Friday, 8 November 2019

Cambiando sábanas a los alcornoques



  Soy un provocador compulsivo, no lo puedo evitar. Por eso esta mañana, cuando escuché unos golpecitos en la puerta y una voz femenina preguntando "¿se puede pasar?", me quedé callado. Al no responder nadie, la empleada del hotel entró dispuesta a limpiar mi habitación, pillándome en bolas, o para ser más exactos: desnudo de cintura para abajo, pues en ese momento me disponía a entrar en la ducha y aún no me había quitado la camisa del pijama.
—Perdone, pensé que no había nadie; ya vendré luego a limpiar —dijo mirándome cara a cara con toda naturalidad, sin afectarle lo más mínimo mi desnudez.
—No por favor, vaya usted limpiando si es tan amable. Es que tengo que recibir aquí a una persona ¿sabe?, y debe estar a punto de llegar. Yo voy a darme una ducha rápida y le dejo libre el baño también —le dije cruzándome con ella para entrar en el cuarto de baño.
—Bueno, si es así me quedo, y no se preocupe que le hago la habitación enseguida.
Antes de entrar en el baño la observé un instante cuando giró para ponerse manos a la obra, y dentro de la bata azul pálido de tres tallas mayor que ella pude intuir un sugestivo cuerpo grácil.
La mujer, en vez de mostrarse incómoda, había manejado la situación con absoluta profesionalidad, frustrando por completo mi afán de provocación. Durante la ducha estuve dándole vueltas y llegué a la conclusión de que debo ser algo exhibicionista. Los exhibicionistas se frustran enormemente cuando no consiguen escandalizar a sus víctimas. Sin duda había encontrado una nueva faceta de mi personalidad: soy provocador y también exhibicionista, a la par que mentiroso, sí, porque la verdad es que no tenía tanta prisa. En cambio sí es cierto que espero recibir a alguien, aunque no en mi habitación sino en una sala de reuniones del hotel; tengo una cita ni más ni menos que con la Secretaria de Estado para Asuntos de Seguridad, mi jefa, que, junto con otros tres subsecretarios, vienen a analizar mi propuesta “Plan Estratégico para una Seguridad Global”. Llevo toda la noche sin dormir dando los últimos retoques a la presentación.
Me duché a toda prisa y salí repentinamente del cuarto de baño, ahora sí totalmente en pelotas para dar debido curso a mi recién estrenado exhibicionismo, y fue entonces cuando la sorprendí con mi informe en las manos. Me dio un vuelco el corazón; y no sólo a mí, pues en esta ocasión sí obtuve por su parte la reacción de sobresalto que hubiera cabido esperar, aunque no por mi desnudez sino por otro motivo muy distinto: la había pillado in fraganti. Esta falsa limpiadora de hotel, esta supuesta kelly, resultaba ser una infame espía; no sabía de qué organización, pero allí estaba leyendo un informe con contenidos altamente confidenciales.
—Ya me extrañaba su exquisita profesionalidad —le dije mientras me acercaba a la entrada y bloqueaba la puerta.
—Estaba usted más atractivo disfrazado de alcornoque —me contestó intentando aparentar tranquilidad y sin soltar de su mano el informe.
—¿Disfrazado de qué? —me aproximé con cautela, atento a los posibles movimientos de sus manos, hasta arrebatárselo de un tirón certero.
—De alcornoque —repitió ella levantando sus brazos en señal de rendición— En mi pueblo los hay a cientos. Les sacan el corcho de los troncos, dejándolos desnudos de cintura para abajo, como usted cuando entré —continuó, esforzándose en desdramatizar la situación en la medida de lo posible.
—Pues ahora este alcornoque recupera parte de su corcho —le dije tapando por un momento mis genitales con el informe— ya sólo falta recuperar las imágenes que, a buen seguro, ya habrá enviado a sus compinches. Deme su teléfono, por favor
—No lo llevo encima, de verdad, puede comprobarlo si quiere —ella seguía con sus manos a media altura— El móvil lo dejo siempre en la taquilla, con mis cosas. Lo siento de verdad, señor. Yo comprendo su preocupación, pero esto no es lo que parece. Le aseguro que no era mi intención leer este documento. Lo que me pasa es que... —hace una pausa cerrando los ojos y girando la cabeza a un lado y a otro— mi problema es que no puedo reprimir la curiosidad, porque yo también escribo ¿sabe? y cuando veo unos folios escritos pues... se me van los ojos.
—Ya... ¿Y para quién escribe esta espía tan avezada y curiosa? Si puede saberse —le pregunté mientras guardaba el informe en el maletín y sacaba el móvil de mi chaqueta, sin dejar de vigilar sus movimientos.
—Pues es que tenemos una tertulia literaria unos cuantos amigos. Somos sólo aficionados, cada uno tiene su trabajo, yo... aquí me ves —dijo tuteándome por primera vez— Escribimos relatos y nos juntamos a leerlos cada dos miércoles. ¡Por favor no digas nada en el hotel, me despedirían! —exclamó al ver que marcaba en el teléfono.
—No llamo al hotel.
—¡Ni a la policía, por favor! Yo no sabía que eran tan importantes esos papeles, de verdad —le tembló la voz y me miró con ojos suplicantes.
—Estoy llamando a mi servicio de seguridad; están abajo en el hall. No les va a gustar nada que les dé un asuntito más, están muy atareados últimamente. Aunque tú se lo puedes facilitar si me dices para quién demonios trabajas.
—Ay, no, por favor te lo pido, no llames.
En ese momento dejé de marcar. La mujer se había descompuesto. Yo no sabía ya qué creer, porque la imagen frágil y tierna con que me suplicaba no se correspondía en absoluto con aquel comportamiento tan frío y sospechosamente formal de cuando entró. Tal vez decía la verdad y no era más que una limpiadora de hotel con aficiones literarias. Por otro lado pensé también en los perjuicios que, sin duda, me iba a ocasionar si en el Ministerio se enterasen de este incidente. Me pedirían explicaciones por no haber custodiado adecuadamente un informe que, una vez revisado por la Secretaria de Estado, sería clasificado como alto secreto de estado.
—No sé qué pensar. Me juego mucho en esto ¿sabes? —le dije aún dubitativo.
—De verdad que lo siento muchísimo. ¿Cómo iba yo a imaginar? —dijo ella mientras se acercaba y apoyaba su mano en mi antebrazo.
Creo que entonces, con el suave contacto de su mano sobre mi piel, se hizo para los dos más evidente mi desnudez y, no sé ella, pero yo sentí de repente algo de vergüenza, aunque aguanté el tipo sin que se me notara.
—Es la primera vez que me encargan un informe de tanta importancia. No puedo correr riesgos, compréndelo; me tienes que decir qué es lo que has leído de este informe. Te ha dado tiempo de leer un buen trozo ¿no es cierto?
—Sólo el principio... bueno... y un poco de en medio.
—¿Te lo has leído entero? ¡Las setenta páginas! Pues sí que eres buena lectora, porque mi ducha ha sido rápida.
—No, lo he leído muy por encima. Pero me hace gracia que hables de "la defensa de nuestro sistema de vida", cuando en realidad te refieres a la defensa solo de... de los más favorecidos, o sea de los ricos y de sus empresas... —comentó dejándome anonadado.
—¿Eh...? Vamos a ver, un momento... O sea que no sólo lo has leído sino que lo has estudiado a fondo. Es increíble —me senté en una de las dos butacas junto a la ventana mientras le señalaba la otra— Hazme el favor, siéntate y me cuentas qué has entendido de todo el informe.
—No puedo quedarme más tiempo, perdona, me echarían en falta enseguida; tengo que hacer todas las habitaciones de esta planta antes de las doce, si no me la cargo. Pero si quieres que te diga la verdad, no estoy de acuerdo en ninguna de las propuestas. No sé para qué tanta vigilancia en todos los sitios. Lo podría comprender en los centros oficiales, pero de ahí a poner cámaras en todas las calles, en cada esquina, me parece absolutamente demencial; sistemas permanentes de localización de personas, ¡inspectores camuflados en cada edificio...!
—Pues claro, es un plan similar al que ya está funcionando en toda China. Este hotel, por ejemplo, por ser de cinco estrellas, y a pesar de estar en medio del campo, pasaría a tener una cobertura de vigilancia de nivel 3C; de esta forma lo que nos ha pasado hoy...  quiero decir... que tu hayas podido leer este informe, no hubiera sucedido, porque ahí —le dije señalando la salida del aire acondicionado— hubiera habido una microcámara oculta que, sabiendo que hoy iba a alojarse aquí un alto funcionario de la Secretaría General, o sea yo, hubiera estado conectada al sistema de alertas especiales categoría 5, de vigilancia 24x7 y acción inmediata, además lo hubiera grabado todo, por supuesto, como prueba testimonial.
—No me digas... Pues sí, sí, me parece genial... y ahora me echarían del trabajo por estar aquí charlando tranquilamente con un señor desnudo cuando tengo todas las habitaciones por hacer.
—Fantástico, veo que lo has entendido —le dije subiendo el dedo pulgar para indicar su acierto.
—Me tengo que ir. Ha sido un placer; y lamento de verdad lo ocurrido —se dirigía ya a la puerta cuando la interpelé:
—Perdóname un momento. Déjame que te aclare una cosa —ella se volvió con resignación— Daré por cierto que no eres espía. No voy a llamar a Seguridad, aunque estaría obligado a hacerlo, pero tanto a ti como a mí nos metería en complicaciones, está claro —al oírlo su rostro resplandeció esbozando una sonrisa encantadora.
—Pues muchas gracias, y de nuevo perdona.
—Mira, escucha esto que te va a sorprender: Imagino que tras leer el documento pensarás que soy un gilipollas; pero yo tampoco soy lo que parezco. Es cierto que está escrito por mí, pero no pretendiendo que lo apruebe la ministra, no, sino todo lo contrario. Lo he escrito con ánimo provocador. Para evidenciar las contradicciones del sistema —al oír esto dio un paso acercándose con cara de asombro— Quiero que comprendan que no tiene sentido resolver la seguridad sin antes resolver muchos otros problemas, como la injusticia social, el hambre, las discriminaciones...
—Exactamente —me interrumpió— porque son ya muchos siglos oprimiendo sistemáticamente a los pueblos, esclavizándolos; y donde se siembra amargura se recoge odio.
—¿Has leído las propuestas finales? —le pregunté.
—Sí, son ridículas. Me parecen absolutamente demenciales.
—Efectivamente. He demostrado, mediante un mero proceso lógico, irrefutable, que, partiendo de sus premisas, sólo se puede llegar a ese aberrante escenario de vigilancia total, de control absoluto sobre las personas, que describo en las conclusiones. La supuesta defensa de la libertad, según ellos la entienden, que no es otra cosa que la defensa de su egoísmo y su avaricia, nos llevará inevitablemente a la pérdida de las libertades individuales y colectivas más elementales, a un mundo abominable.
—Eso es —remarcó ella acercándose con ojos encendidos— Poco a poco el sistema entrará en agonía, asfixiado por su propio celo. Así es como se perfila la decadencia de este Imperio del Capital.
Me mantuve unos segundos inmerso en la hermosura de ese rostro tan expresivo y a la espera de que mencionara el autor de la cita, pero no, la frase era de su propia cosecha.
—Me encanta lo que has dicho y cómo lo has dicho. Tus aptitudes literarias están fuera de toda duda.
—Gracias —contestó si dejar de penetrarme con su mirada.
Me sentí seducido hasta la hipnosis. La hubiera besado desenfrenadamente. Habría acariciado cada centímetro de su piel navegado a la deriva bajo esa bata tres tallas más grande que ella. Pero en ese momento sonó mi móvil. ¡Mierda! Siempre en los momentos mágicos suena algún móvil que los interrumpe. Era la jefa, la ilustrísima Secretaria de Estado para la Seguridad, a la que reporto desde hace un mes (no sé muy bien por qué demonios se le ocurrió nombrarme su asesor, pero seguro que como resultado de alguna de mis provocaciones); me esperaba en la sala de reuniones para revisar conmigo el documento. De un tiempo a esta parte y por razones de seguridad, las reuniones se suelen hacer en distintas instalaciones militares; de hecho, los altos cargos apenas aparecen por el ministerio, sólo los empleados de bajo rango asumen el riesgo de un atentado. Sin embargo últimamente, la demencia de los que ostentan el poder les ha llevado a aceptar una propuesta mía mediante la cual se reúnen, nos reunimos, en hoteles apartados, reservando las habitaciones a nombre de supuestas empresas; se envían horas antes fuertes contingentes de seguridad camuflados y luego llegan ellos, llegamos, de incógnito.
—Ahora soy yo el que me tengo que ir. Deséame suerte —le pedí mientras guardaba el portátil y la impresora en el maletín.
—La tendrás. Pero no vayas a ir así, vístete por lo menos de cintura para arriba, de alcornoque, que te sienta bien; si hacéis la reunión sentados alrededor de una mesa seguro que ni se dan cuenta —nos reímos.
—Me temo que saldré tarde de la reunión ¿Te habrás ido?
—Imagino que sí, pero no te preocupes, te encontraré, disfrazado de alcornoque, cualquier día, en cualquier hotel.

Llevo seis horas intentando provocar a esta pedazo de animal de melenita rubia y afilados zapatos. Pero la estrategia me ha fallado, es increíble. Ya sabía que era una mujer con pocas luces, pero no había imaginado su grado de ingenuidad. Ha seguido desde el principio la lógica atroz de mis argumentaciones asintiendo siempre con la cabeza. En ningún momento se ha sentido provocada ante la absurdez de mis propuestas, todo lo contrario, sugería endurecerlas más, siempre con el apoyo incondicional de sus babosos subsecretarios. Y así hemos llegado a mis recomendaciones finales que, lejos de escandalizarles, les han parecido perfectas cada una de ellas.
Estoy desolado. He decidido tomarme un descanso y reposar la mente mirando por la ventana. Ahora el sol se inclina por poniente y parece que quiere aportar algo de cordura a la reunión, colando su luz naranja y proyectándola sobre la pantalla en la que se ven, angustiadas de sí mismas, mis conclusiones finales. Tal vez ese sol nos transfiera un halo de esperanza. Pero no, esta animal va ha seguir al pie de la letra mis recomendaciones. He fracasado. No la soporto más. Encima ahora me dice que baje la persiana, porque el sol le molesta. ¿Que baje la persiana...? No pienso perder ni un segundo más, me largo.
—Perdonad, tengo que ir un momento a mi habitación.
No espero al ascensor, corro escaleras abajo. A la mierda la Secretaría General, a la mierda mi puesto de alto funcionario de mierda. Me voy. Afuera me espera aún el sol para escondernos juntos más allá del horizonte. Seremos libres. Pasaré con él la mejor noche de mi vida.
—¿Dónde vas con tanta prisa, alcornoque?
—¡Anda, que sorpresa! Pues me iba corriendo porque he quedado con el sol, vamos a ir de juerga toda la noche.
Con el rostro iluminado de quien sale un viernes del trabajo, y ya sin la bata azul descolorida de tres tallas más, está verdaderamente preciosa.
—¿Qué tal te ha ido en la reunión?
—Fatal, creo que he perdido toda mi capacidad de provocación. ¿Y tú? ¿A estas horas sales de currar?
—Ya ves.
—Pero si esta mañana estabas tempranísimo ahí, dale que te pego, cambiando las sábanas a los alcornoques... Te explotan a conciencia ¿eh?
—No más de lo normal.
—Lo normal es que estés harta. Seguro que ahora necesitas, igual que yo, olvidarte de este mundo tan cruel. Te propongo una cena de gala: el sol, tú y yo; los tres solos.
—Mmm... un alcornoque y el sol… la verdad es que no se puede pedir mejor compañía. Pero antes creo que estoy obligada a aclararte algo —ha hecho una pausa para mirar alrededor y constatar que no hay nadie cerca— Debo desvelarte un secreto; podré confiar en ti ¿no?
—Absolutamente. Dime.
Se arrima en actitud misteriosa hasta hacerme sentir la agradable proximidad de sus labios que, tras un breve silencio seductor, me susurran:
—Sí soy una espía.
Me he quedado perplejo un instante, cautivado por esa mirada suya tan serena y viva a la vez, que penetra en mis ojos a la espera de observar cuál será mi reacción.
—Vaya... pues yo a ti ya no voy a poder desvelarte nada, porque desde el principio sabes que soy un alcornoque— le tiendo la mano e iniciamos la marcha.


Friday, 3 May 2019

La primera dama


La primera dama (ejercicio en riguroso presente)


Se me va a notar. Tengo que cuidar las formas, mantener la cabeza fría. Ahora, al verme apurar la copa, se ofrece gentilmente a ir a por otra. No debería aceptar, pues si se aparta de mí, aunque sólo sea un instante, seguro que algún pesado se acerca a darme la murga y tal vez no tengamos la oportunidad de volver a conversar solos. Y es que me gusta, este hombre me gusta a rabiar. Pero él insiste: “un encuentro entre dos amantes de Brahms bien merece un brindis”, así que acepto agradecida, me vale para tomarme un respiro, para contener este deseo desbordante que me produce su mirada. Aprovecho también para observarle por detrás, esa espalda erguida, esa distinción. Con qué gentileza se abre paso entre los invitados, qué clase. Tengo que acordarme de evitar esta tendencia mía a encorvarme, siempre salgo cheposa en la tele. Hoy quiero que luzcan mis pechos; me encanta cómo él posa discretamente su mirada en mi escote. Debo estirar el cuello, ensayaré mientras vuelve, así, hombros atrás, pero sin que se me note forzada. ¿De dónde me dijo que era?... un país del Este, no sé, tiene rasgos eslavos, aunque por su acento en inglés bien podría ser latino. Qué desastre esta cabeza mía, llevo ya dos años de primera dama y aún no logro estar a la altura de las circunstancias en estos actos, soy incapaz de memorizar los mínimos datos de cada persona, luego meto la pata y lo paso fatal. No acabo de entender qué es lo que tiene este hombre para que, acabándolo de conocer, me vuelva loca. Es guapo de cara, qué duda cabe, sin ser el típico galán de anuncio; tiene un cuerpo esbelto, sí, pero tampoco puede decirse que llame la atención; es quizás la gracia con que se mueve, esa dulzura en sus gestos, y sobre todo cómo se desenvuelve, la simpatía que transmite, no sé, creo que es ese aire refinado y misterioso a la vez lo que más me seduce. Se me va a notar. Llevo demasiado tiempo ejerciendo de esposa oficialmente feliz, reprimiendo todo impulso que pueda ser malinterpretado, sin permitirme ni un solo desahogo. Afortunadamente mi marido está en el salón principal y no puede verme, sigue aguantando el rollo a cada uno de los embajadores que, siempre mirándole de reojo, esperan su oportunidad para abordarle. Todos excepto él, él está sólo pendiente de mí, también lo disimula, por supuesto, pero no me quita ojo en todo momento. Aquí vuelve, lanzándome esa sonrisa cómplice según se acerca. Ay dios... me encanta. Se me va a notar, tengo que mantener la cabeza fría.

Tras el choque lento de las dos copas se acerca y me susurra al oído un brindis en francés. Yo me atrevo mientras tanto a cogerle un instante del brazo, embriagada por el aroma que emana el ramito de jazmín insertado en su solapa. Pero ya no puedo apartar mi vista del imán de sus ojos, y me empieza a dar igual que se me note, qué puñetas, quiero que él perciba cómo con cada sorbo de champagne me bebo también su mirada, que inunda mi boca de excitación y va llegándome al vientre, todo mi cuerpo se sumerge poco a poco en un mar de deseos irrefrenables.

Tenía que ser ella, la mujer del ministro de Exteriores. Qué cretina. Nos interrumpe para proponerme un tour por el palacio. ¡Vaya por dios!, no puedo negarme, van a ir unas cuantas consortes más, se notaría demasiado. Encima aprovecha para fijarse en él, qué descarada, se ve que no le basta con el gorila que tiene por escolta. Me importan un bledo los tesoros que nos pretende enseñar, yo ya he encontrado uno interesantísimo que no deja de sonreírme; pero quedaría fatal si no voy con ellas... ¿Cómo?... Estupendo, él pide unirse a la visita alegando su interés por ver algunos cuadros. Bendita sea la pintura barroca de la escuela francesa. Se apunta, y a ninguna le parece mal... Son todas unas zorras, me lo quieren robar. Allá vamos. Ahora me toca disimular, pero no voy a perder ninguna oportunidad de buscar su mirada furtiva, de rozar su mano en cualquier descuido. Me tiene obnubilada. Tengo que conseguir una cita con él, como sea, no sé con qué disculpa, pero no estoy dispuesta a perder este tesoro divino. Aunque sea difícil, porque estas estúpidas no me dejan en paz, intentando conversar conmigo, haciéndome la corte; así distraen mi atención y no puedo disfrutar observándole. Con qué estilo abre la puerta y nos cede el paso, qué simpatía derrocha en cada comentario. Se me nota, debe resultar evidente que estoy colada por él, pero a estas imbéciles también se les cae la baba; bueno... tal vez así mi actitud pase más desapercibida.

Sí, sí, estas pinturas de Poussin son especialmente bellas. Dice que se quedaría observándolas toda la noche. Y yo con él, si no se diera la maldita circunstancia de que soy la mujer del Jefe de Estado, la que siempre le acompaña con una mueca estúpida de sonrisa forzada, con una chepa incipiente, jorobada, sí, de no poder vivir sin estar pendiente de mi imagen pública. ¿Eh...? Esto sí que es bueno: se queda. Dice que se queda para ver los cuadros con más detenimiento. Es evidente que lo hace a propósito, es una argucia para intentar quedar conmigo; ojalá sea eso. Se me tiene que ocurrir algo... Ya lo tengo... al baño, voy al baño y luego vuelvo aquí a su encuentro, aunque sólo sea mientras ellas terminan el tour. Estoy loca, se me notan a la legua las intenciones. “Es ahí a la izquierda, la primera puerta”, me dice la anfitriona con una sonrisa malévola. Les pido que no me esperen, que sigan la visita.

Ya no se les oye. Él debe estar allí, esperándome. Me derrito. Si todo sale bien, en unos segundos puedo estar por fin a solas con él. Pero tengo que ser cauta... No, no hay nadie en los pasillos, allá voy...

A veces el cielo abre sus puertas y te deja pasar un rato, sólo un rato, a gozar de todos los placeres, a deleitarte con sus manjares más exquisitos. A veces el cielo es tan pequeño como esta habitación, con dos sillones a un lado, un balcón al fondo, varios cuadros de escenas mitológicas en las paredes, y un ángel en el centro, un ángel celestial de elegante sonrisa con su mirada deseosa clavada en mí. Yo saltaría sobre él sin más preámbulo, lo devoraría entero revolcándonos sobre la alfombra, pero no debo precipitarme, he de seguir su ritmo; basta con acercarse lentamente, acudiendo al reclamo de esos ojos, de esos labios que me llaman y me hablan... de la luna... ¿la luna...? Sí, me coge de la mano para enseñármela, y mi piel se eriza electrizada toda. Salimos al balcón y allí por fin me abraza. El cielo entero me abraza. Y este ángel divino explora mi boca mientras desliza suavemente la cremallera de mi vestido, abriendo paso libre a todo el ardor del deseo, dejando que la luna bañe lujuriosa mi cuerpo. Una mano acaricia mi nuca, la otra se sumerge en el interior de mis bragas. Es el cielo entero el que me abraza y, al verme desnuda, las estrellas se acercan a besarme la espalda. Relámpagos, uno tras otro, nos van iluminando en cada movimiento. Relámpagos... ¿Relámpagos? ¡Hostias! ¡Son flashes! ¡Me cago en…! ¡Son fotógrafos! No puedo gritar, no debo gritar. Estoy en pelotas. Se alejan corriendo los hijos de... ¡Dios! Se va, él también huye por el pasillo y me deja sola. Soy gilipollas. No puedo salir tras él. He de vestirme, ¡rápido!

Se está largando por la puerta principal, como si nada hubiera pasado. No me da tiempo de impedírselo sin montar un escándalo. Y aún se despide de algunos invitados en el jardín, qué cabrón, con esa exquisitez, ese aire tan refinado que le distingue. Huye, pero no puedo ir tras él, me quedo aquí en la puerta, temblando aún de deseo frustrado y de rabia. Me cago en todos sus muertos. A partir de ahora me espera un infierno; todos los medios y redes sociales, todos cayendo como lanzas sobre mí. Es el fin. Ya se aleja por la calle a toda prisa, con qué elegancia corre el hijo de puta.


Thursday, 17 January 2019

Secuelas



   —Buenos días, Miljenko ¿cómo estamos? —le saludo desde el coche en segunda fila— ¿qué tal llevas lo mío?
   —Hola Kristija. Pues bastante bien. El interior está prácticamente terminado, estoy ahora preparando el mortero para enfoscar por fuera. ¿No echas un vistazo?
   —¿Has terminado el interior? ¡Uau, qué rápido eres! Sí, espera que aparco y lo veo.
   Este hombre se ha hecho, él solito, casas enteras, es increíble; un magnífico albañil que además sabe de fontanería, de electricidad... de todo; un auténtico manitas que hace las chapuzas de media ciudad.
   —Pues nada, chico, que ando liado a tope en la oficina. Llevo dos o tres días queriendo pasar por aquí y no hay manera, oye. —él está agachado removiendo la mezcla en una cuba— Pero... no, no ¿qué haces? espera, que esta pared no hay que enfoscarla.
   —¿Cómo? —me mira extrañado— a ver: esto es una prueba para comprobar que el mortero agarra sobre el paramento, tal cual, sin necesidad de picarlo —lo tantea con la mano— Ah, pues mira, parece que se adhiere bien fuerte, sí, porque la mezcla va bien cargadita de cemento ¿sabes? más de lo habitual y la arena es muy fina, ¿ves?... —con la paleta coge mortero de la cuba, me lo enseña y lo arroja sobre la pared al lado de la prueba anterior.
   —¡No, no! Sobre esta pared no, por favor, que esta va tal cual, haz las otras tres, pero esta no la toques ¿vale?. Buff... pues menos mal que he llegado a tiempo. Quita la prueba, Miljenko, por favor quítala.
   —No entiendo nada, Kristija —se levanta y me mira incrédulo— ¿Acaso quieres dejar esta pared así, con todos los impactos de las balas ahí a la vista? —sus ojos se clavan en los míos, me queman, tengo que mirar para otro lado.
   —Pues sí —tras dar un paso atrás le devuelvo la mirada— A ver... la verdad es que no me imaginaba que la obra fuera a ir tan deprisa. Yo pensaba ir diciéndote los detalles según avanzara. Porque me dijiste que ibas a empezar con el interior ¿verdad?
   —Sí, y eso he hecho. Pasa, pasa adentro y lo vemos.
   —Ahora entramos, sí, pero espera, por favor quita ese cemento de ahí. Lo lamento, debería haberte explicado más en detalle cómo lo quería.
   —No, no —me interrumpe airado— tú sí me lo explicaste perfectamente y yo tomé nota para calcularte el presupuesto. El exterior iba enfoscado y encalado todo, eso me dijiste.
   —No, perdona, lo de “todo” no te lo pude decir, porque no es lo que pensaba hacer. En cualquier caso lo siento, oye. Tal vez teníamos que haberlo dejado por escrito, cada partida especificando lo que había que hacer.
   —No me jodas, tío, no me jodas. Fuiste tú quien no quiso el presupuesto por escrito: “Que somos vecinos y hay confianza, hombre, no hace falta”, me dijiste.
   —Tienes razón, sí, y no es cuestión de confianza, que por supuesto la hay, sino de hacer las cosas bien. Reconozco que fue una cagada por mi parte.
   —Mira es igual, yo no te voy a cobrar más, por supuesto, pero esta pared hay que adecentarla de una puta vez. Es que está en la entrada del pueblo, tío. Parece querer decir: “Bienvenidos a este bonito pueblo donde los vecinos solemos fusilarnos unos a otros”. Estoy harto ya de pasar por aquí y quedarme deprimido el resto del día.
   —Ya, lo comprendo, pero tienes que entender que la casa es mía, joder, déjame que elija yo cómo la...
   —Vale, vale, no se hable más —me interrumpe subiendo el tono, se pone en pie y empieza a recoger muy enfadado— Mira: me pagas lo que que ya está hecho, lo del interior, y no se hable más. El exterior que te lo haga otro.
Me he quedado atónito observándole. Resulta curioso el contraste entre esa voz tan aguda, casi infantil que tiene, con lo fornido de su cuerpo. A ver cómo puedo reconducir la situación.
   —Por favor Miljenko no te lo tomes así. Te invito a un vino cojonudo que sirven en el bar de la esquina ¿lo conoces?
   —¿Cómo quieres que me lo tome? —no me escucha, él sigue recogiendo mientras habla— Qué maldita manía tenéis algunos de conservar abiertas las heridas de este puto país en el que nos ha tocado vivir. ¿Vivir digo...? Eso los pocos que aún sobrevivimos. Vivir matándonos, eso es lo que hacemos. Basta ya de contar y recontar muertos restregándonoslos por la cara todos los días. Habrá que mirar también al futuro ¿no? —Ha hecho una pausa, parece que se tranquiliza— Enfosca esta pared, tío, libera a tus vecinos de estos horrores y ya, de paso, te liberas a ti mismo. Borra todo vestigio de estas crueldades.
   —¿Borrar los vestigios dices...? Ya. ¿y qué hacemos entonces? ¿tiramos abajo también los barracones de Auschwitz? ¿Desmontamos el museo del genocidio? Eso es, que no quede ni rastro de aquel horror. En su lugar construiremos una urbanización con chalets adosados para que los currantes como tú y yo nos dejemos la piel pagando la hipoteca ¿vale? Eso es, podemos conservar el cartel de la entrada “Arbeit macht frei”. Qué bonito ¿Es eso lo que tú quieres? Ya lo hicimos en Jasenovak, aprovechar la siguiente guerra para borrar a bombazos los vestigios de aquel genocidio.
   —Por supuesto que no, Kristija. Pero esto es aquí, en nuestro pueblo, joder. Esto es otra dimensión, no mezcles las cosas. Yo no quiero tener que contar a mis hijos la misma historia triste cada vez que pasamos por aquí ¿comprendes?.
   —No tendrías por qué, ya en su cole se lo habrán contado, en clase de historia les habrán explicado la vergonzosas guerras que nos hemos venido montando en este país.
   —¿Ah sí? ¿Tú crees que les cuentan...? Pues sí, les cuentan, lo sé bien por mis hijos; les cuentan pero de forma sediciosa, adoctrinándolos desde pequeños. Igual que en la iglesia, sí, toda esa mierda de religión que os meten en la cabeza desde los púlpitos —me contesta irritado mientras sigue recogiendo. Creo que se ha pasado tres pueblos. — Perdón... perdón, no he querido ofender —corrige ahora al observar la indignación en mi cara que no he podido disimular—, no me refería a la religión en sí. Cada uno va a su iglesia, ortodoxa o católica, qué más da, o a la mezquita como los bosnios, todas las creencias son muy respetables; lo que no debemos permitir es que desde los templos, sean de la religión que sean, se infunda el odio a otras personas de distinta fe. Y no sólo en los templos, no, en la prensa, en la televisión... Eso sí que es una mierda. Y mira a donde nos lleva... —señala la pared— a fusilarnos unos a otros.
   —Pues precisamente por eso quiero dejar esta pared así. Que quede patente lo que jamás debe volver a suceder. Esta casa era de mi suegro, como ya sabes. A él lo mataron aquí, joder, donde tu estás ahora... —no puedo, me brotan emociones que no puedo controlar. Estoy andando como un mono de un lado a otro, gesticulando como un gilipollas, como lo que soy. Y él tiene razón, mucha razón.
   —Joder, tío, no lo sabía —se levanta, se me acerca y apoya su mano en mi hombro. Me produce una sensación rara. El cuerpo me pide dar un paso atrás y retirarle la mano, pero no, de alguna forma me siento agradecido por su gesto, me reconforta. Me da una palmada y continúa hablando— Yo te comprendo, Kristija, pero dices que quieres que quede patente... ¿el qué?; porque así lo que queda patente es el rencor ¿no te das cuenta? Aquí todos guardamos rencores, de forma más o menos consciente, pero absolutamente todos tenemos incrustados muy adentro esos rencores, esas malditas secuelas de guerra. A mi cuñado lo mataron con once años por escribir en cirílico ¿te imaginas? Mi mujer, que era entonces mi novia, se libró por los pelos; era unos años mayor que su hermano y ella sí le hizo caso a sus padres, serbios los dos, cuando les advertían: “en la escuela no se os ocurra comentar esto ni aquello; y sobre todo ni se os ocurra escribir en cirílico...” En fin...
    —Qué tremendo. Conocía esa historia, como la de tantos otros niños, pero no sabía que te tocaba tan de cerca...
    Nos hemos quedado mudos los dos. Él ha terminado de recoger todas sus herramientas, metiéndolas en grandes bolsas de deporte. Ahora se acerca a por la escalera que está apoyada, pero se queda mirando la pared un buen rato y me dice:
   —Pues los hubo con muy mala puntería ¿eh? Fíjate en esos disparos —señala los más altos.
   —Que va, no es mala puntería, todo lo contrario. Se apunta a la cabeza y, a la orden de fuego, se sube el fusil y se dispara medio metro más arriba. No es nada fácil, si el oficial al mando del pelotón se da cuenta, tú eres el siguiente fusilado. —se ha quedado mirándome receloso. No debo darle más explicaciones, aunque es un tipo extraordinario, una bellísima persona, pero lo cierto es que sus argumentos son sólidos; debería replantearme qué hacer con esta pared— Oye Miljenko... espera un momento. por favor, que estoy dándole vueltas... Mira, creo que me has convencido. Me parece que...
   —No jodas —me interrumpe— Estaba yo a punto de decirte a ti lo mismo —vuelve a apoyar la escalera y se me acerca— El que me has convencido eres tú a mí. Mira: a ver qué te parece si le echamos cal a todo, directamente, sin enfoscar; cuidando que no entre la cal en los orificios ¿sabes? porque así se quedan oscuros y resaltarán más. ¿Cómo lo ves?
   —Joder, tío, definitivamente somos la hostia. Ja, ja —nos reímos a carcajadas— hemos acabado intercambiando los papeles. No sé... la verdad es que no sé que decirte...
   —Pues mira, ahora si que te acepto ese vino de la esquina, que buena falta nos hace ¿sigue en pie tu invitación?
   —Por supuesto, allí que vamos —miro el reloj, joder, qué tarde es; hoy en la oficina me ponen de patitas en la calle.  
   Iniciamos la marcha. Yo echo un último vistazo a los balazos, a esos dos más altos, los que yo disparé. Ahora estoy en duda, no sé si quiero volver a verlos. Que sea el vino quien decida.


Thursday, 22 November 2018

Me morí



Debió habérselo dejado a Bioy Casares, o mejor a Alfonsina Storni, que tanto lo deseaba, incluso a Carlos Gardel, que en un momento se acercó a la mesa y también se interesó por aquel manuscrito; cualquiera de ellos hubiera sido un mejor prestatario del documento, pero fui yo, insensato de mí, quien insistió con mayor tenacidad, hasta llegar a ponerme pesado: “A mí, por favor Jorge Luis, déjamelo a mí, te aseguro que mi crítica será despiadada, préstamelo aunque sólo sea esta noche, y mañana lo tendrás mecanografiado”. “Ni se te ocurra ¿me escuchás? —me contestó tajante—, esto es sólo un experimento, yo jamás publicaría algo así; no me encuentro cómodo con un texto de tal longitud, me cuesta controlarlo, vigilarlo en todo su conjunto como hago con los cuentos”. Sin embargo, pasado un rato, y tras mi insistencia, decidió utilizarme para poner a prueba su experimento. “Vos parecés muy interesado. Y me recordás a Quiñones, mi amigo gaditano, así pelado y con barba. Bueno, vos lo leés y ya me contás qué te parece”.
Hace muchos años de aquello y, la verdad, nunca acabé de comprender el por qué de tan sublime encargo. Aquella tarde, tras despedirnos, salí del café Tortoni con el manuscrito bajo el brazo y, como un lobo hambriento, corrí por la calle Florida aullando en cada esquina hasta el Plaza Hotel donde me hospedaba. Tras encargar en recepción que me subieran un grand marnier, como la ocasión merecía, subí a mi habitación en la octava planta y me instalé en el balcón, allí, ansioso, comencé a devorar aquel codiciado tesoro. Llevaba apenas tres o cuatro páginas cuando me percaté de que unos nudillos golpeaban la puerta, cada vez con más fuerza al no obtener respuesta. “Sí, sí, ya le abro”. Apenas empezaba la puerta a girar sobre su bisagra cuando una súbita corriente de aire entró traspasando la habitación hacia el balcón, originando allí un revuelo de aquellos valiosos folios. Sin tan siquiera saludar a la camarera del hotel corrí despavorido a sujetarlos. Pero era tarde, varios habían iniciado ya su vuelo. En un intento desesperado de agarrarlos asomé medio cuerpo por encima de la barandilla, atrapé uno y otro, pero eran ciento cincuenta folios escapándose de entre mis manos... ¡Insensato de mí...! Perdí el juicio, perdí... el equilibrio y volé, volé tras ellos. Caímos al vacío desde lo más alto del edificio. Mi vuelo fue más corto, es cierto, los folios de aquel insólito manuscrito volaron con mucha más gracia que yo, ¡torpe y mil veces torpe! En fin, tan sólo me quedó ese privilegio: sentirme una más de sus hojas, acompañarlas en ese trágico vuelo.
Al llegar abajo me morí. Sí, ya sé que el verbo morir no debería utilizarse en primera persona del pretérito perfecto. Me muero, me moriré, o incluso me moría también vale, pero “me morí” no. Y lo cierto es que yo me morí. Así fue y bien que lo siento, no por mí, desde luego, sino por haber malogrado aquel manuscrito tan singular, sorprendentemente extenso, aquel borrador de ciento cincuenta folios que bien podría haber llegado a ser la primera, la única novela de Borges; y no llegó a serlo por mi culpa, por mi grandísima culpa.

Friday, 2 November 2018

DECAMERON 2020 Jornada VIII, narración 6





Jornada VIII, narración 6

Bruno y Buffalmacco le roban un cerdo a Calandrino; le hacen hacer la prueba de buscarlo con pastas de jengibre y vino de garnacha y le dan dos de estas, una tras de la otra, hechas de boñigas de perro confitadas con áloe, y parece que él mismo se ha quedado con él, le hacen, además, obsequiarles si no quiere que a su mujer se lo digan.




Apenas concluyó el cuento de Filostrato, mandó la reina a Filomena que contara el suyo; y ella comenzó:

“ Queridos amigos, mi relato de hoy os sonará conocido, pues hechos similares aparecen de forma habitual en los medios de comunicación de todo el mundo. Unas veces hay que buscarlos con lupa y pasan casi desapercibidos, otras en cambio sí tienen gran repercusión mediática, como sucedió en esta ocasión, aunque la auténtica verdad nunca llegó a desvelarse; pero tenéis suerte, ahora os lo contaré con todo detalle:

El escenario es la sede central del Partido político gobernante en un país que no diré, qué más da, podría haber sucedido en cualquier parte del mundo. El caso es que, en aquella ciudad estaba lloviendo a mares y el viento soplaba con fuerza. Era jueves y todos los ministros ultimaban sus asuntos a tratar en el Consejo del día siguiente. Esa mañana, Calandrino, el tesorero del partido, recibía la visita de dos compañeros, Bruno y Buffalmaco, ministros de Fomento y Administraciones Públicas respectivamente.
—Uy, uy, uy... pero ¿qué os trae por aquí? Nada bueno, seguro, je, je. —Calandrino bromeó, saludándoles con un amago de reverencia— Sentaos, por favor —cerró con pestillo la puerta del despacho.
—Buf, la que está cayendo —comentó Buffalmaco al sentarse.
—Es la gota fría —apuntó Bruno— Bueno, ¿tú qué tal, Calandrino? ¿Todo bien? ¿La entrega se llevó a cabo según lo convenido? —le pregunto sin poder evitar cierta ansiedad en el tono.
—¿Qué entrega? Ah... ya, la entrega. Pues sí, casualmente, y no hace más de una hora; vamos que os ha faltado tiempo para venir ¿eh? Je, je. Sin desayunar ni nada ¿no? Ahora os pido un café.
—A ver... yo te explico: —intervino Buffalmaco— Lo de siempre, que se han empeñado en hacer una aportación desinteresada al partido. Es normal, ellos dan por supuesto que serán adjudicatarios de la fase uno, que es el tramo de autovía de 500 kilómetros entre...
—Anda, anda, para el carro y ahórrate explicaciones, no me cuentes todo el rollo, tú, que me lo sé —le interrumpió Calandrino— Pero, eso sí, la próxima vez no se os ocurra utilizar este parking para las entregas. ¿Estáis locos o qué? Se graban todas las entradas y salidas.
—Ah, pues es que con este mal tiempo había que estar a resguardo. Para la fase dos será más sencillo, porque...
—Ya os diré yo cómo hacerlo. —interrumpió de nuevo— Pero vamos al grano —alzó la mano un instante para, a continuación, inclinarse y sacar de la cajonera un maletín poniéndolo sobre la mesa. —De la cantidad entregada, hay que repartir aquí lo nuestro ¿no es cierto? Pues venga...
Al abrirlo, Calandrino sacó la carpeta que, a modo de tapa, ocultaba el resto del contenido del maletín y la apoyó a un lado. Después fue sacando sobre la mesa algunos fajitos de billetes, y los dispuso en tres montones que, sin mediar palabra, cada uno guardó de inmediato. Pero fue al ir a cerrar el maletín cuando Bruno se lo impidió sujetando la tapa.
—Un momento, no tan deprisa. ¿Cuanto dinero queda ahí dentro?
—Lo convenido, Bruno, ya lo he contado. Era un millón cuatrocientos mil, menos los ciento cincuenta mil nuestros, pues queda un millón doscientos cincuenta mil, que van ahora mismo a la hucha del Partido —dijo al cerrar con fuerza el maletín venciendo la resistencia de Bruno que apartó la mano abriéndola en son de paz.
—Tranquilo, oye. Pero... vamos a ver: ¿tú al Presidente que le has contado de esto?
—Poco. Ya le conocéis, él nunca entra en estos detalles, aunque para un proyecto de esta magnitud, sí espera una buena aportación al Partido por parte de la empresa adjudicataria, es evidente. —Calandrino se puso en pie mientras contestaba, con intención de guardar el maletín en la caja fuerte, situada en la pared tras una estantería giratoria, pero rectificó sobre la marcha; sus compañeros no tenían por qué enterarse de su ubicación, así que volvió a sentarse y a colocarlo otra vez bajo la mesa.
—Pues yo no sé cómo lo veis vosotros —inquirió Bruno— pero me parece una cantidad excesiva para justificarla internamente como donación.
—Pues hombre —intervino Buffalmaco— podríamos decir sencillamente que no ha habido entrega. Que finalmente no hubo acuerdo. Es razonable ¿no?
—En absoluto —levantó el tono Calandrino con severidad— sabéis de sobra que hay más personas involucradas y que no se lo creerían. Además, el Presidente tiene ya clara esa adjudicación. Yo me niego rotundamente a meter la mano en ese maletín.
—Joder, Calandrino, la mano ya la has metido. No me vengas ahora con remilgos...
En ese momento sonó el teléfono de Calandrino, que al identificar la melodía de llamada se apresuró a mandar callar a sus compañeros.
—Ssss... Hablábamos del Presi ¿no? pues aquí me llama. Por favor dejadme que le atienda, venga, salid y esperadme fuera.
La conversación fue corta, apenas tres minutos y Calandrino estaba saliendo de su despacho y comunicándoles a sus compañeros:
—Que nos quiere ver ahora mismo; nos va a convocar por whatsapp ¿ya lo ha mandado? —les preguntó mientras buscaba absorto en sus mensajes entrantes.
—Sí, aquí me llega —respondió, móvil en mano, Buffalmaco— Nos pregunta si está “todo” resuelto; pone “todo” entre comillas, joder... ¿No decías que no estaba al tanto? Y dice que nos ve en media hora en el restaurante de la vez anterior.
—Pues vamos para allí, venga —Calandrino se acercó a su secretaria para que avisara al chofer— Dile que espere en la puerta. ¿Vamos los tres ¿no?
—No, nosotros hemos venido en el de Bruno.
—Pues allí nos vemos.
Y con un “hasta ahora”se despidieron los tres .”

Filomena hizo una pausa en su narración, bebió un trago de su cerveza y continuó:

“El siguiente escenario es el comedor VIP de un famoso restaurante. Allí se encuentran ya los tres protagonistas y otras dos personas, altos cargos del equipo de Bruno. Hace su entrada el Presidente, los cinco se ponen en pie y, con una sonrisa boba, se apresuran a darle la mano.
—Sentaos, oye, que hemos venido a comer ¿no? Lo de hablar de trabajo se deja para los postres. Je, je.
Todos rieron con aspaviento la gracia del Presidente que, tras cinco minutos de cortesía, sin haber empezado aún el primer plato, entró en materia:
—Señores: mañana hay que hacer pública la decisión del Gobierno de abordar “el ambicioso Plan de Inversiones en Infraestructuras Viarias” y patatín y patatán... que ya te encargas tú, Bruno, de explicar, en el Consejo primero y luego en la rueda de prensa ¿de acuerdo?
—Sí, sí, claro —asintió Bruno.
—Por cierto —continuó el Presidente— el domingo pasado, en el palco del estadio, me comentaron que nos iban a pasar ya las recomendaciones para convocar el Concurso de la segunda fase
—El Pliego de Condiciones, sí, vamos... sus recomendaciones, quiero decir —asintió Bruno.
—Os las han pasado ¿verdad? —dirigió entonces su mirada a Calandrino.
—Eh... pues... sí —en ese momento se acordó del documento que tapaba los fajos de billete en el maletín— Esta misma mañana, precisamente, ha llegado. Mañana se lo paso a Bruno.
—No —le interrumpió el Presidente—, mañana sería tarde. Hay que anunciar el alcance total de Plan, con las dos fases. Poneos a trabajar ya —el Presidente miraba insistentemente a todos los comensales— ¿Te contaron también su voluntad de aportar todo el apoyo en nuestras próximas campañas ¿verdad Calandrino?
Nuestros tres protagonistas del relato de hoy entendieron a la perfección el significado de la pregunta. Formulada en clave para no levantar sospecha alguna en los dos comensales ajenos a “la entrega”.
—Sí, efectivamente. Junto con la entrega del Pliego me aseguraron su apoyo incondicional; en la logística de los actos electorales y en todo lo que hiciera falta —Calandrino observó que, a pesar de haber terminado la frase, el Presidente mantenía la insistente presión de su mirada sobre él, y, pasados unos segundos de silencio absoluto en la mesa, continuó:— Mirad, va a ser mejor que me acerque en un momento a por el Pliego, así empezáis esta misma tarde.
Pues sí, cuanto antes —concluyó el Presidente
Calandrino se levantó como un resorte hacia la puerta.
—Pero no vayas tú, hombre, dí que te lo traigan —le dijo Buffalmaco intentando, reprimir el tono burlesco que le salía.
—Eso ¿dónde vas con la que está cayendo? dile al chofer que te lo traiga —Bruno tampoco pudo reprimir la risa al decirlo.
La comida se desarrolló de forma distendida. Hablaron de todas las adjudicaciones pendientes en esos dos Ministerios, también de fútbol y otros deportes. Estaban ya con el café y Calandrino no volvía. Bruno recibió una llamada de él:
—Acojonante, tio, ¡no está! —Calandrino apenas podía articular palabras— joder, la hemos cagado.
—¿Que pasa? Que no está ¿qué? —Bruno se levantó de la mesa yéndose a la sala de al lado.
—El maletín, hostias, el maletín. Lo han robado, me cago... Aquí no hay nadie a quien preguntar; mi secretaria y todo el mundo han salido a comer. Me cago en...
—Ah... ya —contestó Bruno en tono jocoso— o sea que robado, je, je. Está bien pensado, tío, es mejor estrategia, sí. Además te sale de puta madre. Ven y cuéntaselo así al Presi. Pero así, con ese realismo.
—Vete a la mierda. Te estoy diciendo que es cierto, joder. El maletín no está debajo de la mesa donde lo dejé. Me cago en dios. Pero yo cerré la puerta, siempre cierro con llave al irme, o... no sé... con las prisas que salíamos... ahora tengo la duda, me cago en...
—Sí, sí, fantástico; de esta te contratan en Hollywood, tío. Venga, vente para aquí, que te ayudaremos en el montaje. —añadió Bruno. Pero su interlocutor ya había colgado.
La comida terminó mal, muy mal. Calandrino estaba desaparecido, sin coger el teléfono ni responder los mensajes; el Presidente indignado, al no encontrar respuesta de su tesorero ni de nadie de los implicados. Al día siguiente, el Consejo de Ministros se celebró sin aparentes perturbaciones. Bruno explicó a la prensa el ambicioso Plan de Modernización de Infraestructuras. Llovía a mares y el viento soplaba con inusitada fuerza. “Una nueva gota fría nos azota” fue el titular de los medios al día siguiente.”

Y ahí termina mi relato, queridos contertulios —concluyó Filomena.
—Ah no, —intervino Elissa— de eso nada. Sigue contando, Filomena. Porque Calandrino acabó en la cárcel, seguro. Y los otros dos de rositas, lo mismo que el Presidente y el resto de personajes ¿a que sí?
—Pues... yo pienso que es mejor dejar a cada lector, o cada escuchante en este caso, que construya el final del cuento a su gusto. Pero bueno, si así lo quieres, añadiremos que Calandrino terminó entre rejas, sí. Pero le sirvió de gran consuelo contar con el apoyo de su Presidente, que le envió un mensaje diciéndo: “Calandrino, sé fuerte”.


El relato original de Boccaccio se puede leer aquí:






Saturday, 20 October 2018

DECAMERÓN 2020 Jornada II, novela 9

DECAMERÓN 2020 (Será tal vez ese año cuando lo publiquemos ¿no? Ojalá)


 “Sobre la mesa había un plato colmado de aceitunas, y, justo a su lado, otro mas pequeño con dos huesos desnudos a los que sus compañeras, de pulpa verde, esplendorosa e intacta, miraban de reojo con compasión”. Así empezó Filomena (Antonio) su narración, inclinándose después para señalar con el dedo los dos platos en el centro de la mesa y requerir allí la atención de sus compañeros de taller literario. “Dos platitos como estos”. Laura ( ) aprovechó la pausa para coger una aceituna diciendo “pobres, esas dos, qué solas deben sentirse en pelotas, o sea... en hueso”. Tras ella, Nano ( ) hizo lo mismo respondiendo “Es cierto, desnudemos alguna más, hay que dar apoyo a las minorías”. “Sobre todo si son minorías naturistas” añadió Pánfilo (Robert) llevándose otra a la boca.
Se hallaban reunidos en la Pródiga, un bar de Malasaña, según solían hacer uno de cada dos miércoles, para leer los cuentos que habían escrito. Tras comerse, ella también, una aceituna más, y dejando su hueso en el plato pequeño junto a los otros, Filomena continuó:

“Sé que no lo vais a creer, pero los hechos que os voy a narrar son ciertos. Yo fui testigo en primera persona. Os cuento:
La historia es de hace un par de años, cuando yo trabajaba en una multinacional estadounidense. Todo empezó con una cena de trabajo, en París, allí nos reuníamos cada fin de trimestre los delegados comerciales de todas las subsidiarias europeas. Éramos ocho, sentados en una mesa redonda. Aquella tarde salíamos de una reunión tensa y nos habíamos propuesto firmemente no hablar más de trabajo hasta la sesión de la mañana siguiente. Por tanto empezamos, de forma distendida, a contar las vacaciones de cada uno, enseñando algunas fotos en los móviles. Y fue al mostrar Bernabó lo grande que estaba ya su hija cuando Ambruogiuolo le comentó:
—Uy, se te parece mucho ¿eh?
—Bueno, tiene un aire, sí —le contesto él— pero no, se parece mucho más a su madre.
—Está preciosa la niña. —continuó Ambruogiuolo— Pero yo a tu mujer no la conozco ¿sale en alguna foto?
—Pues creo que en alguna salen juntas... —buscó y volvió a pasarle el móvil— Sí, mira.
—A ver. Ostras, qué guapa tu mujer, oye –Ambruogiuolo ampliaba la foto tomándose su tiempo para verla en detalle, pero Bernabó le reclamó de vuelta el teléfono diciéndole:
—Venga, enséñanos a los tuyos, Ambruogiuolo. Tú tenías... ¿cuántos?
—Yo dos, hijo e hija, algo más mayorcitos que la tuya. Pero soy un desastre, no tengo ninguna foto reciente —contestó mientras le devolvía el móvil—. Esta noche hablo con mi mujer a ver si me envía alguna y os los enseño. Bueno, si es que me coge el teléfono, claro, porque últimamente nuestra comunicación es sólo por whatsapp, nunca le viene bien hablar. No sé... Yo creo que las mujeres, en cuanto nos vamos de viaje... ¿eh? vete tú a saber, je, je, no se puede uno fiar —se reía al decirlo intentando hacerse el gracioso.
—Las mujeres y los hombres. Sobre todo los hombres no sois de fiar —intervino la delegada francesa y anfitriona en aquella reunión para equilibrar la balanza. Éramos sólo ella y yo, dos mujeres en la mesa contra seis hombres.
—Pero bueno, ¿qué sexismo es ese, compañeros? —les respondió Bernabó— Esos comentarios... por favor, a estas alturas no proceden. Hay gente de todas las guisas en los dos sexos. Hay personas, no mujeres u hombres, hay per-so-nas —enfatizando cada sílaba— de las que te puedes fiar o no. ¿Por qué desconfiar de nuestras parejas? —preguntó dirigiéndose a Ambruogiuolo— Yo de mi mujer me fio absolutamente, no me preocupa lo más mínimo qué haga o deje de hacer cuando me voy de viaje, aunque se comunique por whatsapp o por teléfono, qué más da. Ella en Barcelona y yo en París, tan tranquilos. Yo ni sufro ni padezco. Oye, que, salvo nuestra jovencísima Filomena —se volvió hacia mi haciéndome un guiño— los demás llevamos ya muchos años así, viajando de un lado para otro sin descanso.
—Ya, ya —replicó Ambruogiuolo—, pero seamos sinceros, ninguno nos quedamos del todo tranquilos cuando salimos. Seguro que a ti también te inquieta, seas consciente o no de ello, porque en el fondo, ninguno confíamos totalmente en nuestras mujeres. No es que lo diga yo, oye, lo dicen todos los psicólogos del mundo, es que somos de carne y hueso, tío. Imagínate —hizo una breve pausa, no estando seguro de cómo seguir la frase—, por ejemplo: yo tengo que ir mañana a Barcelona, ya lo sabéis, —girando la cabeza hacia los demás comensales— tengo que cerrar el contrato de Gas Natural, es un proyecto muy gordo y no puedo quedarme con vosotros al resto de la reunión, lo siento. Bueno, pues imagínate —centrando otra vez su mirada en Bernabó— que.. por un casual, me encuentro con tu mujer; porque ella trabaja allí ¿no?
—Sí, y qué
—No, que... imagínate, por un momento, que yo le tirara los tejos... ¿Verdad que lo pasarías mal?
—No digas gilipolleces, Ambruogiuolo, por favor, no proyectes hacia los demás tus inseguridades, tus problemas personales –Bernabó se dio cuenta de que estaba subiendo el tono, gesticulando en exceso con las manos a intentó calmarse— Yo lo siento por ti, oye, cada uno tenemos nuestras manías, tu sufrirías en esa situación, los demás no, o por lo menos yo nada en absoluto —concluyó moderando el volumen.
—Yo te reto —le increpó Ambruogiuolo desafiante, elevando bastante la voz— Yo te reto a comprobar si sufres o no ¿quieres hacer la prueba?
—Vete a tomar por culo, tio. Perdón —se excusó volviéndose hacia los demás—, perdón por el lenguaje, pero es que este hombre me saca de quicio. Pero ¿qué significa esta salida tuya de la olla? Venga, sí. Intenta ligártela, no te quedes con las ganas. Verás como no te hace ni puto caso ¿Cuánto quieres apostar?

Llegado ese punto, todos los allí presentes estábamos ya mudos, petrificados. Sin haber empezado aún el primer plato, que ya nos habían servido, nuestras miradas coincidieron todas, huyendo de aquella situación esperpéntica, en los platitos de aceitunas que aún quedaban del aperitivo, en el centro de la mesa, igual que estas de aquí—Filomena volvió a señalar las aceitunas— . E igual de incómodas que ellas se sienten, al ver a sus compañeras de hueso al aire, así nos sentíamos nosotros con estos dos compañeros, por lo irracional de su comportamiento. No os podéis imaginar la vergüenza ajena que nos produjo ver cómo se enzarzaban en una discusión tan absurda, cómo desnudaban sus psiques, revelando su ego y toda su mezquindad ante nosotros sin el más mínimo recato.”
“Buf, qué desagradable debió ser, desde luego —comentó Luijo ( )— Y ¿cómo termino la cena? Sigue, venga, sigue contándonos”. Filomena aprovechó la pausa para terminar de un único trago su cerveza y, tras un respiro profundo, continuó:

“Pues mal. Tanto la anfitriona como yo, y algún otro compañero más, quisimos apaciguar sus ánimos, pero no hubo manera. Ninguno de los dos quiso entrar en razón. Ante la incredulidad de todos, ellos mantuvieron su reto, su apuesta de orgullo y de estúpido honor. Sin haber probado bocado, salvo los aperitivos, Ambruogiuolo se levantó y, pidiendo disculpas porque tenía que madrugar, se largó al hotel. Estuvo toda la noche investigando en Linkedin, Facebook e Instagram, y consiguió obtener valiosa información sobre el perfil, hábitos y gustos de Zinevra, que así se llamaba la mujer de Bernabó. Sin pegar ojo y tras una hora veinticinco minutos de vuelo, llegó a Barcelona, lugar donde ahora continua mi relato. Os contaré lo que allí sucedió:

En un taxi fue directamente a la reunión prevista. A pesar del cansancio y la falta de sueño, Ambruogiuolo consiguió la firma del contrato multimillonario. Fue un éxito. La mayor operación del año. Esa misma tarde recibió una llamada del CEO para felicitarle y anunciarle el notición que él llevaba años esperando:
—Te he propuesto para director europeo.
—Pues no sabes cómo agradezco tu confianza. Me pongo a tu absoluta disposición. Bueno, esperaré a la comunicación oficial ¿no?
—Efectivamente, tú no lo digas aún, pero dalo por hecho y, sobre todo, vete pensando en montar un buen equipo, los planes son muy ambiciosos.
Al colgar, Abruogiuolo empezó a dar saltos como un poseso. Intentó abrir la ventana de su habitación, en el piso 29 del hotel Torre Catalunya, lástima que no se podía, se hubiera asomado para dar su grito de tarzán, el que reservaba para ocasiones como esta “Aaaa iaa iaa iaaaaaa”.
A pesar de su éxito profesional, él seguía dándole vueltas y vueltas a la apuesta con Bernabó. Éste era el momento. Tras diseñar las lineas maestra de su estrategia, contactó a Zinerva proponiéndole una entrevista: “Estamos buscando una persona de tu perfil para dirigir nuestro gabinete de prensa y comunicación, hemos analizado tu trayectoria en las distintas empresas y medios para los que has trabajado y nos gustaría entrevistarte”. Desde sus comienzos como periodista-becaria, Zinerva había estado varios años como freelance trabajando hasta la extenuación de un medio a otro; pero al tener a su hija tuvo que aparcar su profesión y aceptar un contrato fijo como administrativa en Gas Natural. Recibió, por tanto, con alegría la propuesta de entrevista, “tarde, pero por fin se empieza a valorar mi trabajo”.

Pasados unos días, Zinerva llegó a casa eufórica. Bernabó la esperaba preocupado por su tardanza.
–Nerva, cariño, ¿dónde te metes a estas horas? ¿por qué no coges el teléfono ni lees los mensajes?
–Ber: tengo que darte una excelente noticia.
—Pues cuenta, cuenta —la cogió de la mano y los dos se sentaron en el salón
—No te lo vas a creer.  Voy a ser compañera tuya.
—¿Qué?
—Vengo de entrevistarme con vuestro nuevo director europeo, un tal Ambruogiuolo de Piacenza ¿ya lo conoces? —ella continuó sin apreciar el impacto en Bernabó— luego él me ha pasado con el de Recursos Humanos, que es nuevo también ¿no? Y ¡me han seleccionado! Voy a dirigir el gabinete de prensa.
—¿Cómo? ¿que has estado con Ambruogiuolo? —los ojos se le salían de las órbitas— Pero ¿por que? –subiendo el tono descontrolado— ¿por qué? dime ¿en dónde?
—Sí, en su despacho. ¿Por qué te pones así? —no entendía esa reacción de Bernabó, nunca le había visto tan afectado.
Fue al preguntarle “¿qué te ha hecho? Cuando ella empezó a hilar algunos cabos. Recordó algún comentario sobre un compañero “machista de mierda” a quien su marido tenía especial manía. ¿Se referiría tal vez a el que iba a ser su futuro jefe?. Ante tal reacción, Zinerva no se atrevió a contarle las veladas insinuaciones de Ambruogiuolo a lo largo de la entrevista, ni cómo ella había reconducido la situación para evitar malos entendidos; tal vez por temor a que se lo tomara a la tremenda y que el contrato laboral que iba a firmar al día siguiente se fuera al traste, el caso es que no quiso darle detalles de la entrevista, por más que Bernabó insistiera.
Aquella noche terminó mal, muy mal. La discusión fue en aumento, las recriminaciones más y más hirientes. Fue ella quien decidió marcharse. Se separaron.
Zinerva duró en el puesto menos de un mes. Apenas tuve contacto con ella mientras estuvo en la empresa, yo estaba aquí en Madrid y ella se había incorporado en París. Sí, de nuevo en París, ahí es donde transcurre el final de la historia, veréis:

En París eran las cinco en punto de la tarde, las 10 de la mañana en Los Angeles, desde donde el presidente de la compañía, y varios miembros del Consejo de Dirección estaban incorporados por videoconferencia a la reunión anual de comienzo de año, el kick-off. Ambruogiuolo nos había reunido a todos en la sala de conferencias. Era su primera convención como director europeo. Tras saludar a los asistentes remotos y unas cuantas pantallas de mensajes corporativos, la presentación de Ambruogiuolo comenzó abordando los objetivos para el próximo año. Apareció un numero “1” en el centro, haciéndose mas grande al ritmo de un sonido de fanfarria y redoble de tambor, chan, tatachán... que daba paso a la siguiente pantalla, era una breve frase con el primer objetivo marcado. Ambruogiuolo se acercó hacia los asistentes declamando con fervor lo que ya todos habían leído en pantalla. Fue en ese momento cuando desapareció el texto y se sustituyó por un video en pausa, a cuyo triángulo de play en el centro se desplazó, como por arte de magia, el puntero y comenzando a verse el video, con Ambruogiuolo de pie en su despacho, sonriendo en un gesto estúpido, mientras extendía sus manos hacia algún sitio por debajo de la cámara que lo filmaba. Él, sin darse cuenta, siguió con su discurso abundando en los beneficios de este primer objetivo. Al observar que nadie le atendía, sino que miraban atentamente a la pantalla, se volvió hacia ella, pero, justo antes de girarse, los textos aparecieron de nuevo. Apretó el botón en el mando y esperó a que saliera el “2” y, tras la misma fanfarria y el redoble, el texto correspondiente al segundo objetivo. De nuevo, al volverse hacia la audiencia para explicarlo apareció otro video. Alguna risa se oyó desde las filas de atrás, pero él seguía sin percatarse de que algo raro pasaba a sus espaldas. En esta ocasión el video mostraba a Ambruogiuolo acercarse a una mujer, debidamente pixelada para no ser reconocible, que se alejaba de él primero hacia un rincón del despacho y después, tras un pequeño forcejeo, hacia la puerta. Entonces sí, el jaleo entre los asistentes fue sonoro, una mezcla de exclamaciones y risas medio contenidas. Él se volvía alternativamente hacia la pantalla y hacia el público sin entender nada, pues los textos reemplazaban al vídeo siempre justo a tiempo sin que pudiera verlos. Las carcajadas eran ya enormes cuando, ante la algarabía general, apareció el número “3”, con su redoble y fanfarria incluidos y ya, tras desaparecer el “3”, sí pudo Ambruogiuolo verse a sí mismo de protagonista. Era una toma cenital en la que se le veía acorralando, con su cuerpo y sus brazos extendidos, a la que parecía ser la misma mujer anterior, que en esta ocasión le costaba forcejear un buen rato con él hasta poder librarse y huir por la puerta. Al verlo se puso, a apretar con desesperación todos los botones del mando, advirtiendo que claramente no era él quien gobernaba el proyector. Las exclamaciones y risas se acompañaron entonces de aplausos. En pantalla anexa, se veía a los asistentes virtuales, presidente y consejeros, de pie escandalizados, sin poder dar crédito al espectáculo que estaban viviendo. Pero el jolgorio general se apagó repentinamente cuando Ambruogiuolo llevándose una mano al pecho, se agarró al atril con la otra, desplomándose después sobre suelo.
El show había llegado a fin. Sólo cinco o seis personas se acercaron a socorrer a Ambruogiuolo, el resto permanecíamos atónitos en nuestras butacas.
—¡Llamad al 112, rápido! ¡Ambulancia, que traigan una ambulancia!
Yo estaba en la tercera fila, junto al delegado italiano, quien cogiendome del brazo me señaló hacia el centro de escenario con asombro preguntando:
—¿Qué hace ese hombre? Mira es... Sicurán, el de mantenimiento, ¿lo ves? Se está quitando el mono, se está quedando en... —tardó algunos segundos en continuar— ¡Dios mío, es una mujer!
Justo en la fila de delante, algo más a la izquierda, vimos cómo Bernabó se levantaba como un resorte y se quedaba absorto mirando a aquel técnico de mantenimiento que acababa de desvelar su identidad real. Todos comprendimos quién era aquella mujer de pelo muy cortito que ahora se acercaba hacia Bernabó. Él ya saltaba a su encuentro por encima de las butacas.

—No, Sebas, no te lleves las aceitunas —el camarero recogía los platos y vasos vacíos— Que aún queda una, hombre; además la necesito de atrezo para el final del cuento.
—Sí, claro, agarrála, pibe, agarrála no más.
Filomena se la metió en la boca y la degustó despacio ante la mirada atenta de sus compañeros de taller. Y luego, también muy lentamente, como exige el protocolo en estos caso, depositó el hueso sobre el platito limpio recién traído.


El texto original de Boccaccio se puede leer AQUÍ