(Relato escrito para el taller Bremen del día 2-4-2024, con el tema propuesto: "Tambaleo")
Salma y Asim
Sentado en el borde de la mesa, Asim
no aparta su vista de la puerta de entrada. Inquieto agita sus
piernas haciéndolas balancear juntas para delante y para atrás, una y otra vez.
Gateando por el suelo se le aproxima
su hermana pequeña, mira hacia arriba y, emitiendo un leve gemido,
le tiende sus bracitos para que la suba con él. Asim detiene un momento sus
piernas y le dice:
–No, Salma, tú aquí arriba no puedes subir porque eres pequeña y te
caes. Mamá volverá pronto, ya verás.
Ella se resigna y sigue avanzando
hasta sentarse debajo de la mesa, junto a la pared.
Llegan sonidos de la calle. Cierto
alboroto de gente distante. Asim ha vuelto al movimiento obsesivo de
sus piernas, hacia adelante, hacia atrás, hacia adelante, hacia
atrás... Salma las ve justo frente a ella, hipnotizada en su
escondite, como vienen y van, vienen y van... Sin parar el balanceo,
él se encorva un momento para asomar la cara bajo la mesa y decirle
a su hermana alzando la voz:
–Mamá vendrá en seguida, no te preocupes. Y a lo mejor trae
dátiles, como el otro día.
El bullicio de la calle suena cada
vez más fuerte. De repente, a los gritos se suma un zumbido
bronco y grave al que sigue, de inmediato, un estruendo enorme,
ensordecedor. El techo de la casa se derrumba; Salma ve caer
alrededor de la mesa varios de sus trozos. Las piernas de Asim siguen
moviéndose justo delante de ella, pero ahora su balanceo es
desordenado y se hace cada vez más lento hasta pararse.
Por fin
sale la camarera con nuestras bebidas. Y no trae ni un mísero
aperitivo, joder. Este restaurante ya no es lo que era.
—La
cerveza sin alcohol es para mí, gracias —le dice Marta regalándole
una de sus preciosas sonrisas.
—Escucha:
—me inclino hacia delante acercándome a ella— voy a decirte algo
pero, por favor, no vayas a volver la cabeza después para mirarlo
¿vale?
—Vale
¿qué pasa? —me contesta intrigada.
—En la
mesa del fondo hay un hombre que no deja de observarnos.
—Ah, ya.
Eso es normal, Jaime, le habré gustado... —se sonríe con guasa—
aunque el pobre sólo puede verme la espalda, mejor te cambio el
sitio, venga.
—Ah no,
de eso nada, que hoy para tirarte los tejos ya estoy yo.
Mi
comentario no le ha hecho ninguna gracia y me lanza una mirada
obtusa. Temo haberme pasado. Qué putada. A ver cómo lo arreglo yo
ahora. La necesito para la segunda fase del proyecto; no voy a
encontrar a nadie con su experiencia en módulos de logística; y
mucho menos que se maneje con algoritmos de última generación; esta
tía es una crack. Además de estar buenísima, claro, que todo hay
que decirlo.
—Es
broma, oye, me refería a tirarte los tejos profesionalmente
hablando. En cualquier caso perdona. Es que me tiene absorto el
descaro de aquel hombre de la otra mesa. Bueno... él sabrá qué
demonios pretende, pero no nos quita ojo desde que hemos entrado
¿sabes? Y nos observa con detenimiento. He probado a mirarle
fijamente y le da igual; incluso me ha parecido que me respondía con
una sonrisa cómplice.
—Entonces
eres tú quien le gustas, evidentemente —por fin ella sonríe y da
el tema por zanjado.
—Otra
vez... Joder, otra vez me acaba de sonreír el tío. Andá... se
levanta sin dejar de mirarme... ¡y viene hacia aquí!
—Pues muy
bien, oye, ya vamos a salir de dudas —ella gira la cabeza a mirar.
Tanto él
como la mujer que le acompaña se acercan a nuestra mesa. Según se
aproximan empiezo a entender el motivo de su interés. Este hombre se
me parece bastante. Bastante no, mucho, se me parece mucho. Joder, va
a ser eso. Me pongo en pie para saludarle.
—Hola —me
tiende la mano y yo se la estrecho asombrado— perdonad mi
atrevimiento, pero es que tú y yo parecemos gemelos ¿no es verdad? —los dos
nos miramos atónitos.
—Sí, es
increíble —le respondo riendo.
—Ha sido
veros entrar y decir yo “Por fin, por fin he encontrado a mi doble”
ja, ja, qué curioso. Me llamo Blas. Encantado de conoceros. Ella es
Lucía —los cuatro ya en pie nos saludamos.
—Pues
ella es Marta y yo Jaime.
—Oye...
de verdad os ruego que perdonéis mi atrevimiento; es que no he
podido resistir la tentación de acercarme para conocer a mi doble.
Pero ya os dejamos tranquilos ¿eh? comed, por favor, y, si os
parece, después charlamos aunque sea un minuto ¿No sé si os vendrá
bien? —nos pregunta mi nuevo hermano gemelo Blas orientando su
mirada primero hacia Marta y después hacia mí.
—Estupendo,
podemos tomar café juntos, no tenemos excesiva prisa ¿no? —le
pregunto a Marta.
—Claro,
oye, es que vuestro parecido es realmente asombroso. Y el tono de voz
también muy similar —responde ella.
—Pues
venga, os dejamos comer —interviene Lucía acercándose a Marta
para acariciar su brazo con dulzura y añadir: —Me intriga lo que
puedan descubrir estas dos gotas de agua tan idénticas. Vete tú a
saber...
—Sí,
será curioso averiguarlo —Marta corresponde el gesto con una
amplia sonrisa y apoyando su mano sobre la de Lucía.
—Pues
estupendo. Hasta dentro de un rato —añado yo concluyendo.
Ellos
vuelven hacia su mesa. Yo me quedo mirando a Blas, su figura, sus
andares, muy similares a la imagen con la que yo aparezco en los
vídeos. Me siento, pero Marta permanece aún de pie observándoles
llegar a su mesa y cómo, tras sentarse, Lucía gira la cabeza y sus
miradas se encuentran durante un par de segundos.
—La sopa
es para mí, gracias.
—Muy
bien. Y para usted la crema de calabaza.
—Eso es.
Yo suelo
conducir el comienzo de las comidas de trabajo por derroteros no
profesionales; ir descubriendo los temas que son de interés para mi
interlocutor y conversar sobre ellos durante el primero y segundo
platos. Temas de actualidad, deportes, espectáculos, suelen ser
útiles para crear el ambiente adecuado de confianza y poder pasar, ya en los
postres, al asunto profesional objetivo de la reunión. Pero en esta
ocasión el camino previsto no ha dado sus frutos. No hemos llegado a
encontrar intereses comunes. Pertenecemos a esferas alejadas,
delineamos trayectorias vitales disjuntas, cuyos únicos cruces se
dan en lo estrictamente profesional. Además el pescado no vale nada,
una mierda, lo mismo las patatas recalentadas que lo acompañan.
Definitivamente no vuelvo a este restaurante.
Tiempo de
postre. Aún queda la esperanza. Hemos pedido buñuelos de chocolate
para compartir. Por fin somos capaces de compartir algo. Tal vez nos
quite el mal sabor de boca que nos deja lo anterior.
Marta y yo
es la tercera comida que mantenemos a solas desde que entramos en
contacto, de eso hace ya varios años. A la tercera va la vencida, se
dice, pero en esta ocasión me temo que no. Le he explicado mi
propuesta, adornándola con una buena remuneración y todo tipo de
incentivos. Se resiste. No le interesa.
—De
verdad que lo siento, Jaime. Te agradezco tu confianza en mí, pero
ahora cuando termine este proyecto tengo otro esperándome, en el que
voy a llevar, además, la dirección de alguna de las fases. Sin
embargo, ahora que pienso... Mira, creo que tengo el perfil de
desarrollador que necesitas. Es un hombre con experiencia en
proyectos muy similares. Te cuento:
—¿Qué
tal lo lleváis? —Nos interrumpe Lucía en su paso hacia los aseos.
—Ah, pues
muy bien —le responde Marta con su cara iluminada por una sonrisa
ancha. Se queda observando cómo Lucía se dirige al baño y, con la
mirada aún perdida, tarda unos segundos en volver a nuestra
conversación— Pues... como te decía, tengo un compañero que se
queda ahora disponible; y es él quien ha llevado a cabo con éxito
toda la migración de la logística a la nueva plataforma, además...
—A
ver, Marta, no estoy buscando un pipiolo recién llegado al sector
¿sabes? Necesito alguien bien curtido, alguien con
los huevos
negros del humo de mil
batallas —interrumpo yo volviéndola a cagar con esta desafortunada
frase.
Es la
segunda vez que Marta me asesina con la mirada. Soy gilipollas. Cómo
no me habré dado cuenta antes de que sus aspiraciones eran otras.
Voy a tener que jugármela dándole a ella la dirección del
proyecto, a pesar de que con el actual director está funcionando
perfectamente.
—Voy un
momento al baño.
Marta se
levanta y se va. Me deja con el eco de mi estúpida frase dando
vueltas y vueltas por los oscuros pliegues de mi cerebro.
—Vale. Y
perdona mi torpeza —le digo con remordimiento, pero ella, alejada
ya varios pasos, no ha podido escucharlo.
Aprovecho
la pausa para comer otro buñuelo, aún quedan tres. Tengo que
utilizar mi última munición: le diré “Quiero que dirijas el
proyecto, eres la persona idónea para hacerlo”. Y si aún se
resistiera: “Pues pon tú las condiciones, seguro que llegamos a un
acuerdo”.
—¿Qué
tal habéis comido? —Vaya, ahora es Blas quien ha venido.
—Hombre,
mi nuevo hermano gemelo. Siéntate, por favor. Vamos a pedir otras
dos sillas y nos tomamos juntos el café los cuatro ¿vale?
—Estupendo
—se dirige a la mesa de al lado y las pide ¿Le importa que coja
estas dos sillas? Pues muchas gracias.
Ya sentados
nos miramos con detenimiento el uno al otro muy sonrientes y seguimos
asombrándonos del extraordinario parecido.
—Empecemos
por los apellidos ¿no te parece? —él arranca un primer turno de
palabra— Yo soy Blas de la Vega Salcedo, para servirte, querido
hermano. ¿En algún apellido coincidimos?
—Pues no
parece. Yo Jaime Corral Benítez. Pero sí que me suena tu nombre,
Blas de la Vega, no sé de qué.
—De las
series. Si ves muchas series habré salido en alguna.
—Andá,
qué bueno. Pues no soy de ver series, no. Pero ahora entiendo por
qué me paran a veces en la calle y me dicen que me parezco a no sé
quien de tal serie. Ja, ja, qué bueno. Por fin descubro a mi doble.
—No, no,
al revés, soy yo quien por fin acabo de encontrar a mi doble. Que
mucha falta me hace ¿sabes?
—¿Ah sí?
¿Lo dices en serio? ¿Y de qué tratan tus series? —le pregunto
—Ahora
mismo estoy haciendo de banquero multimillonario en “Miserables
Fortunas”. ¿Te suena?
—No, ya
te digo que de series no sé nada.
—Está
funcionando muy bien en Netflix, pero para mí es una paliza tremenda. Son
rodajes agotadores. Es por eso que te necesito, Jaime. He estado
dándole vueltas mientras comía. He llamado a la productora y al
director; a los dos les parece una idea magnífica. Tu ayuda me
liberaría de mucho trabajo. Casi la mitad de las tomas las podrías
hacer tú. Y no hace falta tener experiencia, para nada en absoluto.
Pero estoy hablando yo mucho, perdona, y no me has contado nada de ti
¿a qué te dedicas?
—No, lo
mío es mucho más prosaico, no tiene ningún interés. Oye y ¿Lucía
se ha ido?
—No, está
en el baño. Tarda ya un poco, no sé si le habrá sentado algo mal.
—Pues la
verdad es que el pescado no estaba nada bueno. Y Marta tampoco vuelve
del baño, qué raro. Perdona un momento, que me está sonando el
teléfono. —Es Marta. Me levanto y me alejo unos pasos hacia la
entrada.
—Dime
Marta ¿Estás bien? ... Ah, vale, pero estás bien ... Joder, a los
informáticos siempre nos toca ser los más pringaos ... No, no te
preocupes. Que lo resuelvas pronto y ya hablamos, venga. Adiós.
Vuelvo a
sentarme con Blas, mi otro yo, mi alterego bancario y
multimillonario.
—Era
Marta. Que le ha surgido un problema muy urgente de trabajo y se ha
tenido que ir.
—Ah, ya;
y Lucía estará con ella ¿no? —me pregunta
—¿Lucía?
No. No creo, vamos... ¿por qué lo preguntas?
—No, no.
por nada. Bueno, entonces cuento contigo como doble mío para hacer
de banquero multimillonario ¿verdad Jaime?
Me
he
quedado absorto ante la pregunta de Blas; aturdido ante barullo de
todo lo que me ha llegado a suceder en esta comida. No he podido fichar a
Marta para el proyecto, qué putada. Ahora llega mi alterego y me
propone un nuevo trabajo lleno de glamour. Dios, estoy hecho un lío. La
camarera le
trae a Javier las cuentas de las dos mesas. Intento quitarle una de
ellas pero no me deja, se retira a un lado para pagar. Estoy
bloqueado, no consigo hilar nada racional, tampoco articular palabra
alguna.
—Te va a
encantar este trabajo, ya verás —Blas se acerca y me coge del
antebrazo— Venga anímate, Jaime.
Mi profesión ya me aburre.
Lo gano bien, en eso tengo suerte. ¿Suerte...? qué va, en absoluto. El
dinero lo gano a base de andar liando a unos y a otros. Miserable
fortuna es la mía. Estoy harto. Carezco de la motivación necesaria para seguir haciendo, un día tras otro, más de lo mismo.
—Vale —por
fin consigo responder— Sí, Blas, seré tu doble en "Miserables Fortunas"
_______________________
Aquí mi doble/alterego y yo cantando juntos en pleno confinamiento
Los dos protagonistas charlan mientras esperan en el plató la realización de la última toma del día.
—Me encantó tu interpretación en la peli de Elena Lopez Riera; "el agua" se llamaba ¿no? —le dice él sonriente.
—Bueno... es un papelito corto el que me dio. A mi los dramones me cuestan, no sé... Soy más de comedia, lo mismo que tú.
—Pues estabas magnífica, de verdad.
—El que estás que te sales eres tú en "Amor de madre". Ja, ja. Lo que me pude reír viéndote en ese papel.
—No te burles, por favor; eso es un poco... cine-basura. Lo acepté porque de algo hay que comer, ya sabes.
—Qué ganas tenía de hacer algo contigo —Ella se acerca más a cogerle el antebrazo.
—Y yo también, de verdad—él le coge una mano.
—¡Atención, por favor! —exclama con voz aguda el ayudante de dirección.
—Bueno, luego seguimos contándonos. Pero estás preciosa, oye. Por ti no pasan los años —le susurra él acercándose más.
—Lo mismo te digo, estás divino. Ja, ja —ella le contesta.
—Ssss... que esto empieza. Venga, ya después hablamos.
La directora levanta la mano y espera a que todos guarden en silencio. Tras pocos segundos lo consigue y pregunta en voz alta:
—¿Sonido?
—Grabando —le contestan.
—Más arriba ese micro, Carlos, que se mete en el plano —advierte uno de los dos cámaras.
—Uy, perdón
—Ahí, estupendo, ahí vale.
—¿Cámaras? —continúa la directora con su protocolo.
—Grabando —responden casi al unísono ambos.
La directora se desplaza para revisar el plano en una de ellas y vuelve a levantar el brazo un par de segundos hasta confirmar la atención de todos.
—¡Acción! —exclama subiendo el tono de voz y bajando el brazo.
Los dos protagonistas avanzan unos pasos desde la pared de fondo chroma y se detienen mirándose el uno al otro sonrientes. La postproducción los situará saliendo, junto con más público, de una sala de conciertos.
—Qué bueno el pianista ¿verdad? me ha dejado alucinada —comenta ella.
—Sí, magnífico —asiente él—. Los cuatro músicos son actualmente de lo mejorcito del jazz; y la cantante... espectacular. Muchísimas gracias, oye, por llamarme y proponerme venir juntos a este pedazo de concierto.
—Sabía que te iba a gustar y, además... —ella se queda mirándole con la cara iluminada, extasiada durante cinco o seis segundos antes de continuar— además tenía tantas ganas de verte...
Tras esa segunda frase, no prevista en el guion, el ayudante de dirección se vuelve hacia la directora seguro de que va a interrumpir la toma con un sonoro "¡Corten!"; pero no, todo lo contrario, la directora continua observando ensimismada esa imprevista interpretación.
—Y yo a ti —responde él aproximándose más frente a ella para posar las manos en sus hombros.
La actriz protagonista mira fugazmente a un lado antes de volver a clavar sus ojos en los de él y, tras un leve suspiro, retoma el guion para preguntarle:
—Tú vivías por aquí cerca ¿no?
—Muy cerca, sí. Bueno, sigo teniendo el estudio aquí al lado. ¿Quieres que vayamos y te enseño mis últimos cuadros?
—Ay, sí, me encantaría.
El ayudante de dirección se tranquiliza al ver que la interpretación se reconduce por fin al texto del guion.
—Pero tal vez prefieras ir a tomar algo primero, no sé... —dice el actor protagonista con un gesto de resignación, por tener que ceñirse al guion.
Ahora es ella la que eleva sus manos lentamente para acariciar la nuca de él. Los dos intérpretes vuelven al estado de ensimismamiento anterior, ajenos al rodaje. El tiempo transcurre, segundo a segundo, en un silencio colmado de deseo para ellos, de desconcierto para el ayudante de dirección, y de fascinación para la directora y el resto del equipo presente en el plató.
Transcurrido ese momento mágico, los dos protagonistas giran sus cabezas para mirar a su alrededor; una mirada que les devuelve al sitio donde se hallan. Entonces ambos inician una sonrisa cómplice, tras la cual ella se dispone a retomar el diálogo y, ante la atónita expectación de los presentes decirle a él, con sorna, en voz alta y clara:
—Yo creo que lo mejor va a ser ir primero a tu estudio; allí follamos y ya luego.... pues lo que surja.
—Me parece fenomenal —contesta él partiéndose de risa.
El plató explota en carcajadas, aplausos y vítores:
—¡Bravo, bravo! —gritan a coro todos.
—Ya tenemos una magnífica toma falsa —le comenta al jocoso el ayudante a la directora.
—De eso nada. Esta toma entra en la película. Ya veremos cómo, pero entra seguro.
Los dos protagonistas salen juntos del plató a la carrera, sin despedirse de nadie.
—Mmmm... deliciosa —la manzana se
relame en boca de Eva (HIPÁLAGE).
Mientras tanto, Adán nada (PALÍNDROMO
). La laguna y el paraje circundante son
hermosísimos, perfectos, como todo en el paraíso.
—¡Ven! —le llama ella— ¡Prueba
este pecaminoso manjar!
Al escuchar el reclamo y contemplar su
lasciva figura en la orilla, él pone a flote toda su anatomía, en posición
horizontal, izando en el centro su principal
mástil (METÁFORA
) y respondiéndole:
—¿Por qué no pruebas tú este
manjar mío?
—¿Cual? —se acerca al borde del
agua para fijarse y él lo señala— Ah, no. El tuyo no es pecado,
qué aburrido. Esta manzana sí que lo es y muy original.
—¿En serio?
—Claro, ya me lo había recomendado
varias veces mi amiga la serpiente “Come de este árbol prohibido, verás
cómo te encantan sus manzanas. Los mejores frutos son siempre los
prohibidos; hazme caso, Eva” (PROSOPOPEYA
serpenteante); y
tenía mucha razón, están divinas.
—Ah, vale, pues allá voy.
Raudo se acerca Adán a la orilla
nadando, con buen estilo, los cincuenta metros espalda. Su verga, en
cursiva, señala el rumbo a seguir. Al llegar y ponerse de pie, en cámara lenta se
va acercando a Eva hasta posar las manos sobre sus caderas primero,
para ir a continuación acariciando el delicioso camino ascendente
por su espalda, muy despacio, hasta la nuca, percibiendo un
dulce aroma que le hace exclamar:
—Mmmm... ¿Qué es ese olor tan cautivador que
emana tu boca?
Ella sonríe maliciosa y le muestra una
manzana en su mano izquierda; una hermosa manzana con las huellas de
dos bocados, que emite, en su parte aún intacta, melodiosos brillos
(SINESTESIA)
—¡Ooooh! —Adán no sale de su
húmedo asombro (otra
SINESTESIA)
Tras cogerla y asestar él un tercer
bocado, ambos se funden en un delirante beso.
Pronto, desde el cielo se oye un
rancio trueno “Brrrrom... brrrrrroom” seguido de varios
estornudos “Aaachís, aaaaachís” y después más truenos
“Brrrrom... brrrrrrooooom” y, por fin, una voz grave
reverberante:
—Id a tomar viento, capullas, que
siempre os ponéis en medio”—a Dios le cuesta apartar las nubes
—Vete tú a tomar por saco,
gilipollas —responden ellas enfadadas— ¿Qué necesidad tienes,
si puedes ver perfectamente todo por muy oculto que se halle? (otra
PROSOPOPEYA, esta vez nubosa)
—Pero ellos a mí no me ven, joder,
que hay que explicároslo todo.
De varios manotazos más, Dios consigue
por fin hacerse ver entre las nubes.
—¡Oye, Adán y Eva...! —Dios
espera unos segundos y al no obtener respuesta insiste con más
volumen— ¡¡Eva y Adán ¿me oís? !!
Ellos continúan degustando la sabrosa
manzana, un mordisquito aquí, otro allá, haciendo caso omiso de
cualquier exhorto celestial.
—Pues ¿sabéis qué os digo? Que os
zurzan. Largaos del paraíso. ¡Y en este mismo instante, venga!
Habiendo Dios dicho esto, Eva y Adán degluten los trozos de manzana remanentes aún en sus bocas.
—No está mal la manzanita pero... la
verdad es que prefiero la dulzura de tus labios sin
aditivos paradisíacos ni demoníacos, tal cual. Estás preciosa, Eva —declara Adán.
—Pues a mí tu cuerpo mojado nunca me
había excitado tanto —responde Eva.
Los dos se funden en un largo y delirante abrazo, durante el cual no paran de reír mientras restriegan entre sí sus cuerpos
eufóricos.
—Jaaa, ja, ja... Cómo mola pecar —comenta ella.
—Ay sí, Eva, que gustazo.
—Ja, ja jaaa...
Ecos de sus grandes risotadas, jadeos y
exhalaciones se escuchan por cerros y acantilados, que, saltando de
unos a otros, van difundiendo por todo el planeta los retóricos
ecos. (EPANADIPLOSIS)
________________
Según indica Juan Carlos en el acta del 13-9-23:
HIPÁLAGE.- Figura retórica que consiste en atribuir a un sustantivo una cualidad o acción propia de otro que se encuentra próximo a él en el mismo texto.
EPANADIPLOSIS,- Consiste en iniciar y cerrar un mismo período (frase u oración) con una misma palabra.
PALÍNDROMO,- Tropo que consiste en construir frases que se lean de igual manera haciéndolo de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. También se denomina así a la palabra que cumple esa misma condición.
METÁFORA,-Figura
de significado por la que se aplica a un término el sentido de otro con
el que tiene semánticamente relación, cierta relación o una casi nula
relación.
PROSOPOPEYA,- Consiste en atribuir cualidades humanas a un objeto o animal que naturalmente carecen de ellas.
SINESTESIA,- Consiste en atribuir una sensación a algo que no le corresponde.
Estaos
quietos de una vez, por favor, me tenéis harto ya con tanto zarandeo
¿No veis que somos demasiados para dormir en una rama tan débil? ¿Por
qué no os vais alguno a otro árbol? venga. Acordaos que fui yo el
primero en llegar ¿eh? y os he ido permitiendo que os pusierais aquí a
mi lado, uno tras otro; porque en una noche tan mala, nevando todo el
rato como está, hay que ser solidario, está claro, y compartir los pocos
sitios resguardados disponibles, pero es que entre todos me habéis ido
empujando hacia el extremo, capullos, y mirad lo inclinado que está
esto. Desde luego con vosotros no se puede ser bueno. Es exactamente lo
mismo que me hacéis en la oficina, joder, que me he dejado media vida
ayudándoos, enseñándoos todo lo que sabéis, me he partido el pecho por
vosotros y ahora me arrinconáis, me margináis sin piedad. Queréis que me
vaya a una sucursal de provincias y que me den por culo, eso es lo que
queréis ¿verdad? Pues no, no me da la gana, que en las ramas de afuera
la nieve se cuela mucho más y te mueres de frio. Os largáis vosotros,
venga, que ya me estoy resbalando, qué... ¿Cómo que no queréis? Sois
unos hijos de puta. Os voy a moler a picotazos, pedazo de cabrones,
malos pájaros. Pero... joder ¿qué me pasa? No puedo; no puedo moverme.
Me pesan tanto las patas, las... piernas. ¡Dios, me he quedado
paralítico!
Buff, qué horror. Qué pesadilla más
mala. Sucedía algo con unos pájaros, pero apenas lo recuerdo. Debo
tranquilizarme, no pasa nada; y es aún de noche, hay que seguir
durmiendo, venga. Mi corazón se ralentiza poco a poco, parece que ya se
acomoda a su ritmo normal. Debería abrigarme más, hace frío; pero no me
apetece levantarme. ¿Qué hago, me levanto a por otra manta? No, tal
vez no valga la pena, me desvelaría totalmente. Voy a probar a darme
la vuelta hacia el otro lado. Eso es, metiendo los brazos y
acurrucándome un poco más; así. En la calle debe hacer un frío que pela;
tal vez esté incluso nevando. Pobres pájaros; espero que todos
encuentren buen refugio, porque en este barrio hay pocos árboles de hoja
perenne. Tal vez sea mejor irse al parque, eso es, allí están los
ficus, que son tan abrigaditos, aunque hay pocos y suelen estar petados
las noches como esta; pero bueno, tal vez en los magnolios encontremos
sitio, sí, hay bastantes y son muy socorridos; porque yo desde luego
paso de las coníferas, para dormir son incomodísimas. Venga, no le demos
más vueltas, vamos al parque. El informe trimestral lo dejo para mañana.
Esperadme, que vamos todos juntos. Yo creo que por un día de retraso
tampoco le pasa nada al director, que se joda, siempre lo pide todo “con
suma urgencia”, es un caga-prisas y un gilipollas. Un momento, que ya
mismo voy. ¿Eh? No sé qué coño me pasa, no puedo estirar las alas.
Esperadme, por favor, no me dejéis aquí solo con el frio que hace. ¡Nos
os vayáis, cabrones! ¡Esperadme, joder...! ¿Pero qué pasa? ¿Qué es esa alarma que suena? ¡Ay, por dios! ¡Ay, ay!
No,
esta vez no es ninguna pesadilla, qué va, es el puto despertador quien
irrumpe desabrido, como cada mañana. Pero ¿cuánto tiempo llevará
sonando? ¿qué hora será? He dormido fatal, joder. Bostezaré, eso es,
estirando bien brazos y piernas, arqueando la espalda. De alguna forma
tendré que despabilar cada parte de mi cuerpo, maltrecho y perdido aquí
en este desierto de cama. Ahora toca abrir los ojos, no hay más remedio.
Allá voy... Sí, debe ser de día. La luz se cuela por algunas rendijas
formando cinco o seis líneas difusas que proyectan sobre la pared otros
tantos renglones vacíos, renglones en blanco. El día está por escribir, lo mismo que el puto informe trimestral.
Ahora todo depende de mi exigua voluntad. Vamos, habrá que intentarlo. A
ver... Voy a abrir la ventana, a ver si así me despierto del todo. Pues, vaya, no hace
tanto frio. Hay varios pájaros alineados todos en la misma rama del
árbol, justo enfrente de mí. Qué curioso, parece que me observan con
atención. ¿Qué pasa, no os asusto? ¿Y si tuviera una escopeta de caza? ¿eh? ¡Pum, pum! Pero bueno ¿es que no os da miedo nada?
Oye ¿qué descaro es ese con el que me miráis...? ¿y qué demonios
cuchicheáis con tanto pio pio? Es increíble, el del extremo me guiña un
ojo con toda desvergüenza. Ya comprendo, sí, os burláis de mí. Soy un
pringao ¿verdad? Vosotros ya tenéis el buche lleno a estas horas;
mientras que yo apenas tendré tiempo de engullir a toda prisa un
miserable café en el bar de la esquina y salir pitando hacia el metro,
allí me sumergiré apestado durante trece estaciones hasta llegar a la
oficina. Una mierda, una puta mierda. Son ya menos veinte, me cago en
dios, otra vez llegaré tardísimo, y llevo tres días seguidos así. ¿Qué
disculpa me toca hoy? Decidme, venga, decidme vosotros que tenéis el día
resuelto ¿qué cuento yo hoy en la oficina? Ah, os encogéis de hombros
¿no? Je, je. Pero qué lindos sois. Parece que os diera pena verme.
“Mira, un humano dentro de su jaula, aún medio dormido y ya está
estresado”. Tengo que vestirme a toda mecha. Hoy no hay ni ducha ni
nada, abro directamente el armario a ver que coño me pongo. Sí, sí,
vosotros seguid piando. La verdad es que me dais una tremenda envidia,
joder, se os ve tan libres. Qué mal, pero qué mal nos lo hemos montado
los humanos. Ahora iréis al parque tan a gusto, a picotear por ahí, sin
prisa alguna. ¿Cómo? Ah, que me invitáis a acompañaros. Qué majos sois,
muchísimas gracias. Pues estupendo, venga, hoy no voy a currar, se ha acabado. En el parque pensaré alguna excusa
para justificar mi ausencia, tal vez allí encuentre
el sentido a esta vida tan absurda. Aunque la verdad es que... no tengo mucha
certeza de nada ¿sabéis? Porque el despertador ha sonado, de eso estoy
seguro; ahora mismo yo juraría estar
despierto, pero no me fio, puedo haberme quedado dormido otra vez. Sí ya voy. Perdonad mi indecisión pero es que...
mirando hacia abajo... buff, esto en un tercer
piso, podría darme una buena hostia. Pero venga, no le doy más vueltas; es evidente que todo es real, aquí estoy, charlando con vosotros tan a gusto. Venga, nos vamos al parque. ¿Y para qué había abierto yo el armario?
No recuerdo. Es absurdo vestirse. Portando ya este lustroso plumaje no necesito ropa. ¡Qué
gusto! Un repentino optimismo me invade. Con sumo placer extiendo mis
alas al salir por la ventana. Y ya vuelo...
Soy
como un reloj; un reloj de los antiguos, no hay circuitería digital en
mí, qué va, todo es mecánico. Tengo una maquinaria diminuta y precisa a
la que doy cuerda todos los días, ella se encarga de transmitir vida a
mis manillas.
Cuando
miro hacia atrás, recuerdo lo largas que eran aquellas tardes de
domingo. Comiendo el bocadillo sin parar de jugar con mis vecinos, al rescate, a tula, al
escondite... Deprisa giraba entonces mi manilla más fina, una vuelta y
otra, siempre aprovechando cada instante al máximo, cabían tantas cosas
en cada tictac...
Luego
me hice mayor, y fue al ser padre cuando, de tantas vueltas dadas,
aquella manilla delgada y larga, mi segundero, se desprendió. A partir
de entonces han sido los minutos, tan escasos siempre, los que marcaron
el compás diario, empujándome constantemente aquí y allá; el café; el coche; ¿por qué no cambia ese maldito semáforo ¡que llego tarde a la oficina! Luego corriendo de vuelta a casa; el baño de los niños; ¿qué os hago hoy de cena?
Ahora
soy abuelo y acabo de perder otra manilla, mi minutero. No puede ser,
se habrá caído en la mesilla de noche, a ver... pues no; tal
vez en el lavabo... tampoco. Nada, tendré que acostumbrarme a vivir sin ella. Ya
sólo me queda una, una manilla corta y ancha; bueno... esta se mueve con calma, con mucha calma. Parece fuerte y, pensándolo bien, ha dado muchas menos
vueltas que las otras dos, seguro que me durará más.