de mí, también lo disimula, por supuesto, pero no me quita ojo en todo momento. Aquí vuelve, lanzándome esa sonrisa cómplice según se acerca. Ay dios... me encanta. Se me va a notar, tengo que mantener la cabeza fría.

Tras el choque lento de las dos copas se acerca y me susurra al oído un brindis en francés. Yo me atrevo mientras tanto a cogerle un instante del brazo, embriagada por el aroma que emana el ramito de jazmín insertado en su solapa. Pero ya no puedo apartar mi vista del imán de sus ojos, y me empieza a dar igual que se me note, qué puñetas, quiero que él perciba cómo con cada sorbo de champagne me bebo también su mirada, que inunda mi boca de excitación y va llegándome al vientre, todo mi cuerpo se sumerge poco a poco en un mar de deseos irrefrenables.

Tenía que ser ella, la mujer del ministro de Exteriores. Qué cretina. Nos interrumpe para proponerme un tour por el palacio. ¡Vaya por dios!, no puedo negarme, van a ir unas cuantas consortes más, se notaría demasiado. Encima aprovecha para fijarse en él, qué descarada, se ve que no le basta con el gorila que tiene por escolta. Me importan un bledo los tesoros que nos pretende enseñar, yo ya he encontrado uno interesantísimo que no deja de sonreírme; pero quedaría fatal si no voy con ellas... ¿Cómo?... Estupendo, él pide unirse a la visita alegando su interés por ver algunos cuadros. Bendita sea la pintura barroca de la escuela francesa. Se apunta, y a ninguna le parece mal... Son todas unas zorras, me lo quieren robar. Allá vamos. Ahora me toca disimular, pero no voy a perder ninguna oportunidad de buscar su mirada furtiva, de rozar su mano en cualquier descuido. Me tiene obnubilada. Tengo que conseguir una cita con él, como sea, no sé con qué disculpa, pero no estoy dispuesta a perder este tesoro divino. Aunque sea difícil, porque estas estúpidas no me dejan en paz, intentando conversar conmigo, haciéndome la corte; así distraen mi atención y no puedo disfrutar observándole. Con qué estilo abre la puerta y nos cede el paso, qué simpatía derrocha en cada comentario. Se me nota, debe resultar evidente que estoy colada por él, pero a estas imbéciles también se les cae la baba; bueno... tal vez así mi actitud pase más desapercibida.

Sí, sí, estas pinturas de Poussin son especialmente bellas. Dice que se quedaría observándolas toda la noche. Y yo con él, si no se diera la maldita circunstancia de que soy la mujer del Jefe de Estado, la que siempre le acompaña con una mueca estúpida de sonrisa forzada, con una chepa incipiente, jorobada, sí, de no poder vivir sin estar pendiente de mi imagen pública. ¿Eh...? Esto sí que es bueno: se queda. Dice que se queda para ver los cuadros con más detenimiento. Es evidente que lo hace a propósito, es una argucia para intentar quedar conmigo; ojalá sea eso. Se me tiene que ocurrir algo... Ya lo tengo... al baño, voy al baño y luego vuelvo aquí a su encuentro, aunque sólo sea mientras ellas terminan el tour. Estoy loca, se me notan a la legua las intenciones. “Es ahí a la izquierda, la primera puerta”, me dice la anfitriona con una sonrisa malévola. Les pido que no me esperen, que sigan la visita.

Ya no se les oye. Él debe estar allí, esperándome. Me derrito. Si todo sale bien, en unos segundos puedo estar por fin a solas con él. Pero tengo que ser cauta... No, no hay nadie en los pasillos, allá voy...

A veces el cielo abre sus puertas y te deja pasar un rato, sólo un rato, a gozar de todos los placeres, a deleitarte con sus manjares más exquisitos. A veces el cielo es tan pequeño como esta habitación, con dos sillones a un lado, un balcón al fondo, varios cuadros de escenas mitológicas en las paredes, y un ángel en el centro, un ángel celestial de elegante sonrisa con su mirada deseosa clavada en mí. Yo saltaría sobre él sin más preámbulo, lo devoraría entero revolcándonos sobre la alfombra, pero no debo precipitarme, he de seguir su ritmo; basta con acercarse lentamente, acudiendo al reclamo de esos ojos, de esos labios que me llaman y me hablan... de la luna... ¿la luna...? Sí, me coge de la mano para enseñármela, y mi piel se eriza electrizada toda. Salimos al balcón y allí por fin me abraza. El cielo entero me abraza. Y este ángel divino explora mi boca mientras desliza suavemente la cremallera de mi vestido, abriendo paso libre a todo el ardor del deseo, dejando que la luna bañe lujuriosa mi cuerpo. Una mano acaricia mi nuca, la otra se sumerge en el interior de mis bragas. Es el cielo entero el que me abraza y, al verme desnuda, las estrellas se acercan a besarme la espalda. Relámpagos, uno tras otro, nos van iluminando en cada movimiento. Relámpagos... ¿Relámpagos? ¡Hostias! ¡Son flashes! ¡Me cago en…! ¡Son fotógrafos! No puedo gritar, no debo gritar. Estoy en pelotas. Se alejan corriendo los hijos de... ¡Dios! Se va, él también huye por el pasillo y me deja sola. Soy gilipollas. No puedo salir tras él. He de vestirme, ¡rápido!

Se está largando por la puerta principal, como si nada hubiera pasado. No me da tiempo de impedírselo sin montar un escándalo. Y aún se despide de algunos invitados en el jardín, qué cabrón, con esa exquisitez, ese aire tan refinado que le distingue. Huye, pero no puedo ir tras él, me quedo aquí en la puerta, temblando aún de deseo frustrado y de rabia. Me cago en todos sus muertos. A partir de ahora me espera un infierno; todos los medios y redes sociales, todos cayendo como lanzas sobre mí. Es el fin. Ya se aleja por la calle a toda prisa, con qué elegancia corre el hijo de puta.


Thursday, 17 January 2019

Secuelas



   —Buenos días, Miljenko ¿cómo estamos? —le saludo desde el coche en segunda fila— ¿qué tal llevas lo mío?
   —Hola Kristija. Pues bastante bien. El interior está prácticamente terminado, estoy ahora preparando el mortero para enfoscar por fuera. ¿No echas un vistazo?
   —¿Has terminado el interior? ¡Uau, qué rápido eres! Sí, espera que aparco y lo veo.
   Este hombre se ha hecho, él solito, casas enteras, es increíble; un magnífico albañil que además sabe de fontanería, de electricidad... de todo; un auténtico manitas que hace las chapuzas de media ciudad.
   —Pues nada, chico, que ando liado a tope en la oficina. Llevo dos o tres días queriendo pasar por aquí y no hay manera, oye. —él está agachado removiendo la mezcla en una cuba— Pero... no, no ¿qué haces? espera, que esta pared no hay que enfoscarla.
   —¿Cómo? —me mira extrañado— a ver: esto es una prueba para comprobar que el mortero agarra sobre el paramento, tal cual, sin necesidad de picarlo —lo tantea con la mano— Ah, pues mira, parece que se adhiere bien fuerte, sí, porque la mezcla va bien cargadita de cemento ¿sabes? más de lo habitual y la arena es muy fina, ¿ves?... —con la paleta coge mortero de la cuba, me lo enseña y lo arroja sobre la pared al lado de la prueba anterior.
   —¡No, no! Sobre esta pared no, por favor, que esta va tal cual, haz las otras tres, pero esta no la toques ¿vale?. Buff... pues menos mal que he llegado a tiempo. Quita la prueba, Miljenko, por favor quítala.
   —No entiendo nada, Kristija —se levanta y me mira incrédulo— ¿Acaso quieres dejar esta pared así, con todos los impactos de las balas ahí a la vista? —sus ojos se clavan en los míos, me queman, tengo que mirar para otro lado.
   —Pues sí —tras dar un paso atrás le devuelvo la mirada— A ver... la verdad es que no me imaginaba que la obra fuera a ir tan deprisa. Yo pensaba ir diciéndote los detalles según avanzara. Porque me dijiste que ibas a empezar con el interior ¿verdad?
   —Sí, y eso he hecho. Pasa, pasa adentro y lo vemos.
   —Ahora entramos, sí, pero espera, por favor quita ese cemento de ahí. Lo lamento, debería haberte explicado más en detalle cómo lo quería.
   —No, no —me interrumpe airado— tú sí me lo explicaste perfectamente y yo tomé nota para calcularte el presupuesto. El exterior iba enfoscado y encalado todo, eso me dijiste.
   —No, perdona, lo de “todo” no te lo pude decir, porque no es lo que pensaba hacer. En cualquier caso lo siento, oye. Tal vez teníamos que haberlo dejado por escrito, cada partida especificando lo que había que hacer.
   —No me jodas, tío, no me jodas. Fuiste tú quien no quiso el presupuesto por escrito: “Que somos vecinos y hay confianza, hombre, no hace falta”, me dijiste.
   —Tienes razón, sí, y no es cuestión de confianza, que por supuesto la hay, sino de hacer las cosas bien. Reconozco que fue una cagada por mi parte.
   —Mira es igual, yo no te voy a cobrar más, por supuesto, pero esta pared hay que adecentarla de una puta vez. Es que está en la entrada del pueblo, tío. Parece querer decir: “Bienvenidos a este bonito pueblo donde los vecinos solemos fusilarnos unos a otros”. Estoy harto ya de pasar por aquí y quedarme deprimido el resto del día.
   —Ya, lo comprendo, pero tienes que entender que la casa es mía, joder, déjame que elija yo cómo la...
   —Vale, vale, no se hable más —me interrumpe subiendo el tono, se pone en pie y empieza a recoger muy enfadado— Mira: me pagas lo que que ya está hecho, lo del interior, y no se hable más. El exterior que te lo haga otro.
Me he quedado atónito observándole. Resulta curioso el contraste entre esa voz tan aguda, casi infantil que tiene, con lo fornido de su cuerpo. A ver cómo puedo reconducir la situación.
   —Por favor Miljenko no te lo tomes así. Te invito a un vino cojonudo que sirven en el bar de la esquina ¿lo conoces?
   —¿Cómo quieres que me lo tome? —no me escucha, él sigue recogiendo mientras habla— Qué maldita manía tenéis algunos de conservar abiertas las heridas de este puto país en el que nos ha tocado vivir. ¿Vivir digo...? Eso los pocos que aún sobrevivimos. Vivir matándonos, eso es lo que hacemos. Basta ya de contar y recontar muertos restregándonoslos por la cara todos los días. Habrá que mirar también al futuro ¿no? —Ha hecho una pausa, parece que se tranquiliza— Enfosca esta pared, tío, libera a tus vecinos de estos horrores y ya, de paso, te liberas a ti mismo. Borra todo vestigio de estas crueldades.
   —¿Borrar los vestigios dices...? Ya. ¿y qué hacemos entonces? ¿tiramos abajo también los barracones de Auschwitz? ¿Desmontamos el museo del genocidio? Eso es, que no quede ni rastro de aquel horror. En su lugar construiremos una urbanización con chalets adosados para que los currantes como tú y yo nos dejemos la piel pagando la hipoteca ¿vale? Eso es, podemos conservar el cartel de la entrada “Arbeit macht frei”. Qué bonito ¿Es eso lo que tú quieres? Ya lo hicimos en Jasenovak, aprovechar la siguiente guerra para borrar a bombazos los vestigios de aquel genocidio.
   —Por supuesto que no, Kristija. Pero esto es aquí, en nuestro pueblo, joder. Esto es otra dimensión, no mezcles las cosas. Yo no quiero tener que contar a mis hijos la misma historia triste cada vez que pasamos por aquí ¿comprendes?.
   —No tendrías por qué, ya en su cole se lo habrán contado, en clase de historia les habrán explicado la vergonzosas guerras que nos hemos venido montando en este país.
   —¿Ah sí? ¿Tú crees que les cuentan...? Pues sí, les cuentan, lo sé bien por mis hijos; les cuentan pero de forma sediciosa, adoctrinándolos desde pequeños. Igual que en la iglesia, sí, toda esa mierda de religión que os meten en la cabeza desde los púlpitos —me contesta irritado mientras sigue recogiendo. Creo que se ha pasado tres pueblos. — Perdón... perdón, no he querido ofender —corrige ahora al observar la indignación en mi cara que no he podido disimular—, no me refería a la religión en sí. Cada uno va a su iglesia, ortodoxa o católica, qué más da, o a la mezquita como los bosnios, todas las creencias son muy respetables; lo que no debemos permitir es que desde los templos, sean de la religión que sean, se infunda el odio a otras personas de distinta fe. Y no sólo en los templos, no, en la prensa, en la televisión... Eso sí que es una mierda. Y mira a donde nos lleva... —señala la pared— a fusilarnos unos a otros.
   —Pues precisamente por eso quiero dejar esta pared así. Que quede patente lo que jamás debe volver a suceder. Esta casa era de mi suegro, como ya sabes. A él lo mataron aquí, joder, donde tu estás ahora... —no puedo, me brotan emociones que no puedo controlar. Estoy andando como un mono de un lado a otro, gesticulando como un gilipollas, como lo que soy. Y él tiene razón, mucha razón.
   —Joder, tío, no lo sabía —se levanta, se me acerca y apoya su mano en mi hombro. Me produce una sensación rara. El cuerpo me pide dar un paso atrás y retirarle la mano, pero no, de alguna forma me siento agradecido por su gesto, me reconforta. Me da una palmada y continúa hablando— Yo te comprendo, Kristija, pero dices que quieres que quede patente... ¿el qué?; porque así lo que queda patente es el rencor ¿no te das cuenta? Aquí todos guardamos rencores, de forma más o menos consciente, pero absolutamente todos tenemos incrustados muy adentro esos rencores, esas malditas secuelas de guerra. A mi cuñado lo mataron con once años por escribir en cirílico ¿te imaginas? Mi mujer, que era entonces mi novia, se libró por los pelos; era unos años mayor que su hermano y ella sí le hizo caso a sus padres, serbios los dos, cuando les advertían: “en la escuela no se os ocurra comentar esto ni aquello; y sobre todo ni se os ocurra escribir en cirílico...” En fin...
    —Qué tremendo. Conocía esa historia, como la de tantos otros niños, pero no sabía que te tocaba tan de cerca...
    Nos hemos quedado mudos los dos. Él ha terminado de recoger todas sus herramientas, metiéndolas en grandes bolsas de deporte. Ahora se acerca a por la escalera que está apoyada, pero se queda mirando la pared un buen rato y me dice:
   —Pues los hubo con muy mala puntería ¿eh? Fíjate en esos disparos —señala los más altos.
   —Que va, no es mala puntería, todo lo contrario. Se apunta a la cabeza y, a la orden de fuego, se sube el fusil y se dispara medio metro más arriba. No es nada fácil, si el oficial al mando del pelotón se da cuenta, tú eres el siguiente fusilado. —se ha quedado mirándome receloso. No debo darle más explicaciones, aunque es un tipo extraordinario, una bellísima persona, pero lo cierto es que sus argumentos son sólidos; debería replantearme qué hacer con esta pared— Oye Miljenko... espera un momento. por favor, que estoy dándole vueltas... Mira, creo que me has convencido. Me parece que...
   —No jodas —me interrumpe— Estaba yo a punto de decirte a ti lo mismo —vuelve a apoyar la escalera y se me acerca— El que me has convencido eres tú a mí. Mira: a ver qué te parece si le echamos cal a todo, directamente, sin enfoscar; cuidando que no entre la cal en los orificios ¿sabes? porque así se quedan oscuros y resaltarán más. ¿Cómo lo ves?
   —Joder, tío, definitivamente somos la hostia. Ja, ja —nos reímos a carcajadas— hemos acabado intercambiando los papeles. No sé... la verdad es que no sé que decirte...
   —Pues mira, ahora si que te acepto ese vino de la esquina, que buena falta nos hace ¿sigue en pie tu invitación?
   —Por supuesto, allí que vamos —miro el reloj, joder, qué tarde es; hoy en la oficina me ponen de patitas en la calle.  
   Iniciamos la marcha. Yo echo un último vistazo a los balazos, a esos dos más altos, los que yo disparé. Ahora estoy en duda, no sé si quiero volver a verlos. Que sea el vino quien decida.


Thursday, 22 November 2018

Me morí



Debió habérselo dejado a Bioy Casares, o mejor a Alfonsina Storni, que tanto lo deseaba, incluso a Carlos Gardel, que en un momento se acercó a la mesa y también se interesó por aquel manuscrito; cualquiera de ellos hubiera sido un mejor prestatario del documento, pero fui yo, insensato de mí, quien insistió con mayor tenacidad, hasta llegar a ponerme pesado: “A mí, por favor Jorge Luis, déjamelo a mí, te aseguro que mi crítica será despiadada, préstamelo aunque sólo sea esta noche, y mañana lo tendrás mecanografiado”. “Ni se te ocurra ¿me escuchás? —me contestó tajante—, esto es sólo un experimento, yo jamás publicaría algo así; no me encuentro cómodo con un texto de tal longitud, me cuesta controlarlo, vigilarlo en todo su conjunto como hago con los cuentos”. Sin embargo, pasado un rato, y tras mi insistencia, decidió utilizarme para poner a prueba su experimento. “Vos parecés muy interesado. Y me recordás a Quiñones, mi amigo gaditano, así pelado y con barba. Bueno, vos lo leés y ya me contás qué te parece”.
Hace muchos años de aquello y, la verdad, nunca acabé de comprender el por qué de tan sublime encargo. Aquella tarde, tras despedirnos, salí del café Tortoni con el manuscrito bajo el brazo y, como un lobo hambriento, corrí por la calle Florida aullando en cada esquina hasta el Plaza Hotel donde me hospedaba. Tras encargar en recepción que me subieran un grand marnier, como la ocasión merecía, subí a mi habitación en la octava planta y me instalé en el balcón, allí, ansioso, comencé a devorar aquel codiciado tesoro. Llevaba apenas tres o cuatro páginas cuando me percaté de que unos nudillos golpeaban la puerta, cada vez con más fuerza al no obtener respuesta. “Sí, sí, ya le abro”. Apenas empezaba la puerta a girar sobre su bisagra cuando una súbita corriente de aire entró traspasando la habitación hacia el balcón, originando allí un revuelo de aquellos valiosos folios. Sin tan siquiera saludar a la camarera del hotel corrí despavorido a sujetarlos. Pero era tarde, varios habían iniciado ya su vuelo. En un intento desesperado de agarrarlos asomé medio cuerpo por encima de la barandilla, atrapé uno y otro, pero eran ciento cincuenta folios escapándose de entre mis manos... ¡Insensato de mí...! Perdí el juicio, perdí... el equilibrio y volé, volé tras ellos. Caímos al vacío desde lo más alto del edificio. Mi vuelo fue más corto, es cierto, los folios de aquel insólito manuscrito volaron con mucha más gracia que yo, ¡torpe y mil veces torpe! En fin, tan sólo me quedó ese privilegio: sentirme una más de sus hojas, acompañarlas en ese trágico vuelo.
Al llegar abajo me morí. Sí, ya sé que el verbo morir no debería utilizarse en primera persona del pretérito perfecto. Me muero, me moriré, o incluso me moría también vale, pero “me morí” no. Y lo cierto es que yo me morí. Así fue y bien que lo siento, no por mí, desde luego, sino por haber malogrado aquel manuscrito tan singular, sorprendentemente extenso, aquel borrador de ciento cincuenta folios que bien podría haber llegado a ser la primera, la única novela de Borges; y no llegó a serlo por mi culpa, por mi grandísima culpa.