Friday, 4 October 2024

No aguanto más

 


No aguanto más

Me meo. Las once de la mañana y aún estoy en la cama. No sé por qué demonios me acuesto tan tarde últimamente. Sí, sí lo sé, claro que sí, no me duermo porque cada noche espero tu llamada. Minuto a minuto espero, teléfono en mano como un imbécil, una llamada o un mensaje al menos, cualquier noticia tuya. Así paso hora tras hora hasta que, casi de madrugada, caigo en un profundo sueño. Ya no aguanto más, me meo, voy urgentemente al vater.

Con amarga resignación, así comienzo esta lúgubre mañana de domingo sin ti. En mi cabeza siempre presente aquella frase tuya: “Es que de vez en cuando creo que necesito mi propio espacio y mi propio tiempo; te pido tan sólo dos o tres días y enseguida vuelvo ¿de acuerdo?”. Y entonces yo, estúpido de mi, voy y te contesto: “Lo entiendo perfectamente, Yolanda; y tengo claro que, durante tu ausencia, ni te llamo ni te envío mensajes, salvo en caso de urgencia, claro.” Pero de dos o tres días nada, sino seis, de lunes a domingo; ya llevo seis días sin noticias tuyas. No aguanto más, me vuelvo loco.

Me acerco a la ventana y te magino allí en el parque conmigo entre los árboles, como cada mañana de domingo; felices los dos. Evoco tu cara sonriente mientras acaricio con mis manos la frialdad del cristal. ¿Mis manos...? Ahora que las miro... Qué sensación tan rara, no tengo el teléfono en las manos. Corro al dormitorio a por él. Lo cojo y entro desesperado en los mensajes... pero nada de nada. No sé, seguramente yo también necesito un poco de tranquilidad. Eso, basta ya de tanta angustia absurda. Dejo el teléfono en la mesilla de noche. ¡Mis manos por fin libres! Respiro en profundidad, me relajo y vuelvo a la ventana.

Otra vez revivo nuestros paseos por el parque de enfrente. Ay por dios... cómo te echo de menos. Esa amplia sonrisa tuya, el tacto suave de tu mano con la mía. Igual que aquella pareja de enamorados que ahora veo a lo lejos, felices de paseo bajo unos castaños de indias ya otoñales, preciosos, con hojas amarillas, algunas incluso naranjas. Entre tantos árboles apenas consigo verlos. El hombre, mucho más alto que ella y con pasos de gigante, creo que sí lo identifico: el vecino del tercero tal vez. A ella en cambio no la veo ahora, inmersos ya en la zona más densamente arbolada.

Me mantengo a la espera hasta que ya de nuevo tengo a la vista esa feliz pareja. Aún distantes pero bien visibles los dos. El rostro de ella oculto tras un pelo largo y rizado; y ahora que me fijo... ¡Muy parecida a ti! Pero... ¿eh? ¡Dios mío! Sí, ahora te identifico perfectamente, o al menos eso creo. Casi irreconocible, eso sí, con una imagen muy distinta: un vestido de colores atrevidos y bastante ajustado; esa melena suelta con rizos; pero con esos andares tan... tuyos. ¡No doy crédito a mis ojos! ¡Joder, Yolanda con “el largo”, ese gilipollas del tercero! ¡Me cago en dios! Aunque... un momento... no sé, a tanta distancia apenas distingo los rasgos faciales. Tal vez me equivoco. Soy un maniático, sí, joder, me siento un celoso de mierda, como toda esa gente a la que critico con frecuencia . Me repugno a mi mismo, me doy vergüenza, pero yo no aguanto más esta duda, lo siento; así que... Allá voy.

Salgo de casa, desciendo los escalones de tres en tres. Ya en la calle cruzo sin importarme las bocinas increpantes de los coches. Corro desenfrenado. Y mientras corro me insulto a mí mismo sin piedad: Soy un auténtico gilipollas, estoy como una cabra. Ya me adentro por el parque. Soy un maniático compulsivo, un loco de atar. Y Siento el corazón hiperacelerado, pero no me importa, sigo mi carrera histérica. Voy en busca de la verdad, no encuentro nada malo en ello, joder; es lo único que necesito, la verdad y nada más que la verdad. Ya casi llego... Hostias, veo al vecino hijoputa ese pero no a ti. Pues a por él voy.

    —¡Eh...! ¡Eh tú! —grito entre jadeos según me acerco a él cada vez más, a pesar de sus enormes zancadas.

    —¿Qué? 

  —¡Un... un momento, po... por favor! — con el sofocón que tengo apenas articulo palabras inteligibles.

    —Ah, hola vecino ¿Qué tal?

    —Hola, hola —mientras recupero el aliento hago una pausa deliberadamente prolongada mientras observo en él un gesto de inquietud claramente culpabilizador.

    —Pues te cuento sin más preámbulo: Esta mañana, después de levantarme, voy, me asomo a la ventana y te veo en este parque con una persona a quien creo que conozco, una antigua amiga; aunque no estoy de todo seguro, porque a tanta distancia...

—¿De nombre Clara, tal vez? —esa pregunta me resulta tranquilizadora en cierta medida. Respiro en profundidad y contesto ya sosegadamente.

—No, no recuerdo ahora mismo su nombre, pero Clara no.

        —En cualquier caso, ahora te enseño la foto de mi amiga Clara y santas pascuas.

        —Pues sí, estupendo, así veo su cara y disipo cualquier duda —le contesto.

    Veo la foto de Clara y no entiendo mi confusión porque apenas tiene rasgos parecidos a Yolanda. Debo ir pronto al oftalmólogo, sin falta.

    —Muy guapa tu amiga, desde luego, pero parecido con la mía ninguno. Muchas gracias en cualquier caso y te deseo un buen resto de paseo dominical, estimado vecino —vaya, no recuerdo ahora su nombre, qué corte, yo siempre me refiero a él como “el largo”, lo mismo que la mayoría de los vecinos.

—Lo mismo te digo, Lorenzo —Ah, pues él el mío sí, qué cabrón

    Me siento fatal tras este absurdo incidente. No sé por qué demonios pongo en duda la fidelidad y la bondad de las personas, en especial la de mi querida Yolanda. No tengo perdón. Qué ganas tengo de ti. No aguanto más esta separación, seis dias llevo sin hablar contigo; sin tan siquiera alguna noticia tuya. No voy a comerme el coco ni un segundo más, te llamo. Hostias, pero mi móvil lo dejé encima de la mesita de noche. Qué putada. Giro mi cuerpo hacia atrás y le digo a mi vecino:

    —Perdón, de nuevo perdón, estimado vecino, pero una vez más necesito tu ayuda.

    —A tu entera disposición.

    —Pues estoy sin móvil, soy un desastre, y tengo a mi madre en la puerta sin llave, seguro que desesperada. Me veo en la necesidad de...

    —Por supuesto —aun no termino la frase y ya tengo su teléfono a mi disposición. Qué majo “el largo”.

    —Gran amabilidad la tuya. Te ruego me disculpes. Un minuto sólo, de verdad.

    Me alejo unos cuantos pasos. Estoy marcando ya tu número con ansiedad, querida Yolanda, confío en tu comprensión y benevolencia... Un primer ring... el segundo... el tercero...

    —Hola Enrique ¿Qué tal?

    Joder... Me cago en sus muertos. O sea que Enrique ¿eh? Sí, por fin recuerdo el nombre de “el largo”, este vecino del tercero tan hijo de la gran puta.

    —Pues muchas gracias, Enrique. Aquí dejo tu teléfono —Le digo mientras abro los dedos y lo dejo caer al suelo— Ah —añado a continuación— y me cago en todos tus muertos. Adiós, adiós.

    Y así por fin yo, Lorenzo “el celoso de mierda” (mi nuevo mote en el barrio), acabo de una puñetera vez esta calamitosa historia. Estoy ya hasta los mismísimos cojones de tanto verbo en primera persona del presente de indicativo y ninguno en otros tiempos verbales mucho más hermosos, como los subjuntivos, los futuros o pasados, ni tan siquiera participios o gerundios. Un horror. Y sin más me despido de usted, querido lector. Termino este relato de una puñetera vez. No aguanto más.



Wednesday, 8 May 2024

relamiéndome

 

 

Érase una vez un alto directivo de una renombrada empresa multinacional, de la cual él era también dueño mayoritario, tras haberla heredado de su padre. Su interés en la vida no era otro que acumular cuanta más riqueza le fuera posible. Últimamente padecía una ofuscación muy precisa: conseguir entrar en la lista de las cien mayores fortunas mundiales que publica la revista Forbes; y estaba casi a punto, apenas le faltaban mil millones de euros más en su patrimonio, peccata minuta, para pertenecer por fin a tal selecto círculo.

Pero permitidme una pausa. Antes de nada debo confesaros que ese alto directivo soy yo. Sí, yo mismo, este que os escribe. Y, ahora que lo pienso... Qué tontería, debería redactar este relato en primera persona, sin desvíos ni tapujos narrativos. Creo que así todo quedará mucho más claro. Venga, lo vuelvo a intentar; y esta vez no comenzaré hablando de mí mismo, qué ordinariez, conviene explicar primero el contexto:

Erase una vez una triste ciudad de calles tenebrosas, siempre sumergida bajo sombras amenazantes proyectadas por enormes rascacielos. Y es en lo más alto de uno de estos edificios –rascainfiernos podríamos llamarlos–, concretamente en la planta ciento cincuenta y cuatro, desde donde yo vigilo a millones y millones de humanos de todo el planeta, comprobando que cumplen obedientemente, al pie de la letra, las recomendaciones de inversión y consumo que les vamos trazando, día a día, desde este gran consorcio económico-financiero que yo presido.

La historia que voy a relataros es muy reciente, concretamente sucedió ayer mismo. Y ¿qué fue lo que pasó ayer que me tiene tan preocupado y me induce a escribir este relato? me preguntaréis. Pues no os lo vais a creer; os cuento: Ayer fue la primera vez en toda mi vida que alguien me sacó de mis casillas y me hizo cuestionar todos mis principios. No quiero decir que me enfadara, no, todo lo contrario. Lo que pasó es que, por primera vez, me he vuelto loco por una mujer. Así de sencillo. Nunca jamás, a lo largo de mis cincuenta y tres años de vida, con dos matrimonios fracasados y varios emparejamientos igualmente rotos, jamás me he sentido tan tremendamente obsesionado por una joven como ahora. Y digo joven porque la chica es muy joven, la verdad, bien podría ser hija mía –¡qué vergüenza, por dios!–. De pequeño me gustaban la maduritas y ahora, mira por dónde, las más jóvenes. En fin, qué le voy a hacer. La historia empieza así:

Ayer, coincidiendo con el cierre de año fiscal, mi entidad financiera celebró, como cada año, su Junta General de Accionistas. Fue justo antes de comenzar mi discurso cuando ella se acercó al estrado portando en la mano un vaso de agua. Parece que la estoy viendo... Majestuosa subió el escalón mostrando fugazmente parte de su muslo izquierdo y regalándome, al posar finalmente el vaso sobre el atril, una deliciosa y cautivadora sonrisa, esta vez no tan fugaz; una mágica sonrisa que me invadió por completo y sigue aun instalada en mi cabeza, dando vueltas y vueltas, surcando minuciosamente por los pliegues más recónditos de mi cerebro. Luego todo siguió formalmente hasta el final del acto. Aplausos estruendosos pero vacíos; tan vacíos como el vaso ya sin agua que, rememorando aquella sonrisa, había degustado con placer en cada sorbo durante mi intervención.

Tras el acto formal llegó la comida con todo el comité ejecutivo. Largas mesas con pulcros manteles blancos sobre los cuales unas exquisitas viandas, elaboradas servilmente por gentiles humanos, eran devoradas sin educación ni vergüenza alguna por puercos ejecutivos. Pero de repente... una grata sorpresa: Aquella joven de angelical sonrisa reapareció al otro lado de la mesa, justo frente a mí.

–¿Quiere usted más pan?

–Sí –me apresuré a contestar.

–¿Qué clase de pan prefiere? –ella me mostró la bandeja con varios tipos de panes y aguantó, sin apartar su mirada de la mía durante un par segundos, hasta que mis ojos relamientes inundaran de deseo los suyos.

–¿Ese es pan con semillas ¿verdad? –Inquirí yo señalando uno de ellos pero sin dejar de contemplar extasiado su figura esbelta.

–Efectivamente –respondió aproximándose para colocar con unas pinzas el pan en mi platito y, ya más cerca, añadir en tono confidencial– Exquisitas semillas que suelen germinar en muy buenas amistades.

–¿En serio? –le pregunté aproximando lentamente el panecillo a mi boca y observándola con devoción. Ella esperó impaciente a que mordiera aquel prometedor anzuelo. Y lo hice. La cosa no tenía remedio, ya me sentí absolutamente cautivo.

A los postres, Benavides, el director ejecutivo más baboso de todos los que he nombrado, se empeñó en iniciar un primer brindis a mi salud. Fue al alzar la copa cuando la vi de nuevo en la entrada al salón. ¡Allí está! grité interiormente. Entonces tuve la feliz ocurrencia de dirigirme a los aseos y así, de camino, tropezarme con ella para preguntarle cualquier cosa, aunque fuera, como lo fue, una estupidez. La corta conversación que mantuvimos fue más o menos así:

–Hola de nuevo. Perdona, pero es que... estoy dándole vueltas y... tengo la sensación de que ya nos conocemos de antes ¿verdad?

A lo que ella, tras otro par de segundos en los que volvió a regalarme su mágica sonrisa, me respondió:

–Sí, sí. Al menos yo a ti si creo haberte visto varias veces en los noticieros.

–Ja, ja... –ambos celebramos con una carcajada esa respuesta tan simpática a mi estúpida pregunta.

–Déjame adivinar de dónde es ese precioso acento tuyo... –intervine con gesto pensativo– América Central, sin duda ¿Caribe tal vez?

–Vas bien, muy bien ¿sabrías precisar más?

–¿Cuba?

–Bravo. Premio para el caballero. Qué buen oído tienes para distinguir acentos ¿Has estado allí?

–Sí, me encanta. Tengo amigos en La Habana y también en una ciudad más pequeña yendo hacia el sur... Cabaiguán se llama.

–¿Cómo...? Es increíble, ¡yo soy de Cabaiguán! Entonces me conoces de allí, claro.

–Bueno, estuve hace algunos años. Pero bien podría revisar mis fotos y vídeos de aquel viaje, seguro que sales tú.

–Me encantaría ver esas imágenes –en ese momento, el supervisor del personal de servicio se acercó a unos pasos y le hizo signos con ambos brazos para que acudiera– ¡Ay! Perdona, me requieren. Lo siento. Fue un gusto conocerte.

–Espera, espera... ¿A qué hora sales? ¿Quedamos después?

–No, después voy a otro trabajo. Ya me gustaría. De verdad que lo siento.

–Pero ¿cómo te localizo? Dame tu número.

–Ay, es que... va a ser complicado porque he cambiado de tarjeta sim y... aún no funciona –su sonrisa se quebró al decirme esto– Bueno, pero podemos contactar por las redes, eso, en las redes me llamo “relamiéndome” ¿Te acordarás? “relamiendome”. Encantadísima de conocerte ¿eh? Adios, adios...

Y ella se fue irremediablemente. Qué fatalidad. Digo “ella” porque ni siquiera sé su nombre. Anoche estuve hasta las tantas intentando encontrarla en las redes por su nick, pero no hubo forma. Ni en Instagram ni en X había ningún usuario “relamiéndome”. Pero hay muchas otras redes de las que no tengo ni idea. Necesito ayuda para eso.

Joder, son ya las ocho; debería levantarme. No sé qué agenda tenía para esta mañana; pero me da igual; ahora las prioridades son otras. Lo único que quiero es encontrar a esta mujer. Sea como sea. Imagino que los de IT podrán ayudarme pero... es un corte pedirles un favor así. A ver cómo se lo planteo, buff...

Ya creo tener una estrategia que puede funcionar. Pero voy a llamar en vez a David, mi jefe de gabinete; él es discreto y de máxima confianza.

–Hola David. Mira, necesitaría ponerme en contacto con una de las camareras que nos atendió ayer en el Centro de Convenciones. ¿Tú podrías ayudarme?

–Por supuesto, Charlie, dame sus datos.

–Pues verás, es que el único dato que tengo de ella es su nick en las redes. Es un poco largo de contar, pero no creo que sea muy complicado dar con ella; estuvo ayer poniendo los vasos de agua en los atriles a los oradores; y luego sirviendo en la comida también. Su nick es “relamiéndome”. Es el único dato que sé de ella.

–“Relamiéndome”, je, je; buen nick, sí. No te preocupes, Charlie. Hablo con los de Facilities y seguro que la localizan. Conseguiré sus datos de contacto y te los paso.

–Gracias, David. Y perdona que te ponga deberes tan complicados a estas horas de la mañana, pero es un asunto importante. Por favor, cuando tengas los datos de contacto me los pasas tú personalmente ¿vale? Ah, y dile a mi secretaria que tengo un viaje imprevisto y hoy no pasaré por allí.

–De acuerdo. Ningún problema, Charlie. Tú a mandar, que para eso estamos.

No sé qué habrá podido pensar, pero qué más da; todo quedará entre nosotros. Ni siquiera he tenido que utilizar la excusa que había previsto. Este hombre es una joya.

Fue en este momento, tras terminar la llamada con David, a las nueve y media de esta mañana, cuando por fin conseguí levantarme. Después de pasar por el vater, me hice un café y, una vez sentado en mi escritorio, comencé a escribir este relato. Lo hice sobre todo para no olvidar ningún detalle de lo que pasó ayer cuando conocí a esta mujer; a esta joven de nick “relamiéndome” que ha dado un vuelco total a mis prioridades. No sé si me durará mucho o poco este estado en el que me encuentro, pero el impacto que ha tenido en mí es tremendo, inimaginable hace tan sólo un día.

A partir de ahora iré escribiendo en riguroso presente según vaya aconteciendo lo que tenga que acontecer.

Son las once de la mañana y sigo sin noticias. No paran de entrar llamadas, sobre todo de mi secretaria, pero no respondo.

Me pregunto qué argucias estará inventando David para intentar contactar con ella. Lo imagino con la lista de camareras contratadas ayer por el Centro de Convenciones, todas con contrato eventual, evidentemente; y un sueldo de miseria. Él estará llamando a cada una y preguntándole “¿Podrías decirme qué nick usas en redes sociales? La mayor parte responderá “¿cómo? ¿que qué uso de qué?”

Tal vez se haya corrido la voz de que el presidente está buscando a una de las camareras. Espero que no pero, si es así, el relato se va a parecer cada vez más al cuento de la Cenicienta. Yo hago el papel de príncipe, quien busca desesperadamente a aquella hermosa joven de la que se enamoró en una fiesta y que perdió su zapato bajando la escalera. Ahora el zapato es el nick. Sólo la mujer que demuestre utilizar ese nick en las redes será la elegida como amante predilecta de un estúpido príncipe que la desea con locura; de este magnate ricachón de mierda que ha perdido la cabeza y no piensa ya en otra cosa.

Qué gusto. Pensándolo bien es una gozada estar a las... ¡las once de la mañana son ya! en pijama, sin importarme cómo van las cotizaciones de mis empresas, ni nada de nada. A las bolsas y mercados que les den por culo. Aquí estoy, escribiendo apaciblemente; esperando una única llamada, aquella que me abra las puertas del cielo.

¡Por fin me llama David...!

–Dime, David.

–Ya tengo su contacto. Era en Telegram y en Tiktok donde estaba “relamiéndome”. Me ha costado horrores encontrarla ¿sabes? Es que no quería involucrar a los de Facilities ni a los de IT, que luego lo van contando todo por ahí.

–Estupendo, estupendo. Pues pásame su teléfono.

–Sí, ahora te lo paso. Aunque mira, es que ella tiene una tarjeta sim de esas recargables pero sin saldo. Sólo puede recibir y enviar mensajes por Telegram cuando está con wifi. Le he explicado que necesitas contactar con ella. Y le he dado mi teléfono, el privado ¿eh? no el de trabajo, para que me llame en cuanto lo recargue. En cualquier caso yo ahora te paso el número para que lo tengas.

–Magnífico, David. Qué resolutivo eres. Muchas gracias.

–No hay de qué, Charlie. Ah, y decirte también que se llama Lisandra.

–Lisandra. Fenomenal. Mira, te voy a pedir un favor adicional: Yo es que no quiero hacerme una cuenta en Telegram. Dale a Lisandra mi teléfono privado ¿lo tienes?

–Sí, sí. Me lo diste cuando... cuando “lo de tu ex” ¿recuerdas?

–Ah sí. Pues estupendo, se lo escribes en un mensaje a Lisandra. Y muchísimas gracias, David.

Tras contaros esta conversación, interrumpo mi escritura para añadir en mi teléfono el nuevo contacto: “Lisandra Relamiéndome”; la llamaré así hasta que sepa su apellido.

¡Pero bueno...! Ha sido terminar de escribir el contacto, apenas han pasado unos minutos, y ya sale en mi pantalla una llamada entrante “Lisandra Relamiéndome” ¡¡Bien!!

Son la doce del mediodía, queridos lectores. No quisiera daros demasiada envidia, por lo tanto intentaré ser breve en mi crónica-resumen de la extraordinaria y extensa conversación telefónica que acabo de mantener con Lisandra. Ha durado casi una hora, pero se me ha pasado volando. Me ha contado todas sus peripecias vitales, que son muchas. A pesar de las dificultades que hay para salir de Cuba, ella ha conseguido emigrar y buscarse la vida para poder enviar algo de dinero a su familia. Es increíble lo buena persona que se puede llegar a ser a pesar de la ignominia y el maltrato que ha sufrido en su periplo por varios países. En fin, una vida muy complicada a la que ella planta cara con enorme valentía y determinación. Lisandra es un cúmulo de virtudes: una enorme sensibilidad; exquisita ternura; empatía; generosidad... y, encima, un extraordinario sentido del humor. Durante toda la conversación telefónica he tenido en mente la imagen de esa sonrisa mágica suya, que me enamoró desde el primer momento al traerme el vaso de agua, y que visualiza y transmite muchas de sus virtudes.

Pero falta informaros de lo más importante. Chan tatachán... (imaginaos un sonido de fondo con fanfarria y redoble de tambor) Señoras y señores... (el volumen aumenta) ¡¡Lisandra y yo hemos quedado a cenar esta noche!! (Se oyen vuestros aplausos y vítores).

Os preguntaréis cómo demonios va a continuar este relato. Y, sobre todo, qué salto en el tiempo voy a dar ahora en el siguiente párrafo ¿verdad? Comprendo vuestra intriga y no quiero teneros más tiempo impacientes. Allá voy...

Han pasado tres días desde aquella primera cena juntos.

Sí, definitivamente nuestras vidas se han transformado. Tanto Lisandra como yo estamos viviendo un momento mágico, que seguro implicará giros importantes en nuestras trayectorias vitales. Si bien es cierto que, a mí por lo menos, me produce cierto vértigo; pero no me importa, cada minuto que paso en compañía de Lisandra aumenta la proporción de las certezas frente a las dudas.

Ay, perdonad que tengo que atender una llamada.

–Hola Benavides.

–Hola Charlie. Creo que querías hablar conmigo ¿no?

–Sí. Escucha con atención, por favor, que es importante. Mira: salgo ahora de una reunión con altos estrategas del desarrollo sostenible, ya te contaré, pero te adelanto: Debemos cambiar la ubicación prevista de los tres futuros Centros para el Desarrollo de Nuevas Tecnológias. Quiero que hagas un informe en el que se evidencien las ventajas de emplazarlos en países de bajos costes y con buen potencial de crecimiento. Seguro que encontrarás suficientes argumentos de peso. Hay que invertir y colaborar en el desarrollo del tercer mundo, Benavides, lo tengo clarísimo. Y dile a Thomas que prepare un plan de inversión y colaboración para tres universidades. Te digo cuales ¿lo anotas?

–Sí, sí, dime Charlie, estoy anotándolo todo.

–La Universidad de Ciencia y Tecnología Kwame Nkrumah, en Ghana; la Universidad de La Habana; y la Universidad IPB, en Indonesia. Si él sugiere incluir alguna más pues estupendo, pero al menos estas tres seguro, que además están en tres continentes distintos.

–De acuerdo, Charlie. Oye no sé si he escuchado bien ¿la segunda universidad que has dicho es la de La Habana?

–Sí, sí, la de La Habana.

–Ah vale, muy bien. Pues se lo transmito a Thomas y al resto del equipo y nos ponemos rápidamente en marcha. Cuenta con todo ello.

Ya estoy de nuevo con vosotros, queridos lectores. Esta vez para despedirme, pues Lisandra quiere que le deje el ordenador, está ansiosa por leer este relato. A ver qué le parece. Ha sido un placer compartirlo también con vosotros. Gracias por vuestra lectura. Recibid un fuerte abrazo. Adiós, adiós.




Thursday, 4 April 2024

Salma y Asim

 (Relato escrito para el taller Bremen del día 2-4-2024, con el tema propuesto: "Tambaleo")

 

Salma y Asim

 

  Sentado en el borde de la mesa, Asim no aparta su vista de la puerta de entrada. Inquieto agita sus piernas haciéndolas balancear juntas para delante y para atrás, una y otra vez.

  Gateando por el suelo se le aproxima su hermana pequeña, mira hacia arriba y, emitiendo un leve gemido, le tiende sus bracitos para que la suba con él. Asim detiene un momento sus piernas y le dice:

–No, Salma, tú aquí arriba no puedes subir porque eres pequeña y te caes. Mamá volverá pronto, ya verás.

  Ella se resigna y sigue avanzando hasta sentarse debajo de la mesa, junto a la pared.

  Llegan sonidos de la calle. Cierto alboroto de gente distante. Asim ha vuelto al movimiento obsesivo de sus piernas, hacia adelante, hacia atrás, hacia adelante, hacia atrás... Salma las ve justo frente a ella, hipnotizada en su escondite, como vienen y van, vienen y van... Sin parar el balanceo, él se encorva un momento para asomar la cara bajo la mesa y decirle a su hermana alzando la voz:

–Mamá vendrá en seguida, no te preocupes. Y a lo mejor trae dátiles, como el otro día.

  El bullicio de la calle suena cada vez más fuerte. De repente, a los gritos se suma un zumbido bronco y grave al que sigue, de inmediato, un estruendo enorme, ensordecedor. El techo de la casa se derrumba; Salma ve caer alrededor de la mesa varios de sus trozos. Las piernas de Asim siguen moviéndose justo delante de ella, pero ahora su balanceo es desordenado y se hace cada vez más lento hasta pararse.

 Todo ha quedado en silencio.

 

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 https://www.theguardian.com/world/2024/apr/03/israel-gaza-ai-database-hamas-airstrikes

https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/israel-emplea-ia-masacre-gaza-combate-hamas-hemos-matado-gente-dano-colateral-tres-digitos_1_11262638.html?mc_cid=589f0466bb&mc_eid=6ef2f7735f

 

 


Wednesday, 7 February 2024

Romance a mis tres ventanas

 

Romance a mis tres ventanas

(Relato sobre el tema del Taller Literario Bremen “Escribir habiendo cumplido los noventa”)

para Ro con todo mi cariño. Ah... y felicidades, muy, pero que muy adelantadas, por tu nonagésimo cumpleaños

 

¿Sobre qué iba yo a escribir?

Todos los días me pasa

 al despertar no recuerdo

lo que me contó la almohada

El folio se encoge de hombros

“No sé, no pude escucharla”

me responde amablemente

al verme tan preocupada

Los lapiceros se ponen

de huelga esta madrugada

“No comprendemos por qué

tan temprano nos levantas

para afilar nuestras puntas,

  si luego... no escribes nada”


¿Sobre qué iba yo a escribir?

pregunto a mis tres ventanas

Se calla la de mentira

ayer decidí apagarla

sus venenosas noticias 

todo el día me acechaban

destruyendo, con misiles

y bombas, cientos de casas

anegando los paisajes

de hambre y desesperanza

Para tanto sufrimiento

ya no me quedan lágrimas

Esta ventana insidiosa

también vomita patrañas

que yo para nada creo

pero me hieren el alma 

 

 Por la verdadera, en cambio,

una auténtica ventana,

entra aire fresco y se asoma, 

muy cordial, la luna clara

“Escribe lo que tú quieras

que yo lo leeré encantada”

Ay... Sólo me lee la luna

tal vez con vergüenza lo haga 

pues siempre me lee de noche

y desde su oculta cara


Ahora un mensaje aparece

en la tercera ventana

la más pequeña de todas

¡qué difícil descifrarla!

Es un mensaje de voz

que uno de mis nietos manda

“Abuela ¿estás ya despierta?”

“Sí, cuando quieras me llamas”

le contesto de inmediato

Lentos los segundos pasan...

ansiosa espero... y por fin

entra una videollamada

no acierta mi torpe dedo

a pulsar donde aceptarla

Esta ventana es tan chica...

me pondré las otras gafas

Por fin se abre y aparece

mi nieto junto a una cama

con ¡un bebé entre sus brazos!

y una sonrisa muy ancha

“Te presento a tu bisnieta,

querida Abuela del alma”

Con la emoción no consigo

pronunciar ni una palabra

La luna me guiña un ojo

y entra conmigo a observarla

El folio se dobla a verla

los lapices brincan y saltan


Despierta el sol y ahora sí

mas contenta que unas pascuas

doy por acabado este

romance a mis tres ventanas




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Monday, 22 January 2024

Miserables fortunas

 

Miserables Fortunas


Por fin sale la camarera con nuestras bebidas. Y no trae ni un mísero aperitivo, joder. Este restaurante ya no es lo que era.

—La cerveza sin alcohol es para mí, gracias —le dice Marta regalándole una de sus preciosas sonrisas.

—Escucha: —me inclino hacia delante acercándome a ella— voy a decirte algo pero, por favor, no vayas a volver la cabeza después para mirarlo ¿vale?

—Vale ¿qué pasa? —me contesta intrigada.

—En la mesa del fondo hay un hombre que no deja de observarnos.

—Ah, ya. Eso es normal, Jaime, le habré gustado... —se sonríe con guasa— aunque el pobre sólo puede verme la espalda, mejor te cambio el sitio, venga.

—Ah no, de eso nada, que hoy para tirarte los tejos ya estoy yo.

Mi comentario no le ha hecho ninguna gracia y me lanza una mirada obtusa. Temo haberme pasado. Qué putada. A ver cómo lo arreglo yo ahora. La necesito para la segunda fase del proyecto; no voy a encontrar a nadie con su experiencia en módulos de logística; y mucho menos que se maneje con algoritmos de última generación; esta tía es una crack. Además de estar buenísima, claro, que todo hay que decirlo.

—Es broma, oye, me refería a tirarte los tejos profesionalmente hablando. En cualquier caso perdona. Es que me tiene absorto el descaro de aquel hombre de la otra mesa. Bueno... él sabrá qué demonios pretende, pero no nos quita ojo desde que hemos entrado ¿sabes? Y nos observa con detenimiento. He probado a mirarle fijamente y le da igual; incluso me ha parecido que me respondía con una sonrisa cómplice.

—Entonces eres tú quien le gustas, evidentemente —por fin ella sonríe y da el tema por zanjado.

—Otra vez... Joder, otra vez me acaba de sonreír el tío. Andá... se levanta sin dejar de mirarme... ¡y viene hacia aquí!

—Pues muy bien, oye, ya vamos a salir de dudas —ella gira la cabeza a mirar.

Tanto él como la mujer que le acompaña se acercan a nuestra mesa. Según se aproximan empiezo a entender el motivo de su interés. Este hombre se me parece bastante. Bastante no, mucho, se me parece mucho. Joder, va a ser eso. Me pongo en pie para saludarle.

—Hola —me tiende la mano y yo se la estrecho asombrado— perdonad mi atrevimiento, pero es que tú y yo parecemos gemelos ¿no es verdad? —los dos nos miramos atónitos.

—Sí, es increíble —le respondo riendo.

—Ha sido veros entrar y decir yo “Por fin, por fin he encontrado a mi doble” ja, ja, qué curioso. Me llamo Blas. Encantado de conoceros. Ella es Lucía —los cuatro ya en pie nos saludamos.

—Pues ella es Marta y yo Jaime.

—Oye... de verdad os ruego que perdonéis mi atrevimiento; es que no he podido resistir la tentación de acercarme para conocer a mi doble. Pero ya os dejamos tranquilos ¿eh? comed, por favor, y, si os parece, después charlamos aunque sea un minuto ¿No sé si os vendrá bien? —nos pregunta mi nuevo hermano gemelo Blas orientando su mirada primero hacia Marta y después hacia mí.

—Estupendo, podemos tomar café juntos, no tenemos excesiva prisa ¿no? —le pregunto a Marta.

—Claro, oye, es que vuestro parecido es realmente asombroso. Y el tono de voz también muy similar —responde ella.

—Pues venga, os dejamos comer —interviene Lucía acercándose a Marta para acariciar su brazo con dulzura y añadir: —Me intriga lo que puedan descubrir estas dos gotas de agua tan idénticas. Vete tú a saber...

—Sí, será curioso averiguarlo —Marta corresponde el gesto con una amplia sonrisa y apoyando su mano sobre la de Lucía.

—Pues estupendo. Hasta dentro de un rato —añado yo concluyendo.

Ellos vuelven hacia su mesa. Yo me quedo mirando a Blas, su figura, sus andares, muy similares a la imagen con la que yo aparezco en los vídeos. Me siento, pero Marta permanece aún de pie observándoles llegar a su mesa y cómo, tras sentarse, Lucía gira la cabeza y sus miradas se encuentran durante un par de segundos.

—La sopa es para mí, gracias.

—Muy bien. Y para usted la crema de calabaza.

—Eso es.

Yo suelo conducir el comienzo de las comidas de trabajo por derroteros no profesionales; ir descubriendo los temas que son de interés para mi interlocutor y conversar sobre ellos durante el primero y segundo platos. Temas de actualidad, deportes, espectáculos, suelen ser útiles para crear el ambiente adecuado de confianza y poder pasar, ya en los postres, al asunto profesional objetivo de la reunión. Pero en esta ocasión el camino previsto no ha dado sus frutos. No hemos llegado a encontrar intereses comunes. Pertenecemos a esferas alejadas, delineamos trayectorias vitales disjuntas, cuyos únicos cruces se dan en lo estrictamente profesional. Además el pescado no vale nada, una mierda, lo mismo las patatas recalentadas que lo acompañan. Definitivamente no vuelvo a este restaurante.

Tiempo de postre. Aún queda la esperanza. Hemos pedido buñuelos de chocolate para compartir. Por fin somos capaces de compartir algo. Tal vez nos quite el mal sabor de boca que nos deja lo anterior.

Marta y yo es la tercera comida que mantenemos a solas desde que entramos en contacto, de eso hace ya varios años. A la tercera va la vencida, se dice, pero en esta ocasión me temo que no. Le he explicado mi propuesta, adornándola con una buena remuneración y todo tipo de incentivos. Se resiste. No le interesa.

—De verdad que lo siento, Jaime. Te agradezco tu confianza en mí, pero ahora cuando termine este proyecto tengo otro esperándome, en el que voy a llevar, además, la dirección de alguna de las fases. Sin embargo, ahora que pienso... Mira, creo que tengo el perfil de desarrollador que necesitas. Es un hombre con experiencia en proyectos muy similares. Te cuento:

—¿Qué tal lo lleváis? —Nos interrumpe Lucía en su paso hacia los aseos.

—Ah, pues muy bien —le responde Marta con su cara iluminada por una sonrisa ancha. Se queda observando cómo Lucía se dirige al baño y, con la mirada aún perdida, tarda unos segundos en volver a nuestra conversación— Pues... como te decía, tengo un compañero que se queda ahora disponible; y es él quien ha llevado a cabo con éxito toda la migración de la logística a la nueva plataforma, además...

—A ver, Marta, no estoy buscando un pipiolo recién llegado al sector ¿sabes? Necesito alguien bien curtido, alguien con los huevos negros del humo de mil batallas —interrumpo yo volviéndola a cagar con esta desafortunada frase.

Es la segunda vez que Marta me asesina con la mirada. Soy gilipollas. Cómo no me habré dado cuenta antes de que sus aspiraciones eran otras. Voy a tener que jugármela dándole a ella la dirección del proyecto, a pesar de que con el actual director está funcionando perfectamente.

—Voy un momento al baño.

Marta se levanta y se va. Me deja con el eco de mi estúpida frase dando vueltas y vueltas por los oscuros pliegues de mi cerebro.

—Vale. Y perdona mi torpeza —le digo con remordimiento, pero ella, alejada ya varios pasos, no ha podido escucharlo.

Aprovecho la pausa para comer otro buñuelo, aún quedan tres. Tengo que utilizar mi última munición: le diré “Quiero que dirijas el proyecto, eres la persona idónea para hacerlo”. Y si aún se resistiera: “Pues pon tú las condiciones, seguro que llegamos a un acuerdo”.

—¿Qué tal habéis comido? —Vaya, ahora es Blas quien ha venido.

—Hombre, mi nuevo hermano gemelo. Siéntate, por favor. Vamos a pedir otras dos sillas y nos tomamos juntos el café los cuatro ¿vale?

—Estupendo —se dirige a la mesa de al lado y las pide ¿Le importa que coja estas dos sillas? Pues muchas gracias.

Ya sentados nos miramos con detenimiento el uno al otro muy sonrientes y seguimos asombrándonos del extraordinario parecido.

—Empecemos por los apellidos ¿no te parece? —él arranca un primer turno de palabra— Yo soy Blas de la Vega Salcedo, para servirte, querido hermano. ¿En algún apellido coincidimos?

—Pues no parece. Yo Jaime Corral Benítez. Pero sí que me suena tu nombre, Blas de la Vega, no sé de qué.

—De las series. Si ves muchas series habré salido en alguna.

—Andá, qué bueno. Pues no soy de ver series, no. Pero ahora entiendo por qué me paran a veces en la calle y me dicen que me parezco a no sé quien de tal serie. Ja, ja, qué bueno. Por fin descubro a mi doble.

—No, no, al revés, soy yo quien por fin acabo de encontrar a mi doble. Que mucha falta me hace ¿sabes?

—¿Ah sí? ¿Lo dices en serio? ¿Y de qué tratan tus series? —le pregunto

—Ahora mismo estoy haciendo de banquero multimillonario en “Miserables Fortunas”. ¿Te suena?

—No, ya te digo que de series no sé nada.

—Está funcionando muy bien en Netflix, pero para mí es una paliza tremenda. Son rodajes agotadores. Es por eso que te necesito, Jaime. He estado dándole vueltas mientras comía. He llamado a la productora y al director; a los dos les parece una idea magnífica. Tu ayuda me liberaría de mucho trabajo. Casi la mitad de las tomas las podrías hacer tú. Y no hace falta tener experiencia, para nada en absoluto. Pero estoy hablando yo mucho, perdona, y no me has contado nada de ti ¿a qué te dedicas?

—No, lo mío es mucho más prosaico, no tiene ningún interés. Oye y ¿Lucía se ha ido?

—No, está en el baño. Tarda ya un poco, no sé si le habrá sentado algo mal.

—Pues la verdad es que el pescado no estaba nada bueno. Y Marta tampoco vuelve del baño, qué raro. Perdona un momento, que me está sonando el teléfono. —Es Marta. Me levanto y me alejo unos pasos hacia la entrada.

—Dime Marta ¿Estás bien? ... Ah, vale, pero estás bien ... Joder, a los informáticos siempre nos toca ser los más pringaos ... No, no te preocupes. Que lo resuelvas pronto y ya hablamos, venga. Adiós.

Vuelvo a sentarme con Blas, mi otro yo, mi alterego bancario y multimillonario.

—Era Marta. Que le ha surgido un problema muy urgente de trabajo y se ha tenido que ir.

—Ah, ya; y Lucía estará con ella ¿no? —me pregunta

—¿Lucía? No. No creo, vamos... ¿por qué lo preguntas?

—No, no. por nada. Bueno, entonces cuento contigo como doble mío para hacer de banquero multimillonario ¿verdad Jaime?

Me he quedado absorto ante la pregunta de Blas; aturdido ante barullo de todo lo que me ha llegado a suceder en esta comida. No he podido fichar a Marta para el proyecto, qué putada. Ahora llega mi alterego y me propone un nuevo trabajo lleno de glamour. Dios, estoy hecho un lío. La camarera le trae a Javier las cuentas de las dos mesas. Intento quitarle una de ellas pero no me deja, se retira a un lado para pagar. Estoy bloqueado, no consigo hilar nada racional, tampoco articular palabra alguna.

—Te va a encantar este trabajo, ya verás —Blas se acerca y me coge del antebrazo— Venga anímate, Jaime.

Mi profesión ya me aburre. Lo gano bien, en eso tengo suerte. ¿Suerte...? qué va, en absoluto. El dinero lo gano a base de andar liando a unos y a otros. Miserable fortuna es la mía. Estoy harto. Carezco de la motivación necesaria para seguir haciendo, un día tras otro, más de lo mismo.

—Vale —por fin consigo responder— Sí, Blas, seré tu doble en "Miserables Fortunas"


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Aquí mi doble/alterego y yo cantando juntos en pleno confinamiento


Monday, 6 November 2023

La toma falsa

 


 

 Los dos protagonistas charlan mientras esperan en el plató la realización de la última toma del día.

—Me encantó tu interpretación en la peli de Elena Lopez Riera; "el agua" se llamaba ¿no? —le dice él sonriente.

—Bueno... es un papelito corto el que me dio. A mi los dramones me cuestan, no sé... Soy más de comedia, lo mismo que tú.

—Pues estabas magnífica, de verdad.

—El que estás que te sales eres tú en "Amor de madre". Ja, ja. Lo que me pude reír viéndote en ese papel.

—No te burles, por favor; eso es un poco... cine-basura. Lo acepté porque de algo hay que comer, ya sabes.

—Qué ganas tenía de hacer algo contigo —Ella se acerca más a cogerle el antebrazo.

—Y yo también, de verdad —él le coge una mano. 

—¡Atención, por favor! —exclama con voz aguda el ayudante de dirección.

—Bueno, luego seguimos contándonos. Pero estás preciosa, oye. Por ti no pasan los años —le susurra él acercándose más.

—Lo mismo te digo, estás divino. Ja, ja —ella le contesta.

—Ssss... que esto empieza. Venga, ya después hablamos.  

La directora levanta la mano y espera a que todos guarden en silencio. Tras pocos segundos lo consigue y pregunta en voz alta:

—¿Sonido?

—Grabando —le contestan.

—Más arriba ese micro, Carlos, que se mete en el plano —advierte uno de los dos cámaras.

—Uy, perdón

—Ahí, estupendo, ahí vale.

—¿Cámaras? —continúa la directora con su protocolo.

—Grabando —responden casi al unísono ambos.

La directora se desplaza para revisar el plano en una de ellas y vuelve a levantar el brazo un par de segundos hasta confirmar la atención de todos.

—¡Acción! —exclama subiendo el tono de voz y bajando el brazo.

Los dos protagonistas avanzan unos pasos desde la pared de fondo chroma y se detienen mirándose el uno al otro sonrientes. La postproducción los situará saliendo, junto con más público, de una sala de conciertos.

—Qué bueno el pianista ¿verdad? me ha dejado alucinada —comenta ella.

—Sí, magnífico —asiente él—. Los cuatro músicos son actualmente de lo mejorcito del jazz; y la cantante... espectacular. Muchísimas gracias, oye, por llamarme y proponerme venir juntos a este pedazo de concierto.

—Sabía que te iba a gustar y, además... —ella se queda mirándole con la cara iluminada, extasiada durante cinco o seis segundos antes de continuar— además tenía tantas ganas de verte...

Tras esa segunda frase, no prevista en el guion, el ayudante de dirección se vuelve hacia la directora seguro de que va a interrumpir la toma con un sonoro "¡Corten!"; pero no, todo lo contrario, la directora continua observando ensimismada esa imprevista interpretación.

—Y yo a ti —responde él aproximándose más frente a ella para posar las manos en sus hombros.

La actriz protagonista mira fugazmente a un lado antes de volver a clavar sus ojos en los de él y, tras un leve  suspiro, retoma el guion para preguntarle:

—Tú vivías por aquí cerca ¿no?

—Muy cerca, sí. Bueno, sigo teniendo el estudio aquí al lado. ¿Quieres que vayamos y te enseño mis últimos cuadros?

—Ay, sí, me encantaría. 

El ayudante de dirección se tranquiliza al ver que la interpretación se reconduce por fin al texto del guion.

—Pero tal vez prefieras ir a tomar algo primero, no sé... —dice el actor protagonista con un gesto de resignación, por tener que ceñirse al guion.

Ahora es ella la que eleva sus manos lentamente para acariciar la nuca de él. Los dos intérpretes vuelven al estado de ensimismamiento anterior, ajenos al rodaje. El tiempo transcurre, segundo a segundo, en un silencio colmado de deseo para ellos, de desconcierto para el ayudante de dirección, y de fascinación para la directora y el resto del equipo presente en el plató. 

Transcurrido ese momento mágico, los dos protagonistas giran sus cabezas para mirar a su alrededor; una mirada que les devuelve al sitio donde se hallan. Entonces ambos inician una sonrisa cómplice, tras la cual ella se dispone a retomar el diálogo y, ante la atónita expectación de los presentes decirle a él, con sorna, en voz alta y clara:

—Yo creo que lo mejor va a ser ir primero a tu estudio; allí follamos y ya luego.... pues lo que surja.

—Me parece fenomenal —contesta él partiéndose de risa.

El plató explota en carcajadas, aplausos y vítores:

—¡Bravo, bravo! —gritan a coro todos.

—Ya tenemos una magnífica toma falsa —le comenta al jocoso el ayudante a la directora.

—De eso nada. Esta toma entra en la película. Ya veremos cómo, pero entra seguro.   

Los dos protagonistas salen juntos del plató a la carrera, sin despedirse de nadie. 

 

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Saturday, 23 September 2023

Ecos Retóricos del Génesis

 


Ecos Retóricos del Génesis

 

(Ejercicio Bremenáutico sobre Figuras Retóricas)

 

—Mmmm... deliciosa —la manzana se relame en boca de Eva (HIPÁLAGE).

Mientras tanto, Adán nada (PALÍNDROMO ). La laguna y el paraje circundante son hermosísimos, perfectos, como todo en el paraíso.

—¡Ven! —le llama ella— ¡Prueba este pecaminoso manjar!

Al escuchar el reclamo y contemplar su lasciva figura en la orilla, él pone a flote toda su anatomía, en posición horizontal, izando en el centro su principal mástil (METÁFORA ) y respondiéndole:

—¿Por qué no pruebas tú este manjar mío?

—¿Cual? —se acerca al borde del agua para fijarse y él lo señala— Ah, no. El tuyo no es pecado, qué aburrido. Esta manzana sí que lo es y muy original.

—¿En serio?

—Claro, ya me lo había recomendado varias veces mi amiga la serpiente “Come de este árbol prohibido, verás cómo te encantan sus manzanas. Los mejores frutos son siempre los prohibidos; hazme caso, Eva” (PROSOPOPEYA serpenteante); y tenía mucha razón, están divinas.

—Ah, vale, pues allá voy.

Raudo se acerca Adán a la orilla nadando, con buen estilo, los cincuenta metros espalda. Su verga, en cursiva, señala el rumbo a seguir. Al llegar y ponerse de pie, en cámara lenta se va acercando a Eva hasta posar las manos sobre sus caderas primero, para ir a continuación acariciando el delicioso camino ascendente por su espalda, muy despacio, hasta la nuca, percibiendo un dulce aroma que le hace exclamar:

—Mmmm... ¿Qué es ese olor tan cautivador que emana tu boca?

Ella sonríe maliciosa y le muestra una manzana en su mano izquierda; una hermosa manzana con las huellas de dos bocados, que emite, en su parte aún intacta, melodiosos brillos (SINESTESIA)

—¡Ooooh! —Adán no sale de su húmedo asombro (otra SINESTESIA)

Tras cogerla y asestar él un tercer bocado, ambos se funden en un delirante beso.

Pronto, desde el cielo se oye un rancio trueno “Brrrrom... brrrrrroom” seguido de varios estornudos “Aaachís, aaaaachís” y después más truenos “Brrrrom... brrrrrrooooom” y, por fin, una voz grave reverberante:

—Id a tomar viento, capullas, que siempre os ponéis en medio”—a Dios le cuesta apartar las nubes

—Vete tú a tomar por saco, gilipollas —responden ellas enfadadas— ¿Qué necesidad tienes, si puedes ver perfectamente todo por muy oculto que se halle? (otra PROSOPOPEYA, esta vez nubosa)

—Pero ellos a mí no me ven, joder, que hay que explicároslo todo.

De varios manotazos más, Dios consigue por fin hacerse ver entre las nubes.

—¡Oye, Adán y Eva...! —Dios espera unos segundos y al no obtener respuesta insiste con más volumen— ¡¡Eva y Adán ¿me oís? !!

Ellos continúan degustando la sabrosa manzana, un mordisquito aquí, otro allá, haciendo caso omiso de cualquier exhorto celestial.

—Pues ¿sabéis qué os digo? Que os zurzan. Largaos del paraíso. ¡Y en este mismo instante, venga!

Habiendo Dios dicho esto, Eva y Adán degluten los trozos de manzana remanentes aún en sus bocas.

—No está mal la manzanita pero... la verdad es que prefiero la dulzura de tus labios sin aditivos paradisíacos ni demoníacos, tal cual. Estás preciosa, Eva —declara Adán.

—Pues a mí tu cuerpo mojado nunca me había excitado tanto —responde Eva.

Los dos se funden en un largo y delirante abrazo, durante el cual no paran de reír mientras restriegan entre sí sus cuerpos eufóricos.

—Jaaa, ja, ja... Cómo mola pecar —comenta ella.

—Ay sí, Eva, que gustazo.

—Ja, ja jaaa...  

Ecos de sus grandes risotadas, jadeos y exhalaciones se escuchan por cerros y acantilados, que, saltando de unos a otros, van difundiendo por todo el planeta los retóricos ecos. (EPANADIPLOSIS)

 

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Según indica Juan Carlos en el acta del 13-9-23:

HIPÁLAGE.- Figura retórica que consiste en atribuir a un sustantivo una cualidad o acción propia de otro que se encuentra próximo a él en el mismo texto.

EPANADIPLOSIS,- Consiste en iniciar y cerrar un mismo período (frase u oración) con una misma palabra.

PALÍNDROMO,- Tropo que consiste en construir frases que se lean de igual manera haciéndolo de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. También se denomina así a la palabra que cumple esa misma condición.

METÁFORA,- Figura de significado por la que se aplica a un término el sentido de otro con el que tiene semánticamente relación, cierta relación o una casi nula relación.

 PROSOPOPEYA,- Consiste en atribuir cualidades humanas a un objeto o animal que naturalmente carecen de ellas. 

SINESTESIA,-  Consiste en atribuir una sensación a algo que no le corresponde.