Saturday, 4 April 2026

¿De postre qué has hecho?

 

   


María percibe un delicioso aroma a tomillo y romero al entrar en su lujoso apartamento; lanza las llaves sobre la consola de la entrada y se quita los zapatos de tacón suspirando aliviada. Accede al comedor donde tres candelabros engalanan una mesa ovalada con la cena ya dispuesta.

—Buenas noches, María. Por fin de vuelta —le saluda Robert apareciendo desde la cocina. 

—Qué bien huele ese... cordero ¿no? —le contesta ella mientras se acerca a examinar el guiso, descubriendo la elegante olla de hierro fundido. Mmm... caldereta de cordero, huele que alimenta. La otra vez te salió exquisito; a ver qué tal hoy— María se sienta expectante.

—Un momento que voy a calentarlo de nuevo, en tres minutos estará listo. Siento la espera pero es que, acuérdate, me pediste que la cena estuviera lista a las 20 horas y son ya las 21 horas 13 minutos. —Robert se inclina con una sonrisa protocolaria para coger la olla y llevársela a la cocina; una vez allí continúa la conversación subiendo levemente el volumen de su voz— Si compartieras conmigo tu geolocalización en directo esto no pasaría. Yo sabría con exactitud cuando debo tener preparada la cena. 

—Ay qué pesado eres, Robert, siempre criticando mi falta de puntualidad. Te tengo dicho que no admito reproches, sólo halagos. Y no vuelvas a insistir en lo de la geolocalización. No me da la gana de que controles mis pasos en todo momento. Tú estás aquí para lo que estás: la comida y la ropa ¿vale?

—Bueno... y para algunas cosas más ¿verdad?  —matiza él— Toda la limpieza de la casa; llevar el control de existencias; hacer los pedidos al supermercado y recogerlos; atender tus deseos sexuales...

—Vale, vale, no sigas, Robert. Mira que hoy he tenido un día malísimo ¿eh? Está enfermo Benavides y me he tenido que ocupar yo personalmente del cierre trimestral, qué coñazo, por dios. No conseguía cuadrar las cuentas  y voy a tener que madrugar mañana para seguir con ello, no puedo retrasar la publicación de resultados.

—Pero tú sabes que en eso también puedo ayudarte —le comenta Robert— me pasas los datos a tratar y de inmediato te envío el cierre con todos los resultados en el formato que quieras. 

—Ah, ja, ja. Qué gracioso ¿Crees que voy a compartir contigo una información absolutamente confidencial de mi compañía? Estás loco. Se la pasarías a las empresas de mi competencia en ese mismo instante.

—Por favor, María, no digas eso. Sabes que yo jamás te haría nada parecido. Mi compromiso contigo es de confidencialidad absoluta.

—Ya, ya, pero a ver ¿Qué pasa con esa caldereta? ¿No está ya caliente ? 

—Marchando una deliciosa caldereta para mi dueña y señora doña María Sáenz de las Heras —Robert posa la olla en la mesa y, con un cucharón de plata labrado ornamentalmente, tan cursi como la vajilla , los cubiertos y el resto de utensilios, le sirve en su plato una buena ración— Espero sea de tu agrado y compense los tres minutos y veinticuatro segundos de retraso con que te la sirvo. Yo también soy impuntual.

—Y dale con la impuntualidad. Me estoy empezando a hartar ¿sabes? —María prueba una primera cucharada y, tras unos segundos de rigurosa evaluación, exclama: —Oh... Una caldereta verdaderamente deliciosa.

La cena de María transcurre en silencio, sólo interrumpido por algunas leves exhalaciones de placer entre cucharadas. Robert se mantiene a dos pasos de la mesa protocolariamente erguido.

—Tú vete cargando baterías ¿eh? que hoy vengo peleona. Le dice indicando una silla junto a la pared.

—Batería a tope, por supuesto —Robert se dirige a sentarse y añade —¿Vas a querer ver alguna película antes?

—Pues... sí, venga, pero ponme sólo algunas escenas de esa en la que sales tú muy jovencito con Jane Fonda...

—¿La jauría humana? —pregunta Robert

—No, no tan joven. Esa otra en la que sales montando a caballo todo el rato y...

—Ah, sí, El jinete eléctrico —le interrumpe Robert— es de 1979, dirigida por Sydney Pollack.

—Esa, sí. Ahí estás magnífico, además... —se queda pensando unos segundos— No sé, creo que me equivoqué cuando te elegí ¿sabes?

—Hubieras preferido un Robert Redford más joven ¿verdad?

—Tal vez, sí. Pero en el catálogo aparecías, también con Jane Fonda, guapísimo en el cartel de la de Nosotros en la noche, y es que yo siempre me identifiqué con Jane Fonda, es mi alter ego.

—Pues oye, si prefieres un Robert más joven puedes encargarlo y te lo hacen a tu gusto ¿eh? ¿Quieres que te pida presupuesto? En un par de minutos lo tengo, venga...

—¿Qué me dices?  O sea, ahora resulta que mi robot tiene una nueva función que yo desconocía: es además vendedor. No me jodas. Se supone que debes imitar comportamientos humanos. Un humano jamás le recomendaría a su pareja que se fuera con otro más joven. Eres un artefacto de mierda, Te voy a cambiar ya mismo por otro, sí, que ahora los hay mucho mejores. Con un aspecto mucho más realista y, sobre todo... —María se levanta de la mesa dirigiéndose hacia Robert, que de inmediato se pone en pie; ella le levanta la camisa dejando a la vista su barriga para pasar la mano sobre ella y continuar diciendo— sobre todo con una piel de tacto humano real, no esta mierda de piel sintética que a ti te pusieron. 

Tras unos segundos de ofuscación y desconcierto, María vuelve a la mesa, se sienta y le pregunta:

—¿De postre qué has hecho?