Saturday, 31 January 2026

El agua de la vida y los hombres lobo


   

El despacho del Alcalde se sumerge en un silencio gélido. Sobre la mesa, el titular de la prensa local escuece como la más cruel quemadura: 

«El fraude de las fuentes: comisiones y sed, pero sed de justicia»    «El escándalo de las nuevas fuentes ornamentales de agua potable ha dinamitado el consistorio. El Vicealcalde don Emiliano Pillo dimite tras conocerse que la empresa adjudicataria del proyecto ha reconocido el pago de comisiones ilegales en el proceso de licitación. Ahora esta ciudad tiene ciento ochenta nuevos puntos de suministro de agua potable, auténticos bodrios de penosa estética repartidos por las aceras de sus más emblemáticas calles y plazuelas; a fin de que alguno, o varios miembros del consistorio, aún por determinar cuántos y quienes, hayan saciado su sed, no de agua sino de enriquecimiento ilícito.»

I. La veteranía de Dimas

Dimas Fernández Viejo, el concejal que acumula más trienios de la corporación, accede al despacho del alcalde con paso lento pero firme. 

—Estimado Eduardo: ¿Cómo estás? —Dimas le tiende la mano al alcalde.

—¿Cómo voy a estar? Jodido, muy jodido por la malignidad de esta prensa injuriosa —le enseña la portada— son pura carroña.

—Sí, es tremendo, Eduardo. Este fraude de las fuentes ha dado al traste con nuestra credibilidad. Hay que volver a transmitir confianza. Pero tú ya me conoces desde hace muchos años; y quiero transmitirte que en esta triste coyuntura puedes contar absolutamente conmigo.  

—Efectivamente, de eso quería hablarte. —el Alcalde levanta la vista y con un tono de voz más reservado continua— Necesito una persona de toda confianza. Mira: Tu ya sabes que vamos a requerir amplio consenso para aprobar la nueva ordenanza del centro histórico ¿verdad? Ahí sí que nos la jugamos. Si la oposición bloquea la nueva ordenanza nos quedamos sin poder hacer la ampliación de los siete aparcamientos del centro, que tanta falta nos hace; o sea... que tanta falta hace a la ciudad. A ver... —se toma un respiro para continuar— Te propongo un plan: Tú, que te llevas bien con la oposición, convéncelos para que voten a favor; siempre has tenido mucha mano izquierda —alza a media altura la suya y la hace girar con gesto pícaro— venga, Dimas, tú puedes, y si lo consigues el puesto de vicealcalde es tuyo, te lo digo así de claro. Ah, pero eso sí, hay que hacerlo en total confidencialidad ¿eh?. Si alguien del partido se entera que estás mercadeando, el trato entre tú y yo se rompe. Absolutamente nadie puede saberlo. ¿De acuerdo?

—Por supuesto que sí, Eduardo. Muchas gracias por tu confianza. Mi nombramiento como Vicealcalde calmará las aguas, ya verás, supondrá pasar de esta maldita página a una nueva etapa. 

—Pues adelante —se levanta el alcalde para darle una palmadita en la espalda acompañada de una sonrisa de viejo zorro.

II. La ambición de Bruno

Tras salir Dimas, entra en el despacho Bruno de las Heras, el concejal responsable de Urbanismo y Medioambiente, además de segundo teniente de alcalde; un cuarentón de buena familia y gran ambición, quien, con aire rimbombante y en clave graciosa, le pregunta:

 —¿Tendría usted un minuto para mí, señor alcalde?  

 —Incluso dos si son pequeños, señor de las altas Heras, je, je  —Le contesta el alcalde señalándole la silla de enfrente.

 —Pues al grano que voy: A ver... lo de las fuentes ha sido un gravísimo error de gestión. 

 —No, un error no —interrumpe el alcalde—  una cagada tremenda —le replica con expresión facial homicida. 

 —Sin duda, un absoluto despropósito —asevera Bruno— y tú sabes, Eduardo, que yo estuve contigo totalmente en contra de ese absurdo proyecto de las fuentes ornamentales de agua potable. Ya conoces mis planes para modernizar la ciudad de arriba a abajo y también la buena mano izquierda que tengo con los medios  —hace una pausa para ajustar la posición de las mangas de su chaqueta, dejando visibles los gemelos de plata y continúa— Pues si tú tienes a bien asignarme la Vicealcaldía yo haré que se olviden de esas malditas fuentes. Te aseguro que en menos de una semana...

 —¡Para! Para de una vez, Bruno  —le interrumpe al alcalde—  déjate de rollos y céntrate en lo importante ¿Cuál es ahora tu máxima prioridad?  —hace una breve pausa para continuar sin esperar la respuesta de Bruno— ¡La nueva ordenanza, coññño! —se responde a sí mismo subiendo el volumen y enfatizando el sonido de la eñe— Como concejal de urbanismo que eres, esa es tu única prioridad en estos momentos: la ordenanza. No desvaríes, joder.

—Por supuesto, la nueva ordenanza es absolutamente fundamental —responde Bruno sumiso.

A continuación el Alcalde, ya algo más calmado, le repite el mismo encargo que a Dimas: conseguir el apoyo de la oposición para aprobar la nueva ordenanza y asegurar el secreto absoluto de las maquinaciones hechas en todo el proceso. Bruno asiente convencido de que su retórica será suficiente para conseguir su doble objetivo, la ordenanza y la Vicealcaldía.

III. Silvio y sus anotaciones

Finalmente, el alcalde convoca a un tercer candidato muy admirado por él: Silvio Gómez Lobo, el  tercer teniente de alcalde y responsable del área de Cultura, Turismo y Deporte. Un joven ambicioso pero discreto, con un currículum envidiable, muy técnico, y adicto, eso sí, a la Inteligencia Artificial. 

—Hombre... si viene por aquí mi queridísimo y estimado Lobo ¿Cómo estamos? —se dan la mano y a continuación el alcalde le lleva hacia el amplio ventanal del despacho— Mira, mira la vista que nos han plantado aquí delante. ¿Tú te acuerdas de como puse yo a caer de un burro ese absurdo plan de Emiliano y sus fuentes cuando nos lo contó?  Pues mira... —le señala hacia el centro de la plaza—  Una auténtica mierda. ¿Qué cojones pinta ahí aquella fuente con esas letras tan enormes? En eso sí tiene razón el periódico de hoy, las llama "bodrios de penosa estética" Ja, ja. 

—Hombre, Eduardo...  yo, la verdad... tampoco las veo tan feas —se atreve a contestar Silvio— Y cumplen su función; porque... ahora no, pero en verano serán de gran utilidad para beber y refrescarse ¿no crees?

—Lo que tu quieras, pero ¿y esas letras ahí tan grandes y feas?

—Se han pasado en el tamaño de letras, sí, pero en cada fuente el texto es distinto ¿sabes? Son títulos de cuentos tradicionales, en este caso es uno de los hermanos Grimm, "El agua de la vida", un cuento en el que...

—Bueno, bueno, todo eso son chorradas —le interrumpe el alcalde— A ver. Nos sentamos que tengo que contarte cosas. Voy a serte franco, Silvio; creo que ha llegado tu hora. 

—Sí, tú ya sabes que, como "buen hombre lobo" que soy, ando siempre al acecho de todas las oportunidades que puedan surgir —le contesta Silvio expectante, creyendo que a continuación le va a nombrar directamente viceconsejero.

Una vez acomodados, el alcalde le plantea de forma pormenorizada el mismo reto que a los dos colegas anteriores; supeditando su nombramiento a la aprobación de la nueva ordenanza. Silvio le escucha con máxima atención mientras va anotando las palabras clave en el móvil, hasta que finalmente le contesta: 

—Quince días, Eduardo. Sólo te pido quince días de máxima discreción y silencio absoluto. Pero creo que sí sé cómo conseguir ese voto favorable de la oposición. Me pongo a trabajar ya mismo, venga.

IV. Tras los quince días de silencio

El Alcalde, que dos semanas después continúa asediado por los medios con preguntas sobre las comisiones ilegales de las fuentes, le dice a la secretaria que no le moleste nadie, se encierra en su despacho y llama por teléfono a Dimas.

—Hola Dimas. Dime que ya tenemos asegurado el sí de la oposición, venga.

—Alcalde... lo lamento. Les he invitado ya a tres comidas. He ofrecido pactos de legislatura, incluso cederles la presidencia de la Empresa Municipal de Transportes... pero nada, están cerrados en banda. Quieren sangre por el tema de las fuentes. No he podido cumplir tu encargo. De verdad que lo siento. 

El alcalde cuelga sin despedirse y llama a Bruno.

—¡Señor Alcalde! —exclama Bruno con energía impostada— Tengo el tema bien encarrilado, solo que el portavoz de la oposición es un tipo muy voluble y está dando la lata. He diseñado un plan de comunicación para que vean los beneficios de la nueva ordenanza y...

—Bruno, déjate de planes que la votación es el lunes. ¿Tienes asegurado su voto a favor o no?

—Bueno, es que además han surgido unas filtraciones adicionales que saldrán mañana en prensa sobre las facturas de las fuentes ¿sabes? que han dificultado el clima de confianza... En resumen, todavía no tengo el compromiso en firme.

El alcalde cuelga bruscamente y llama desesperado a Dimas. El teléfono suena, pero no responde. Tras diez desesperantes minutos el móvil vibra sobre la mesa con un WhatsApp.

Silvio.- "Hola Eduardo, disculpa que no atienda tu llamada. Estoy precisamente reunido con ellos, aunque aún falta que se incorpore el secretario general de su partido. Pero te puedo adelantar que estamos cerrando el pacto por la nueva ordenanza. Te llamo en cuanto terminemos".

El alcalde se levanta a deambular por el despacho, arrastrando su angustia de un extremo al otro cual oso enjaulado. La votación es el lunes. Tiene sólo 5 días. Necesita recomponer su estrategia en ambos escenarios: con o sin el voto de la oposición. 

Una hora después por fin suena el teléfono. Es Silvio.

—Eduardo: está resuelto —dice Silvio con voz neutra y clara— El lunes votarán a favor de la nueva ordenanza. Sin ruidos y sin protestas.

—¡Bravo! ¡Bravísimo! —el Alcalde, eufórico, alza sus brazos al vuelo— Joder... van a votar a favor a pesar de toda la mierda mediática que está saliendo a relucir en contra nuestra. ¿Cómo lo has conseguido, Silvio? 

—Pues es largo de explicar, han sido dos semanas agotadoras, pero al final la clave ha sido, básicamente, un mero intercambio de amenazas —explica Silvio— Y el pacto es fruto de ese toma y daca, bueno y... sobre todo gracias al rastreo por mi parte de todas sus últimas adjudicaciones de obras en otras ciudades y en ámbitos regionales y nacionales; una  búsqueda exhaustiva en la que ha ido apareciendo mucha mierda. Total que ha llegado el momento crítico en el que los dos partidos nos tenemos cogidos por los huevos el uno al otro, Je, Je. No había más remedio que llegar a un acuerdo. Y así ha sido.

 —Ja, ja, ja... —el Alcalde suelta una carcajada triunfal— ¡Qué grande eres, Silvio! Los tienes acorralados. Mañana mismo firmas tu nombramiento como Vicealcalde. 

—No, Eduardo. Perdona, pero es que aún me faltan cosas por contarte— responde Silvio con una frialdad que interrumpe la risa del regidor— No voy a ser tu Vicealcalde, no.

—Pero... ¿Qué me dices? Ese fue el pacto ¿Ahora ya no quieres el puesto?

—Pues no, Eduardo. Es que... mira: el acuerdo es de mucho mayor alcance. Te lo explicaré con detalle mañana si quieres, porque ahora tengo que cerrar con ellos algunos puntos sueltos más. 

—Pero Silvio no me dejes así, hombre, dame al menos los titulares del acuerdo.

—Ay, cómo eres, Eduardo. Venga, te hago un breve resumen: El primer paso es que ellos nos hacen una moción de censura, que se convocará para dentro de dos semanas o así y...

—¿Qué me dices? —le interrumpe indignado el alcalde— ¿nos meten una moción de censura? ¡No jodas! 

—No te preocupes, está todo pactado. En el desarrollo de esta moción nos van a proponer un pacto de gobierno, una coalición entre los dos partidos, lo cual nos valdrá para evitar que los medios se ceben tanto con nosotros como con ellos, porque algo de la mierda que te contaba que he encontrado sí va a salir a flote ¿sabes? será inevitable, mierda tanto suya como nuestra; y esta coalición nos valdrá de vacuna, nos librará de que los medios abran fuego contra los dos partidos, ya que, aunque salgan a flote esas mierdas, no habrá denuncia alguna ni por parte de ellos ni por parte nuestra ¿comprendes? 

—No, no comprendo nada, me cago en... 

El alcalde está a punto de entrar en un ataque de ira, pero Dimas continua su explicación:

—Es algo muy habitual en otros países. En Alemania lo llaman Große Koalition. Es la forma de dar estabilidad y agilidad a la gestión política. Tanto a nivel estatal como en las regiones y en las ciudades. Además así evitan tener que contar, para cada decisión por mínima que sea, con partidos extremistas a uno y otro lado. 

—Pero vamos a ver si me aclaro, Dimas ¿Me estás diciendo que yo voy a tener que incluir en mi equipo de gobierno a concejales de la oposición? ¿A esa gilipollez de acuerdo habéis llegado para que podamos sacar adelante la nueva ordenanza?

—No, no, Eduardo. No en tu equipo sino en el mío. Yo voy a ser el nuevo alcalde ¿Quién si no? En eso ellos han estado de acuerdo desde el principio. Compréndelo. Date cuenta que los datos, las pruebas... toda la información la tengo yo. Y ahora, en los tiempos que corren, ya sabes, tener la información es tener el poder. Eso es así. ¿Comprendes, Eduardo?

—No, no entiendo nada, pero eres un cabronazo de mierda, un hijo de... —su voz, cada vez más tenue, apenas se escucha.

—Comprendo tu enfado, Eduardo. Pero de verdad que no tienes por qué preocuparte de nada, te lo aseguro. Tú sigues de edil y te daré a elegir la concejalía y el área que prefieras —continúa Bruno su explicación— Y mira... pues por ejemplo lo tuyo con Emiliano, que en esto de las fuentes no estabas con él, pero en varias adjudicaciones anteriores sí ibais a pachas; en todo eso de verdad que ya no hay ningún riesgo de que salga a la luz. Tú confía en mí, Eduardo. Ah... y de lo de los aparcamientos, tampoco te preocupes, hemos pactado respetar tu acuerdo previo del tres por ciento para ti y ellos se conforman con un dos. Vale con que infle el proveedor su oferta en un cinco por ciento y listos, solucionado ¿Comprendes, Eduardo?

—..........

—Eduardo ¿sigues ahí?

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Friday, 9 January 2026

Sobre bostezos y contradicciones

 



Una de las cosas que más me fastidian es tener que reprimir un bostezo. Yo me hubiera dejado llevar abandonándome lentamente, siguiendo la secuencia que dictasen mis instintos, o sea: estirar primero las piernas; inclinar el cuerpo hacia atrás extendiendo poco a poco los brazos hacia arriba; tensar cada uno de los músculos sintiendo cómo el cosquilleo va recorriendo mi cuerpo; abriendo finalmente la boca despacio hasta proyectar al aire un bostezo tremendo, un alarido liberador que hiciera temblar los árboles más recios, que se propagara por las selvas despertando a todas las fieras. Pero no, a mi alrededor los monos vestían chaqueta y corbata, las tigresas de mechones teñidos calzaban zapatos puntiagudos, la jungla en la que me hallaba era una triste sala de conferencias y el orador un pelmazo inaguantable que, para asegurarse que nadie perdiera la atención, según hablaba barría con su mirada inquisitoria los rostros de los oyentes, sobre todo los de las primeras filas, donde yo me encontraba. En esa situación no tuve más remedio que ensayar una mueca con la que aparentar interés en lo que contaba, apretar las mandíbulas y disimular el bostezo.

Fue al reprimir el cuarto bostezo cuando, perplejo y harto ya de no entender nada de lo que allí se hablaba (aunque eso no suele ser algo que me importe, siempre que el cóctel de después sea generoso en canapés), saqué de mi bolsillo el sobre con la invitación al ciclo de conferencias y leí en el programa: martes 13 de enero de 2026, “Disciplinas libérrimas”, conferencia a cargo del profesor Tal Kual, de la Universidad Elitista Popular. No parecía, desde luego, que tuviera nada que ver con lo que allí se hablaba, por lo que me atreví a preguntar a la tigresa de mi derecha:

—Perdone —le dije acercándome a su oreja con voz muy baja— esto no es lo de las libérrimas disciplinas ¿verdad? —mientras le señalaba el título en el programa.

—No —respondió acercándose a mi oído— aquí los suelen poner de jamón y queso, de salmón, de vegetal y... —se alejó un momento a pensar— bueno, y a veces de paté, o incluso de jamón de pato, pero de eso que dice usted no, no.

—Ah... pues tampoco está mal —le respondí.

—Le gusta el jamón de pato ¿eh? —me preguntó.

—Sí, sí, pero sobre todo sus ojos acaramelados —hice una meditada pausa para luego aclararle— los suyos, no los del pato.

Ella se quedó observándome pensativa unos segundos hasta que inició una sonrisa maliciosa, una dulce sonrisa cómplice que me atravesó los parietales y, rebotando varias veces en los occipitales, fue a instalarse finalmente en mi médula espinal. Pero noté un silencio en la sala, y cuando giré mi cabeza al frente me encontré ante la mirada amenazante del orador plomizo que había detenido su discurso, sin duda corroído por la envidia que le producía verme ligar con la tigresa. Tras obsequiar a la audiencia con unos segundos de descanso, prosiguió. Mi médula quería otra dosis de dulzura, por lo que de inmediato mis ojos y los de caramelo volvieron a encontrarse, y de un repentino impulso mi tigresa de rubia melena y yo nos pusimos en pié y, cogidos de la mano, salimos disparados hacia los canapés que ya estaban preparados en la sala contigua.
Yo me zampé tres mixtos, dos vegetales y varias mediasnoches, pero ella no quedó satisfecha del todo y me propuso asistir a alguna otra conferencia de mayor interés. Preguntamos al conserje, quien nos aclaró que el ciclo al que correspondía mi programa era en una planta más arriba, y allí nos dirigimos.

"Sala Libérrima” se anunciaba en la puerta. Al entrar vimos a gente de pie. Estupendo, pensamos, habían terminado, ya no habría que aguantar ningún discurso, pasaríamos directamente al cóctel. Nada más lejos de la realidad, habían empezado el acto por los canapés, de los que sólo quedaban los envoltorios, y ahora se dedicaban a discutir acaloradamente. Aún así, quedaban botellines de cerveza en una caja y nos abalanzamos sobre ellos.
En aquella sala no había un orador, sino muchos, de hecho la mayoría de los asistentes estaban de pie, algunos paseando de un lado a otro. Ninguno respetaba el turno de palabra, la atención de la audiencia cambiaba de uno a otro ponente en función del interés que suscitara cada discurso. La mitad fumaba, mientras la otra mitad tosía batiendo con su mano de vez en cuando el humo circundante en busca de aire. En un ambiente tal, nos pareció oportuno despojarnos de algunos accesorios inútiles: sus zapatos puntiagudos salieron volando, al igual que la melena rubia, que ¡era postiza!, mostrando su pelo castaño muy cortito que le daba un delicioso aire perverso; también mi chaqueta y mi corbata volaron; ella rejuveneció diez años, yo ninguno.
Entre cerveza y cerveza, y escuchando las distintas discusiones, la tarde iba pasando agradablemente. El sol de poniente aún entraba por la ventana que estaba al otro lado de la sala, y nos apeteció acercarnos. Para ello tuvimos que atravesar un pequeño grupo en plena discusión: “Los pacifistas no podemos cruzarnos de brazos ante estas barbaries, debemos actuar con firme decisión y contundencia frente cualquier actitud sospechosa de ser violenta”, decía uno. El tema le gustó a mi tigresa rapada y se quedó charlando con ellos. Yo continué, pasando con sumo cuidado entre dos individuos que proclamaban las excelencias de la sodomía, y llegué por fin a la ventana, que en ese momento alguien abría tras poner al lado un cartel diciendo: “Se prohíbe cerrar la ventana, que hay un humo de la hostia”, justo encima de otro de la misma dimensión que originalmente decía “Es peligroso asomarse, ya se han suicidado tres”, pero llegó una mujer que inmediatamente la cerró, pegando un nuevo cartel: “Prohibido abrir la ventana, ¡que hace frío, coño!” Así estuvieron alternativamente abriendo y cerrando la ventana hasta que alguien, elevando la voz, recordó a los presentes que en la sala que se hallaban no procedía tanta prohibición: “¡Si alguien quiere prohibir que se vaya a otra sala, joder!”. Su intervención provocó un fuerte aplauso, seguido de varios vivas a la libertad y la anarquía. Después, todos acordaron tapar los carteles anteriores con otro de enormes dimensiones que cubría la pared entera, incluida la ventana, y con letras gigantes escribieron “PROHIBIDO PROHIBIR”.
La sala quedó algo más tranquila y entonces aproveché para acomodarme en uno de los sillones del fondo. Sin apenas luz, pues habían tapado la ventana, y con el rítmico jadeo de los sodomitas, que habían pasado a explicar la parte práctica de su doctrina, me entró un agradable sopor, e inicié, esta vez como mandan los cánones, un merecido bostezo, de esos que comienzan extendiendo las piernas, brazos en cruz, el cuerpo tensándose poco a poco hasta el pleno éxtasis, y terminan con la mandíbula casi descoyuntada emitiendo un reconfortante bramido.

—Queridos amigos del Bremen: Han pasado ya tres años desde aquel martes 13 de enero del 2026. Yo nunca he sido supersticioso porque da muy mala suerte; además en aquella ocasión fue todo lo contrario, me aportó la gran fortuna de encontrar al amor de mi vida. Ahora mi tigresa de ojos acaramelados y yo compartimos este piso... ¿lo veis? —giro la cámara para enseñároslo— Nos encanta bostezar juntos frente al televisor. Ahora es que se ha metido en la ducha, pero enseguida os la presento.

—¡Preciosa... ¿te queda mucho?!
—Estoy terminando.

—¡Pues oye, es que estoy aquí conectado on-line con unos amigos muy majos que acaban de leer nuestro relato y quería presentártelos.
—¡¿Qué relato?!

—¡El del martes 13!
—¡Ah sí, estupendo, pues ahora mismo salgo!
—Nos va muy bien ¿sabéis? Vivimos sin ninguna clase de convencionalismos, sin dependencias el uno del otro ni malos rollos de esos.

—¡Cariño, tráeme de paso una cervecita, que tendré que brindar con mis amigos. Ah y también las zapatillas, que deben estar en el dormitorio!